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CUENTO La fábrica de Ana María

Bicho, imagen de archivo

“Mucha gente ignora que un buen relato es la mejor garantía de que un hecho ha sido de verdad”

Ana María los fabrica en la piecita del fondo de su casa, algunos con astas inmensas, la mayoría con un solo ojo, porque no tiene tiempo de hacerles dos, todos con más de dos brazos, dos piernas o con dedos impares. Su madre cree que se divierte, que estudia en el fondo. Por qué no se buscará novio o algo esta chica, siempre metida en esa pieza, estudiando y estudiando, piensa. No sabe que todos los días Ana María debe asear esa tropa que ha creado, darle de comer, hacerle ropa a medida, renegar para que no se pelee y —como si fuera una obligación —seguir creándolos, uno por uno, según van saliendo de sus manos.
A veces uno se escapa y asusta a los vecinos. Son tan reales y verdaderos que ese mismo día los vecinos van a los diarios a dar cuenta de las apariciones. Ahora que hay teléfonos con cámaras, algunos valientes, temblando y todo les sacan una foto y la traen, para que los periodistas vean que es cierto. Casi todas son fotos borrosas, mal tomadas, de lejos se ve un bulto negro que bien podría ser eso que dicen, pero también una sombra, una bolsa de consorcio, un mendigo muerto de frío, otra cosa.
Mucha gente ignora que un buen relato es la mejor garantía de que un hecho ha sido de verdad. Que vale más un testigo de la batalle de Waterloo que la misma batalla. La vida está hecha de palabras y provisoriamente son ellas las que vienen salvando de ser animales a toda la humanidad.
Ana María no lo sabe. Todos los días cuando vuelve de la escuela los cuida como si fueran sus muñecos, sus hijos, los hermanos que nunca tuvo, los amigos a los que ha renunciado justamente por ellos, los novios que rechaza, los parientes que no conoce y la madre que todos los días la espera a cenar con una paciencia de anciana que sólo ellas saben por qué tienen.
A veces, la madre la reta. Tienes que salir, tienes que hacer algo de tu vida, no puedes pasarte la vida en esa habitación haciendo quién sabe qué, le dice, mientras observa que en el patio anda uno de los seres que crea su hija, mitad rinoceronte, mitad zapatilla Flecha, con una sola oreja al frente de su cara amorfa y pelos negros y largos saliéndole de la cuenca vacía de un ojo verde.
Entonces le dice fuera bicho.
Cierra la ventana.
Después se van a dormir.
Juan Manuel Aragón
A 3 de junio del 2025, en Caspi Corral. Sombreando la siesta.
Ramírez de Velasco®

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