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BALCEDO Otro país crecía a su alrededor

Bobadal hoy, visto desde el satélite

Brevísima historia de un hombre que forjó un pueblo lejano desde un almacén a trasmano del mundo

El hombre se llamaba Balcedo Santillán. Era el dueño del almacén “El luchador”, en el lejanísimo Bobadal, pueblo que estuvo mucho tiempo a trasmano del tren, de las principales rutas y caminos, de los ríos y arroyos, con decir que ni los aviones surcaban su cielo. Nada pasaba por ahí, salvo camiones llevando leña, el ómnibus de la empresa Piedrabuena, carros cañeros, los sulkys en que se manejaban los vecinos y algún viajero que caía por ahí rumbo a otra parte. Alguien dijo alguna vez que los vecinos vivían tras los ancochis, protegiéndose de las inmensas nubes de tierra que dejaban los vehículos de cuatro ruedas. Que honraban su nombre muy bien puesto: “bobadal”, tierra suelta.
Balcedo estaba ahí desde mucho antes de que el gobierno loteara el lugar y trazara las calles, algunas de forma arbitraria, pues cruzaban por el medio del patio de algunas casas. Era un hombre afable, bueno, simpático, no como los de ahora, sino a la manera antigua, más formal, como que en ese tiempo nadie iba a tratar de vos a alguien mayor. Y su almacén, en una punta del pueblo, hacía la competencia a la Tana, casi en el otro extremo. Visto desde arriba, era una pequeña mancha, rodeada de inmensos bosques, algunos de los cuales se mantenían intocados desde el tiempo en que sólo los indios campaban en esos arrabales.
Del mostrador de aquel almacén salía, como por arte de magia, la más rica mortadela que comieron hasta hoy, muchos campesinos entrados en años. Recuerdan también la amabilidad de Blanca Santillán, su hija, que atendía a todos con una sonrisa pegada a la cara. Hay muchas historias de ese almacén, algunas soldadas como abrojos al alma de quienes conocieron ese otro país que, en el mientras tanto, seguía creciendo alrededor.
Muchos se acuerdan de Balcedo, ya mayor, sentado en un sillón hamaca, detrás del negocio, con su compañera, a quien todos llamaban doña “Mataca”, convidando un mate a quienes se acercaban a saludarlo. Cuando llegaron las enormes topadoras a tumbar los montes cercanos, la gente hubo de huir de sus lugares de origen y se asentó en el Bobadal, se trazaron las calles como se dijo y el gobierno nacional concedió lotes, como si de una tierra fiscal se hubiera tratado.
Los más viejos juran que cuando el gobernador Carlos Arturo Juárez fue a adjudicar los terrenos, Emilio Llanos, que ya era un prócer local, le dijo en la perra cara que no podía entregar nada porque tenían dueño. Eran los nuevos tiempos que llegaban al galope, después pusieron la electricidad, enripiaron el camino que llevaba al Arenal y de ahí a la civilización, se construyó el nuevo edificio de la escuela, se trazó una plaza con la comisaría estorbando en el medio, con casas parejitas y diminutas, una pegada a la otra, cual infame barrio de ciudad.
Ese caserío que, con ser humilde, tenía también su orgullo, perdió todas sus características y se empezó a parecer al resto de Santiago. Y se olvidó de quienes eligieron ese exacto pago bajo las estrellas para instalar un negocio que, hoy, visto para atrás parece lógico que funcionaría, pero entonces debió haber sido toda una aventura, ¿no?
Algún hijo de esos pioneros que hicieron patria en un rincón del universo ignorado por el resto, uno de estos días debería intentar una mínima biografía de esos hombres valientes que se le animaron al desierto, lo enfrentaron y al final ni ganaron ni perdieron: firmaron tablas y fundaron sin papeles un espacio que soñaron grande, pujante, fuerte y con una impronta distinta.
Si no les salió el tiro, quizás se deba a que Santiago, la Argentina, el mundo, iban para otro lado y no el que soñaron Balcedo y unos cuantos más de aquel otro país que desconoce lo que es este. Pero es otra historia.
Juan Manuel Aragón
A 12 de octubre del 2025, en Juan Torres. Viendo pasar la vida
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Gracias por este hermoso trabajo y por mantener viva la memoria de quienes forjaron nuestra historia. Me llena de orgullo leer sobre mi bisabuelo, fundador de El Bobadal, y ver cómo su legado sigue presente en las raíces del pueblo. Un homenaje muy sentido y valioso.Gracias de nuevo.

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  2. Gracias. Gracias. Gracias. Soy la primera nieta de Balcedo Santillán. Y viví la historia tal cual se relata. Confío que el equipo maravilloso de nietos que tuvo, del cual formo parte, se hará cargo de escribir la biografía sugerida. Gracias.

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  3. Beby Herrera Santillan12 de octubre de 2025 a las 13:10

    Gracias. Gracias. Gracias. Soy la primera nieta de Balcedo Santillán. Y viví la historia tal cual se relata. Confío que el equipo maravilloso de nietos que tuvo, del cual formo parte, se hará cargo de escribir la biografía sugerida. Gracias

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