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INTRUSO El invitado que no era

Imagen de ilustración nomás

Una noche convertida en pesadilla íntima, con miradas confirmando algo que no cerraba en la escena

Una noche un amigo me llevó a un cumpleaños, no conocía a nadie, ni a la dueña de casa ni a los invitados. Por ahí mi amigo enganchó una novia que sabía tener y se mandó a mudar con ella. Quedé sólo con esos perfectos desconocidos. Estábamos en el living y hablaban de sus cosas, de historias, viajes, relaciones que yo no conocía. En eso quise meter un bocadillo sobre algo que había dicho alguno. Apenas terminé de hablar se hizo un silencio sepulcral, todos me miraban. ¡Qué calor!
De vez en cuando la dueña de casa me observaba con curiosidad. Se preguntaría quizás quién me había invitado. Cada vez que me miraba, rebuscaba en su memoria a qué hora había entrado, con quién, por qué. Qué hacía ese extraño ahí.
Mientras refregaba mi pulgar derecho sobre la palma de la mano izquierda, un tic de cuando estoy nervioso, esperaba que se produjera algo: que cortaran la torta, que entrara alguien, que viniera un terremoto para aprovechar la volada, levantarme e irme. Pero la conversación seguía su cauce, apacible: de un viaje a Tucumán una mañana de tormenta a un pésimo concierto en el 25 de Mayo, de las proezas del perrito de un amigo a las desventuras de un examen de arquitectura.
Decidí jugarme. Miré a la dueña de casa y le dije que me iba. Ella se levantó y anunció:
—Ya se va… ¿cómo era tu nombre?
—Juan —dije. Todos me miraron con curiosidad, como diciéndose “mirá vos, así habían sabido ser los sapos de otro pozo”.
A paso redoblado encaré hacia la puerta, saludé a la cumpleañera.
Afuera, la noche acarreaba un viento fresco. Enfilé para el lado del Trust, ahí debían andar los muchachos. En cancha propia.
Juan Manuel Aragón
Jueves 30 de abril del 2026, en Las Puertas. Recordando a Cosme Santillán.
Ramírez de Velasco®

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