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ISRAEL El mito del aguante infinito

Mirando al cielo

Lectura sobre un conflicto que parece infinito, pero expone límites, desgaste y una tensión que no se sostiene sola

Por Daniel Grinspon
El café se enfría más rápido cuando uno se queda mirando la pantalla. No por el café, por la cabeza.
Hay una idea dando vueltas que suena lógica, pero que conviene mirar dos veces. Que Irán tiene para rato. Que está lleno de armas. Que esto puede durar años sin cambiar demasiado.
Y claro, uno ve lo que está pasando y compra fácil. Misiles que salen de varios puntos, alarmas, ciudades en pausa. Esa sensación medio pegajosa de que esto no se termina más.
Pero la realidad suele ser menos prolija que esa idea.
Irán acumuló durante décadas, sí. No es un improvisado. Armó fábricas, escondió depósitos, repartió capacidad por toda la región. No es solo un país, es una red. Líbano, Yemen, milicias que aparecen donde nadie las esperaba.
Ahora, una cosa es tener, y otra muy distinta es poder usar todo eso mientras te están pegando todos los días.
Porque no todo lo que guardaron sirve igual. Hay material viejo, cosas que fallan, sistemas que dependen de una logística que hoy está en la mira. No es abrir un galpón y listo. Hay que coordinar, mover, decidir. Y todo eso también se rompe.
Entonces aparece algo que confunde.
Desde afuera parece que tienen cada vez más. Pero en realidad están usando mucho, todo junto, en poco tiempo.
Y eso no suele ser una señal de comodidad.
En Israel mientras tanto la escena es otra. Mucho más concreta, más de piel.
Un padre que calcula si le da el tiempo para llegar al refugio con los chicos. Una clase que arranca y se corta a los diez minutos porque suena la alarma. Gente que ya no mira el cielo por costumbre, sino por reflejo.
No es teoría. Es desgaste.
Porque hay algo que no se puede maquillar. Los que están recibiendo son civiles. La vida cotidiana convertida en algo que depende de un sonido. Y ahí aparece una diferencia que incomoda.
De un lado, la lógica es bastante directa. Tirar mucho. Desde distintos lugares. No hace falta que todo sea preciso. Hace falta que algo pase. Que algo caiga. Que genere miedo.
Del otro lado, la cosa es más quirúrgica, más selectiva. Se buscan objetivos concretos, instalaciones, mandos, lugares clave.
Pero tampoco es un quirófano. Cuando pegás en una ciudad, por más precisión que tengas, el margen de error no desaparece. Se achica, pero no desaparece.
Entonces la discusión de quién es más limpio queda medio corta frente a una realidad bastante más incómoda.
La gente en el medio.
La que no dispara. La que no decide. La que escucha la alarma y deja lo que está haciendo, sea lo que sea.
Ahora, la pregunta de fondo.
¿Cuánto más se puede sostener este ritmo?
Irán puede seguir, sí. Nadie se desarma en una semana. Pero no con esta intensidad. No tirando todo al mismo tiempo. Porque lo que gasta no lo repone igual. Porque lo que pierde no se reconstruye de un día para el otro.
Y porque, además, cada golpe que recibe no solo le baja el stock, le complica el funcionamiento.
Ahí es donde la idea del “aguante infinito” empieza a hacer ruido.
Capaz que no estamos viendo el inicio de algo interminable. Capaz que estamos viendo el punto más alto antes de que empiece a bajar.
No porque quieran bajar, sino porque no se puede sostener así mucho tiempo.
Del lado israelí, el desgaste también está. Nadie sale ileso de vivir así. Pero hay una diferencia clave, está preparado para resistir mientras responde. No es solo aguantar.
Eso cambia el equilibrio.
Y mientras tanto, el resto del mundo en una posición bastante conocida. Mira, opina, acompaña con cuidado. Sin meterse del todo. No sea cosa de tener que bancar el costo completo.
Una especie de participación a medias, con comentarios a tiempo completo.
Todo esto deja una sensación rara.
Porque mientras unos tiran todo junto, como si no hubiera mañana, los otros aguantan y responden, sabiendo que esto no se resuelve en un par de días.
Y en el medio, el resto del mundo haciendo equilibrio. Opinan, se indignan, mandan algún apoyo, pero siempre midiendo hasta dónde. Como el que se acerca a una pelea, pero no se quiere manchar la camisa.
Nadie quiere que esto escale. Pero tampoco nadie parece dispuesto a frenarlo de verdad.
Entonces la idea del “aguante infinito” empieza a hacer agua.
No porque no tengan con qué seguir. Sino porque nadie puede sostener este ritmo demasiado tiempo sin empezar a romperse por algún lado.
Y ahí es donde la cosa se vuelve más incómoda.
Porque quizás no estamos viendo una fuerza que no se termina más. Capaz estamos viendo a alguien que está gastando rápido porque no sabe cuánto le queda.
Pero claro, eso desde afuera no se ve.
Desde afuera lo que se ve es otra cosa. El misil que cae, la alarma que suena, la gente que corre.
Y con eso alcanza para que todo parezca eterno.
Hasta que un día deja de serlo.
Y cuando eso pase, no va a ser prolijo, ni ordenado, ni como lo explicaban en la tele.
Va a ser de golpe.
Como el café que ya está frío, y uno recién ahí se da cuenta de que hace rato dejó de mirar la taza.
Ramírez de Velasco y Comunidades Plus®

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