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Creímos que nombrar alcanzaba para dominar el mundo, sin sospechar que cada palabra llevaba ya el germen de la ruptura
Quizás porque era demasiado perfecta la palabra, nos confundió Jehová, el que no se debe nombrar. En tantas cosas dejó que fuéramos iguales, con dos ojos, dos piernas, cinco dedos en cada mano y entrañas y pensamientos. Quiso hacer una diferencia. Y en lo que ahora son desiertos pero alguna vez fueron las tierras más fértiles del mundo, un día creímos que elevando nuestros cuerpos hacia el firmamento seríamos como él. O más también.El afán de inmortalidad siempre existió, pero con nosotros fue la primera vez que Jehová impuso un castigo que recordaríamos para siempre. Algunos viejos no estuvieron de acuerdo, habían observado que había pájaros que volaban más alto que cualquier otro y sostenían que no llegaríamos a su altura. ¿Qué pasaría, preguntaban, si alguno de esos pájaros hacía un nido cerca de la punta y desde allí llegaba hasta cien veces la altura de la construcción?, ¿llegaríamos hasta allí?, ¿y luego otra vez?, ¿y otra?, ¿y otra más?Se acercaba una nueva temporada de guerras y a pesar de que los pueblos vecinos tenían varios dioses, a cuál más efectivo y más certero, lo mismo se preparaban fabricando armas, engordando caballos y mulos, ejercitándose para la batalla. Nosotros teníamos un solo Dios, y lo desafiábamos a que mostrara su poder. A ver si se animaba. A ver qué nos decía. Con qué nos salía. Qué tenía para decir.
Ahora que lo pienso, tal vez si hubiéramos sabido lo que pasaría, igual habríamos seguido con la construcción, total, no era grave el castigo. Hubiéramos pensado que era una falta venial. Pero era una plaga nueva, como las langostas que el primer día nadie cree que será tan severa, al segundo la mitad del pueblo está aterrada y al tercero no queda ni un sembrado en pie.
¡Venga!, ¡que caiga el fuego de la incomprensión sobre nuestras cabezas!, cantábamos todos a la vez la tarde anterior.
Al otro día una nube negra nos confundió, y cualquier palabra fue inútil. No nos quedó otra solución que dispersarnos por el mundo, llevando en nuestros corazones para siempre la esperanza de algún día llegar a una lengua franca que desde entonces impondrían las felices naciones vencedoras sobre la tierra cada vez que se acataran sus banderas y estandartes.
Desde entonces las palabras siguen fluyendo fáciles, pero son complicadas y bárbaras para el resto del mundo. Señalamos un ave y tenemos la idea de un ave, miramos una montaña y parece montaña. Pero a partir de ese día fue incomprensible lo que decían los vecinos. Sus palabras para nombrar lo mismo eran otras.
Todo verbo tiene añoranzas de Babel.
Juan Manuel Aragón
A 6 de abril del 2026, en el Pasaje Figueroa. Teniendo la vela.
Ramírez de Velasco®


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