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TRASLADO La siesta del mediocre

"Pensando en vino", acuarela de Raúl Cisterna

Que cuenta cómo un hombre común administra una provincia sin entender del todo lo que pasa a su alrededor

De chico siempre quiso ser militar, mandar, tener gente a su cargo. El drama es que no le daba el piné, era vago, tomaba mucho, le gustaba salir de joda con los amigos, le encantaba salir de putas. Era el típico mediocre, uno al que le gusta pensar que el mundo tiene una deuda con él y él agarrará su parte por las buenas o por las malas.
¿Los padres, pregunta? Comunes y corrientes, en la mitad de la tabla, ni muy muy ni tan tan. Llegaban justo a fin de mes, aunque sin grandes privaciones. La madre, doña Livia, había vivido en el campo, pasó privaciones de chica. Cuando llegó a la gran ciudad lo que más la admiró fue la abundancia de agua, por eso enseñó a su hijo a bañarse. Lo obligaba a lavarse antes de comer, al volver de la calle, antes y después de jugar.
Como militar no fue particularmente destacado, pero tampoco era de los últimos de su clase. En algunas campañas había conseguido un buen botín con el que esperaba pasar sus últimos años sin trabajar, tranquilo, haciendo sebo, quizás gozando con prostitutas más jóvenes. Si bien decía que estaba enamorado de la esposa, sobrina de un político encumbrado, no le gustaba mucho su compañía. Se consideraba un buen amante, pero con las otras el único que valía era su propio placer, no debía complacerlas. Le molestaba el hecho de que su mujer quedara insatisfecha a veces.
Pretendía aprovechar lo más posible lo que aquellos cargos en el ejército le iban brindando. Recibió con fastidio la noticia del traslado a ese puesto lejano, en una provincia de la que desconocía su nombre, su lengua, sus costumbres. Desde el primer día supo que tenía que llevar dos o tres minas. Igual ya vería cómo obtener provecho de aquel destino que suponía, además de pobre, polvoriento y misterioso.
Después de un tiempo en aquel lugar, supo que debía enfrentar a un grupo de jerarcas locales. Tal como había previsto, el elemento femenino de aquel sitio no tenía lo que buscaba. Un soldado de confianza le dijo que no intentara acercárseles, eran muy recatadas. Unos meses después de instalado en el lugar, llegó su esposa. Como siempre que se reencontraban tuvieron varios topetazos fogosos. Hasta que se aburrió. Como siempre. Y empezó a sentir nostalgias de las putas que había dejado atrás: ya vendrían.
En eso estalló una pequeña revuelta con ese hombre cuyo nombre olvidó después para siempre. En cualquier momento llegaría el barco con las mujeres y esos hombres le fueron a plantear una injusticia: querían que, como autoridad máxima, mandara ejecutar al rebelde. "Quién es, cuál es su delito, por qué no lo quieren", preguntó. No le supieron responder, se escondían bajo evasivas.
Justo el día en que llegó el barco, estaba tratando de conseguir alojamiento y decidió llamar a aquel hombre para interrogarlo. Lo hizo a las apuradas, mientras pensaba en otra cosa. Las autoridades del lugar le habían sacado la ficha, sabían mejor que él cómo era.
"No veo nada malo en este hombre", les dijo a sus visitantes. Pero ellos insistían. Entonces, sólo para embromarlos, les dijo que haría lo que el pueblo dijese. Y cumplió.
Esa misma siesta, mientras estaba con una de sus favoritas, hubo gritos filtrándose desde la calle. La mujer, enterada ya de la política local, le dijo que era el populacho, que seguía festejando porque había soltado al ladrón y condenado al otro. Y siguieron en lo suyo.
Esa noche pensó en que debía traer un mejor vino, pues el que vendían por ahí no era bueno. "O será que no estoy acostumbrado", se dijo.
Juan Manuel Aragón
Sábado 23 de mayo del 2026, en La Perla. Midiéndome un pantalón.
Ramírez de Velasco®

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