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SOCIEDAD El cine versus Netflix

La soledad de las series

Los cambios tecnológicos aceleran el proceso de soledad de la gente, volcándola a religiones cada vez más individualistas

En los tiempos de antes ir al cine era una actividad social: se iba con la novia, con amigos, con la señora, con los hermanos, con los padres, con los hijos. Unos cuantos preferían ir solos, pero aun así casi siempre hallaban a otros en la sala, viendo la misma película, emocionándose con las mismas escenas, sufriendo hasta el final con el protagonista.
Durante unos cien años más o menos, una de las salidas de los sábados a la noche era ir al cine. Las chicas preferían las de amor, los muchachos las de acción. Había algunos que se daban de intelijudos, que iban a ver esas películas europeas que no las entendían ni los directores, a la gente de pensamiento de trazo grueso le gustaba más las argentinas, porque no tenía que leer los cartelitos con la traducción, había fanáticos de las de cowboys y tuve un tío abuelo perdidamente enamorado de Sofía Loren, no se perdía ni una, no iba al cine con la tía Blanquita, pero sé, porque lo contó él, que se juntaba con algún amigo para ir a verla siempre que daban una.
Había chicas muy cinéfilas que, a las buenas películas, a las imperdibles, preferían ir solas, un miércoles a la tarde, pongalé. Si un muchacho las invitaba, preferían ver con él las cintas más o menos, las que no tenían mucho cartel. “Si es buena, quiero verla sola, sin tener que vestirme de punta en blanco ni andar presumiendo, a la mala película que la pague él”, reflexionaban.
Porque, además, en ese tiempo salir con una mujer era hacerse cargo de todo, nada de mitad y mitad. El muchacho debía pagar desde la entrada al cine, el café a la salida y el taxi, si había que llevarla de vuelta a la casa. ¿Si no tenía plata?, mejor no salía. Así de simple. No iba eso de andar dividiendo: “Yo he comido un sánguche y he tomado medio traguito de tu Cocacola, más mi cortado mediano, es tanto”. Si uno le hacía ese cálculo a una chica, más en una primera salida, chau, chau, chau, que se olvide de ella para siempre jamás. Había, por supuesto, muchas anécdotas del cine, tantas, digamos, como gente acostumbraba ir.
Bueno, un buen día todo ese mundo maravilloso se terminó. Alguien inventó un aparato para ver películas en la casa, solo como vegano en asado, triste, apagado, tapado con las sábanas, viendo una serie de esa fábrica de ideas pedorras que es Netflix, mientras la señora ve otra en su propio aparato: están lado a lado, a miles de kilómetros uno del otro, en tiempos distintos, en diferentes historias. Patético.
A la soledad en compañía que imponía al hombre la modernidad, se le suma ahora el desierto de tecnologías que han venido a aislarlo mucho más. En el liberalismo, que imponía la salvación del hombre por el hombre, al menos había una esperanza de filtrar la idea de la redención por la religión, es decir, escaparse de la soledad por el techo, mirando al Cielo. Ahora ni eso. Se impone el yo, yo, siempre yo, por las dudas yo. Un orden cada vez más individualista que ha empezado matando la idea de Dios, ha reemplazado la vieja utopía del amor al prójimo como a uno mismo, dando vuelta la fórmula, para que el amor sea de uno por uno mismo y nadie más.
En el medio, con el liberalismo como dios de una razón impenitente se cuelan la religión del igualitarismo extremo y sus hijos, el feminismo, el veganismo, el yoga, el budismo, el antivacunismo, el terraplanismo, todas las teorías conspirativas y esas otras pequeñas esclavitudes que atan a la pobre gente a una esperanza de la salvación en la tierra.
En ese sentido, el cine era más que ver una película, era dar la mano a una chica por primera vez, abrazar a una novia, ver las lágrimas de la madre, emocionada con la cinta de amor, gritar con los hermanos para que los indios no alcanzaran al actor. O en el intervalo, cruzarse a Popeye, comprar un sangüi de milanesa a la canasta y disfrutar de la segunda película comiéndolo entre cinco, felices por haber visto una de policías y ladrones con Alain Delon y Jean Paul Belmondo.
¿No ha notado que la palabra caridad ha sido desterrada del vocabulario de la gente común y es reemplazada por solidaridad? El acto de caridad requiere el silencio, el ocultamiento de entregarse a los demás sin pedir nada a cambio, que la mano izquierda no se entere de lo que hace la derecha. Empero cualquier sistema solidario pide que se tomen fotos desde el primer día, si es posible, venderle la idea a Netflix para que haga una serie.
Y esa es la diferencia entre ir al cine a cielo abierto o ver una serie de Netflix, en el fondo de la casa, oscuro y acongojado en su estar estando en sí mismo, sin nadie alrededor. Solo como chancleta de rengo.
©Juan Manuel Aragón
A 28 de enero del 2024, en Isca Yacu. Tomando la sopa

Comentarios

  1. Tantas veces se ocupa de la ficción de subvertir la realidad, que hasta se esmeran en ser rápidos y furiosos, porque esa muerte no les hace pensar que sea cierto y los verán al día siguiente en otra vida pero que solo es irreal por lo irreparable que consumimos en este mundo capitalista que descarta a ociosos creativos por sedentarios de la moneda haragán.

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    Respuestas
    1. Cristian Ramón Verduc28 de enero de 2024 a las 9:39

      Me gusta su comentario. Estoy de acuerdo.

      Eliminar
  2. Sería interesante escribir sobre ese tiempo híbrido y único de los video clubes. Una especie de ritual, elegir la película, encontrase con amigos para ver las cintas, porque tenía video casetera de 4cabezas... Esperar que devuelvan los estrenos...renegar porque se enredaba la cinta....en fin ..

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