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| Ilustración |
Contra la idea de abundancia biológica automática y a favor de la centralidad del hombre en el cosmos conocido
Dicen que es lógico suponer que el hombre no es la única especie con vida en el Universo. “Debe haber vida en otros lados”, repiten con esa seguridad automática que se confunde con inteligencia. ¿Lógico? También sería lógico que algún día un varón dé a luz. También sería lógico que las horas tuvieran cien minutos y los minutos cien segundos. Lógico sería que, siendo Santiago la primera ciudad supérstite fundada en la Argentina, fuera la capital. Pero no. La realidad no obedece a la aritmética del deseo ni al capricho estadístico. La realidad es lo que es.La palabra “lógico” es un amuleto. Se la agita y se supone que con eso alcanza. Hay muchas estrellas, entonces debe haber muchas civilizaciones. Hay muchos planetas, entonces alguno tiene que estar lleno de marcianos verdes. Es un razonamiento cómodo, casi infantil: multiplicación cósmica igual a abundancia biológica. Pero el cosmos no es una tómbola. O, dicho con palabras de Einstein: “Dios no juega a los dados”.La vida no es lógica en términos humanos. Es extraordinaria. Es excepcional. Y cuando algo es excepcional, no se lo explica repitiendo que también “hay mucho de lo otro”. En un maizal prolijamente sembrado hay líneas rectas y previsibles. En el bosque, no. El bosque crece según reglas que no se comprenden del todo. Que haya millones de estrellas no implica que la vida brote como yuyo al costado del camino.
En 1950, Enrico Fermi formuló una pregunta devastadora: si el universo está repleto de estrellas más antiguas que el Sol y muchas podrían albergar planetas habitables, ¿dónde están todos? No es una pregunta menor. No es una ocurrencia de sobremesa. Es un problema físico concreto. Si las civilizaciones tecnológicas fueran comunes, el tiempo cósmico les habría permitido expandirse, dejar rastros, emitir señales, modificar su entorno de manera detectable. Sin embargo, el silencio es total. Ni visitas verificadas, ni artefactos, ni transmisiones inequívocas. Nada, oiga bien: nada.
Se han descubierto miles de exoplanetas. Miles. Y ni uno solo ha mostrado evidencia de vida. Ni microbios confirmados, ni fósiles, ni biofirmas indiscutibles. Mucho entusiasmo, mucha especulación, ninguna evidencia. Cuando apenas se asoma la nariz al espacio profundo, hay silencio. Silencio obstinado.
Y no, no alcanza con decir “es que el universo es muy grande”. Justamente por eso la pregunta es incómoda. La vida compleja exige una cadena improbable de condiciones: planeta rocoso en zona habitable, estrella estable, campo magnético protector, tectónica de placas, grandes gigantes gaseosos que actúen como escudos gravitatorios, un satélite estabilizador como la Luna, miles de millones de años sin catástrofes terminales. No es una lista corta. Es una combinación extraordinaria. Rara.
La Tierra no es un número más en una estadística infinita. Es un caso singular conocido. Y hasta que aparezca evidencia sólida en contrario, la afirmación prudente no es “debe haber otros”, sino “no hay pruebas de otros”. La carga de la prueba no debe recaer en quien señala el evidente vacío, sino en quien asegura que está lleno.
La Iglesia Católica no niega oficialmente la posibilidad de vida extraterrestre. Pero la Revelación culminada en la Encarnación presenta al ser humano como protagonista del drama salvífico. No es un dato secundario: es central. Y frente a esa aseveración, cada quien elige a quién creerle.
Así que sí, amigo: el hombre está solo. No es capricho ni soberbia ni miedo. La evidencia apunta al silencio y la excepción no se descarta con estadísticas imaginarias. Es lo que hay: una única inteligencia tecnológica comprobada, un único mundo habitado.
Este.
Juan Manuel Aragón
A 25 de febrero del 2027, en Toro Paso. Esperando la tortilla.
Ramírez de Velasco®


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