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GÉNERO El arte de peinar muertos

Peinados 

Una vieja práctica periodística convertía vidas dudosas en biografías prolijas, listas para recortar y guardar

Un obituario es un texto periodístico que informa la muerte de alguien y, al mismo tiempo, reconstruye los datos esenciales de su vida: origen, formación, actividad profesional, hechos relevantes y circunstancias de su fin. Así de fácil. Antes, cuando moría una persona relevante, siempre había alguien que lo había conocido y, con dos o tres llamadas por teléfono, completaba la información para publicarle la nota póstuma.
El obituario, como un café, un cigarrillo o la faja de honor de la Sade, no se le negaban a nadie. Más adelante, cuando la historia se decantara, habría tiempo para hacer una valoración de su vida, contar anécdotas escabrosas o presentarlo como un malvado, un ser despreciable, una porquería de persona. Pero, sobre todo en atención a los parientes cercanos, a quienes habían amado al finado, al día siguiente la nota en el diario lo sacaba bien peinado y lindo.
Si había sido un conocido usurero, bien podían presentarlo como un “especialista en intereses compuestos acelerados”. Si era un famoso cafisho, un periodista hábil podía transformarlo en un “coordinador logístico de pasiones aranceladas”. Y si nunca en su vida se había dedicado a nada, un vago digamos, se lo nombraba como “consultor en reposo estratégico permanente”. Son casos extremos obviamente, pero siempre había que arreglar la vida del fiambre para que los parientes recortasen y guardaran la nota.
Un buen periodista siempre sabía dibujar una buena, con poca información: por ahí debía escribir de un muy buen profesor de matemáticas, recordado por los alumnos, pero que nunca había hecho otra cosa en la vida más que enseñar sobre números. Entonces se destacaba, siempre que no se mintiera mucho, que había sido un padre amoroso, un fiel esposo y un atento amigo. Había incluso clichés que muchos periodistas guardaban entre sus papeles de emergencia, para alabar al hombre sin decir absolutamente nada. Todo un arte, lo que se dice.
Muchas veces el muerto había sido el portero de un conocido bar, un calificado chipaquero del barrio 8 de Abril, el muchacho que lavaba los autos en la vereda. Pero ni en esos casos valía escribir de la relación que el escriba había tenido con él. Eso de: “Cuando nos conocimos” no servía. Porque eso generalmente hablaba más del periodista que del homenajeado.
Las notas no debían ser redactadas jamás en primera persona, pues se volvían mera opinión. Para que sirvieran debían ser siempre impersonales, describir con ecuanimidad y cierta lejanía la vida de otro.
Algunos diarios de antes llegaron a tener listo el obituario de grandes personajes de la actualidad, por si se morían cerca de la hora de cierre. Dicen que cuando José Ortega y Gasset visitó la Argentina, lo llevaron a conocer el diario La Prensa. Después de que le mostraron la Redacción, los Talleres, le preguntaron si quería conocer algo más. Pidió su obituario, se lo mostraron y con una lapicera, corrigió algunos datos que consideraba erróneos.
Así como se ha perdido la costumbre de usar sombrero, dar los buenos días a los vecinos y oír el canto de los gorriones, porque cada vez hay menos, también se fue para siempre la costumbre de escribir obituarios. Los pocos diarios que quedan, ya no tienen periodistas que además estén habituados a hacer este tipo de notas.
Es posible que la familia de mucha gente más o menos importante, extrañe algo luego del velorio, como una deuda de la casa funeraria, aunque no sepan qué. El obituario era hasta tiempos más o menos modernos, una buena costumbre que había quedado desde que las noticias se trasladaban en letra impresa.
El obituario era una gentileza con los parientes supérstites, incluso cuando el muerto había sido un reverendo hijo de puta. Se trataba de un último servicio público: acomodarle el nudo de la corbata, elegirle la mejor foto carnet y dejarlo, al menos por un día, a salvo de sí mismo.
Juan Manuel Aragón
A 6 de marzo del 2026, en Guampacha. Comiendo api con leche.
Ramírez de Velasco®

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