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| Ilustración |
En este cuento, un rostro olvidable y una personalidad que oculta una paciente espera para preparar el golpe final
A las 3 y media de la mañana le toqué el timbre varias veces. Un rato después se acercó a la puerta y con voz asustada preguntó: “¿Quién es? ¿Qué quiere?”. Le tuve que repetir mi nombre. “¿Qué quieres?”, insistió. Le mentí que mi mujer me había encontrado con otra y estaba en problemas. Abrió despacio, fijándose si había alguien más conmigo. Entonces me dejó pasar. “¡Uf!, qué nochecita”, le avisé. Me pidió un momento para ir a su habitación a vestirse, y volvería a conversar.De chico mis padres nunca me dejaban meter la cuchara en sus conversaciones. Mi hermana, mucho más grande, se fue de casa temprano. Fui un niño retraído. Mis compañeros de la escuela no me hacían burla, pero tampoco eran mis amigos. Estudié lo necesario para pasar de curso, nunca tuve un sí ni un no con los maestros. Mi silencio hacía que algunos creyeran que era inteligente, al poco tiempo se daban cuenta de su error y me dejaban tranquilo.Son esos conocidos que empiezan por casualidad y pronto nace una amistad basada en mutuas confidencias, recuerdos de amigos comunes y una cierta complicidad en la manera de ver la vida. Me gané su confianza. Tenía varios hijos y nietos que se interesaban por él, ofendidos por hallarlo culpable de la separación con su señora. Pero a todos recordaba con cariño, y por eso me daba un poco de lástima, era un buen tipo.
Siempre caía con una botella de vino, una vez llevé un whisky, tomamos un poco y me pidió que lo llevara de nuevo a casa, le dije que se lo regalaba. No se daba cuenta de que yo casi no bebía, sólo había ido tomando nota de costumbres, parientes, amistades, la disposición de los muebles. Había tanta familiaridad que me mostró dónde tenía oculta la caja fuerte y las llaves, prendidas al cinto del pantalón.
Me acostumbré a que nadie me mirara dos veces. Sin ser del todo agradable era alguien común, no me destacaba físicamente por ninguna irregularidad grave en el rostro, en las manos. Me acostumbré de chico a pasar inadvertido. Me gusta pensar a toda hora. Siempre estoy maquinando grandes hazañas que después no se cumplen: son sueños imposibles de una mente tal vez desquiciada.
Todos estos años me he preguntado qué es el pecado, porque jamás sentí el peso de la culpa. A veces pienso que con los años me convertí en un desalmado, sobre todo cuando empecé a creer que mejor que ser era parecer. Vi con claridad cómo la gente con algo de dinero exhibía sin escrúpulos la forma en que lo había conseguido, mientras a mí se me iba la vida como un pobre empleado de oficina, alguien gris.
Cuando se fue a su habitación, tomé el palo de fierro que había detrás de la puerta que él llamaba el “Amansa Locos”, pues le habían entrado ladrones por los techos del fondo y siempre los había enfrentado, a cara descubierta, con ese garrote que un día me mostró casi con cariño, acariciándolo mientras miraba fijamente a los posibles delincuentes. Sin hacer ruido me escondí para que no me viera al entrar. Quizás demoró uno o dos eternos minutos en ponerse los pantalones y una camisa. Cuando pasó por mi lado, con toda mi fuerza, le lancé un golpe a la nuca.
Había preparado ese asalto desde que supe que vivía en el barrio Palermo de La Banda, entre dos galpones inmensos, uno casi siempre desierto, el otro abriría recién el lunes. En ninguno dejaban sereno. Cuando lo visitaba tomaba nota de las cámaras de vigilancia y daba pan a los perros que salían a ladrarme. Me propuse ir esquivándolas, una a una, para no ser detectado y repetí ese camino, a veces cruzándome bruscamente de vereda. Siempre al llegar me fijaba si había luz en su comedor o un auto, una moto o una bicicleta cerca. Entonces me alejaba. Permanecía en la esquina, bajo un paraíso. Si la visita se iba, entraba. Si no, prefería volver otro día.
Me casé sólo porque me topé con una mujer que necesitaba un marido para maltratar, creo. Me reprochaba la falta de carácter y el hecho de que siempre prefiriera la quietud como arma. Una vez le conté que mi jefe hallaba fallas que no existían en mi oficina. Me indicó que me rebelara, que le dijera que estaba equivocado. Yo le decía solamente: “Ya voy a ver”. Pero no hacía nada, porque siempre terminaba diluyéndome en el aire. Mis compañeros de trabajo no notaban cuando estaba de vacaciones: meses después me preguntaban cuándo me había reincorporado.
En las conversaciones que solíamos tener, averigüé quiénes eran sus amistades: si se emborrachaba se jactaba de la importancia de sus conocidos, pero después de muchas conversaciones llegué a la conclusión de que no había nadie influyente para reclamar una investigación profunda.
A pesar de la fuerza, el golpe no lo desmayó, sólo cayó al suelo con un grito ahogado de dolor. Entonces me acerqué y le pegué, primero hasta que dejó de atajarse con los brazos. Sangraba por un tajo en la frente. Yo también tenía sangre. Dejé el “Amansa Locos” a un costado, me senté a resollar en una silla y le toqué el cuello. Quizás estaba muerto. Por las dudas, fui a su habitación, tomé un Colt 32 de su mesa de luz, volví y le disparé al pecho. Se movió un poco, hice bien entonces.
Pocas veces en la vida me enojé con nadie. Si me insultaban me daba lo mismo. De joven, si en una fiesta alguien invitaba a bailar a la chica que estaba conmigo, no me importaba, aunque ella le dijera que sí. Cuando miraba televisión, las escenas de enojos, celos, traiciones y peleas me desconcertaban. Siempre me pregunté qué es lo que lleva a los demás a estar furiosos, por qué no aceptan mansamente sus circunstancias.
Estaba nervioso, quise dejar todo como estaba y salir corriendo, pero me dije: “Si has llegado hasta aquí, tienes que seguir hasta el final”. Para no despertar sospechas en el vecindario, tomé un encendedor de la cocina y una vela. Apagué las luces, me envolví las manos en un repasador, limpié el palo con el que lo había matado y el revólver. Después rebusqué en su cinto y hallé las llaves. La caja fuerte estaba debajo de un cuadro de su madre, una mujer de porte severo que no dejó de mirarme. Bajé la imagen, abrí y saqué varios fajos de billetes. Había dólares, pesos y dinero en otras monedas que desconocía. No toqué las joyas, cuando planeaba todo me había dicho a mí mismo que era demasiado peligroso intentar reducirlas.
Guardé todo en los amplios bolsillos del pantalón, puse el cuadro en su lugar y volví el llavero a la cintura del finado. En el bolsillo de atrás puse el trapo que había usado para proteger mis huellas digitales. Antes le saqué la llave que había usado y me la guardé. No se la iba a hacer tan fácil a la policía. Luego apagué la vela, y, en la oscuridad, tanteando las paredes con el revés de la mano, cerré la puerta y me fui. Volví por donde siempre, evitando las cámaras de seguridad. En una ventana había dejado pan con el que volví a calmar a los perros del vecindario.
Mi mujer solía decirme que un día me dejaría y que le dolía saber que no me importaría. Para vos va a ser un día como cualquier otro, se quejó. Nunca le dije que no era exactamente así. La vida es una trampa de la que se debe huir simplemente viviendo, pensaba yo. Demasiado tenía ignorando mis propios problemas como para ocuparme de otra cosa.
En vez de volver en ómnibus, lo hice de a pie. En el puente me topé con un pescador que no se dio vuelta para mirarme. Un trecho más allá, arrojé el trapo ensangrentado al río, con una piedra y atado por los cuatro costados para que no flotara. Llegué a una esquina iluminada y sin cámaras a la vista, ya en Santiago. Tiré las fajas de los billetes en un tacho de basura.
Caminé como los que van con urgencia a alguna parte, dando vueltas por algunos barrios. Cuando llegué a casa, primero me bañé. Luego hice una pelota con la ropa que había usado esa noche: incluidos los viejos zapatos de goma, heredados de mi hermano, que muy pocas veces me había puesto. Me senté en la cama del dormitorio y me dispuse a contar la plata. Había algo así como trescientos mil dólares en billetes de a cien, cincuenta mil euros y un poco más de un millón de pesos.
Casi nunca estoy de acuerdo con el resto de la gente. Lo que pasa a los otros me tiene sin cuidado. Por eso me negué a engendrar hijos. Serían una molestia, iba a tener que fingir amor toda la vida.
Seguí haciendo mi vida. A la mañana, al trabajo en administración de la tienda, empleo conseguido hacía quince años gracias a un amigo, que era conocido del dueño. Era hombre de confianza de la firma. A veces me entregaban dinero para que llevara al banco. La primera vez me dijeron: “Vos poné cara de infeliz, tu pinta va a hacer el resto”. Y era cierto, quién se iba a imaginar que ese tipo con pinta de inofensivo se quedaría con algo ajeno. Si hubiera una manera limpia de fingir un asalto, aunque sea, lo habría hecho. No crea que no lo tenía estudiado, pero se necesitaban cómplices, armas, un auto, una logística de la que carecía. Y yo no quería que nadie supiera que era yo, ni mi sombra.
Me aficioné a mi propio mundo. La primera vez que estuve con una mujer, fue con una prostituta. Le dije que le daría más plata de la que me pedía. “¿Qué más querés?”, me preguntó entre alarmada y divertida la santafesina del tumbadero. “Que no le cuentes a nadie de esta noche”. Ahí se alarmó en serio, pero solamente expresó: “Bueno”. Cuando me iba, le di las gracias y le advertí que no se olvidara de lo que le había solicitado. Creo que todavía se debe estar riendo. Por eso, a poco de casarme, me separé. Mi mujer no aguantó mis silencios, mis huidas mentales. Eso la asustaba. Después se marchó dando un portazo. Anunció que era para siempre.
El lunes no salió en ninguna parte. Recién el martes apareció la noticia de que habían muerto a un anciano que vivía sólo en su casa, en La Banda. Un vecino con quien todas las mañanas tomaba mate golpeó la puerta el domingo y como no apareció, creyó que había salido. A la mañana siguiente, lo mismo, por las dudas giró el picaporte, abrió, entró y se topó con la escena. Llamó a la policía. Levantaron el cuerpo y lo llevaron a la morgue. Determinaron que había muerto en la madrugada del sábado al domingo.
“No se descartan otros motivos para el crimen, ya que el o los ladrones no se llevaron nada de valor”, decía la noticia. El jueves volvió a aparecer un suelto: “Con referencia al vecino hallado muerto en su casa, se supo que los hijos—que no vivían con el occiso—fueron autorizados a hacerse cargo de sus pertenencias”. Sabía que irían derecho a ver si tenía plata, estaba seguro de que la habían abierto y se reía al pensar en la cara que pondrían cuando no hallaran nada. Después, silencio total.
Igual no me descuidé. Al dinero lo escondí muy bien en un entretecho de casa. Recién a los dos años lo sacaría. Primero haría arreglar y pintar toda la casa, luego compraría la parte de mi hermana, aduciendo que me habían pagado una vieja deuda en la tienda. Y empezaría a viajar.
Estaba calmado. Al fin mi vida tenía un bosque en medio de la pampa.
Todo bien, hasta que el otro día cuando llegaba a casa después del trabajo, vi a un policía haciendo preguntas a una vecina. “Es él”, dijo la mujer, señalándome. Empecé a caminar como con viento en contra, el mundo me daba vueltas. Recordé las novelas policiales: el asesino se olvida de un pequeño detalle. Y lo pescan por algo que no tuvo en cuenta.
El policía me miró fijamente y me preguntó mi nombre. Se lo di. “Vengo a notificarlo”, me dijo. Le pregunté si tenía que acompañarlo, me respondió: “Por qué”. Le respondí: “No sé” y sonreí. Llevó la mano derecha hacia atrás, y en vez de sacar las esposas para llevarme preso, sacó un papel. “Tiene que firmar aquí”, me avisó. “Qué es eso”. “Son los papeles de divorcio, su ex comenzó los trámites, el viernes tiene que presentarse en Tribunales”.
Firmé tranquilo.
Ahora sí, nadie me busca.
Como siempre.
Juan Manuel Aragón
A 5 de marzo del 2026, en Villa Maco. Tirando ramas.
Ramírez de Velasco®


Muy bueno. Atrapante.
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