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| Dejaron de ser letras |
El 27 de abril de 1994, la Asociación de Academias de la Lengua Española acerda suprimir los dígrafos "ch" y "ll"
El 27 de abril de 1994, durante el X Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española celebrado en Madrid, se acordó suprimir los dígrafos "ch" y "ll" como letras independientes del abecedario oficial. Esta decisión, impulsada por la Real Academia Española en consenso con las veintidós academias americanas y de Filipinas, redujo el inventario alfabético a 27 letras simples, modificó el orden de diccionarios y obras de referencia para alinearlo con el estándar latino internacional, facilitó la integración del español en sistemas informáticos y de catalogación globales, y puso fin a una tradición de casi dos siglos sin alterar el uso cotidiano de estos sonidos en la escritura diaria.En las ediciones del Diccionario de la lengua española anteriores a 1994, desde la de 1803 hasta la de 1992, la "ch" aparecía como una letra autónoma situada después de la "c" y antes de la "d", mientras que la "ll" se ubicaba después de la "l" y antes de la "m", lo que creaba un alfabeto extendido de hasta 29 o 30 elementos según las épocas y generaba secciones específicas en los volúmenes impresos.La aplicación inmediata del cambio reorganizó la ordenación alfabética de miles de palabras: términos como "chico", "chocolate" o "Chile" pasaron a intercalarse entre voces que comienzan con "ci" y "ci", y palabras como "llave", "lluvia" o "llano" se situaron entre "luz" y "madera", simplificando la consulta en diccionarios, enciclopedias y catálogos bibliográficos.
La reforma se fundamentó en criterios técnicos y lingüísticos precisos: tanto la "ch" como la "ll" constituyen dígrafos, combinaciones de dos grafemas que representan un solo fonema, al igual que ocurre con "qu", "gu" o "rr", y no letras simples como la "a", la "b" o la "ñ", lo que justificaba su exclusión de la lista oficial de letras para mayor coherencia con la mayoría de los alfabetos latinos modernos.
Desde el siglo XVIII, el abecedario español había mantenido estas combinaciones como unidades independientes para reflejar con mayor fidelidad la fonética peculiar del idioma, una práctica que se consolidó en manuales escolares, gramáticas y diccionarios durante casi doscientos años y que influyó en la enseñanza de la lectura y la escritura en todo el mundo hispanohablante.
El congreso de 1994 reunió a representantes de todas las academias asociadas, que debatieron y aprobaron por consenso la modificación tras años de estudios previos sobre unificación ortográfica, respondiendo a la creciente globalización de la información y a la necesidad de compatibilidad con ordenadores y bases de datos internacionales que no reconocían los dígrafos como letras separadas.
Luego de la resolución, el alfabeto oficial quedó definitivamente establecido con las siguientes 27 letras: a, b, c, d, e, f, g, h, i, j, k, l, m, n, ñ, o, p, q, r, s, t, u, v, w, x, y, z, sin que ello implicara modificación alguna en la grafía ni en la pronunciación de las palabras que contienen "ch" y "ll".
Aunque dejaron de contarse como letras para efectos de ordenación y recuento alfabético, los dígrafos continuaron empleándose con total normalidad en la redacción de textos, libros, periódicos y documentos oficiales, manteniendo su presencia plena en vocablos como "muchacho", "calle", "llamar", "chico" o "archivo", sin que los hablantes percibieran cambio práctico alguno en su uso diario.
En el 2010, la nueva Ortografía de la lengua española publicada por la Real Academia ratificó de forma definitiva esta exclusión, explicó los motivos filológicos y técnicos de la medida y detalló cómo el español se alineaba así con el resto de las lenguas alfabéticas modernas que solo consideran letras a los signos simples, facilitando su enseñanza y su procesamiento digital.
La transición se puso en marcha de manera progresiva en todos los diccionarios académicos, enciclopedias, índices bibliográficos y sistemas educativos del ámbito hispanohablante, con actualizaciones que abarcaron desde las ediciones impresas hasta los recursos electrónicos y bases de datos, consolidando un cambio que afectó a millones de usuarios sin generar alteraciones en la estructura esencial del idioma.
Ramírez de Velasco®


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