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| "Tango", de Raúl Cisterna |
Descifraba un vocablo sin advertir que la historia más importante ocurría cada noche, a pocos metros de él
Ese verano me avisó que quería ir a clases de tango, me pidió que la acompañara. Fui dos o tres veces y me aburrí. Nunca le agarré la mano a un ritmo, bailar no es lo mío, pensé. Le pedí que fuera sola, total había muchos hombres para practicar, y algunos eran muy buenos haciendo cortes y quebradas. De todas maneras, pensé que debía estudiar algo sobre este ritmo rioplatense, sobre todo para tener tema de conversación.Me di con que el etimólogo cubano Esteban Pichardo registró el término "tango" en 1837. Al parecer su origen es africano, de alguna de las tantas lenguas que hablaban los esclavos llegados a estos pagos. Pero aquella palabra todavía estaba lejos de designar el género musical que hoy conocemos. Para José Gobello, el nombre provenía del verbo portugués tanger ("tocar un instrumento"). En el Nuevo diccionario lunfardo recuerda que, hacia la primera mitad del siglo XIX, se llamaba tango a las reuniones de negros que bailaban al son de sus tambores.Estaba por contarle todo esto, y hallé que el musicólogo afrobrasileño Nei Lopes cree que el nombre de este ritmo proviene más bien de tangu, que en la lengua africana quimbundo designa un movimiento de la pierna en algunos tipos de baile. Otros autores, en cambio, señalan la lengua sudanesa ibibio, en la que se llama tamgu a una danza con tambores.
Cuando me daba por averiguar el origen de una palabra podía pasar semanas enteras leyendo. Se entusiasmaba cada vez que debía acudir a sus clases. A veces practicaba sola en nuestra habitación, los ojos cerrados, oyendo el aire, porque nunca tuve un tocadiscos. Después ponía los zapatos de taco alto en una bolsa, me daba un beso y se marchaba. Pero, al pasar de los días, ¿ha visto?, se convirtieron en algo tan común que a veces no me decía ni chau.
Acudí a la biblioteca Sarmiento, que siempre me ha desasnado y después de buscar un rato di con Joan Corominas, que postula la hipótesis del origen africano, pero señala "cierta danza llamada tangue que aparece en el siglo XVI en Normandía". Aunque admite que se trata de un vocablo de formación independiente. En esos días la notaba un poco distante, como si hubiera andado por otros mundos. No supe a qué atribuir esa distancia, pero siempre había sido algo rara. Y me tranquilicé.
Mientras, la vida seguía su curso aparente, porque esto de andar averiguando de dónde salen las palabras no es lo mío, apenas es un gusto que me doy de vez en cuando. Poco a poco el tiempo iba poniendo distancia entre nosotros. Algunas veces sonreía cuando miraba el celular y al rato la notaba ausente, no prestaba atención a mis disquisiciones sobre esto o aquello. Le molestaban mis pequeños hábitos, mis anteojos le parecían antiguos, la luz del escritorio no la dejaba dormir, el tecleo de la computadora le hacía doler la cabeza.
Por esos días hallé en internet un escrito del lingüista Ricardo Soca. Sostiene que es posible que el tango haya entrado a Cuba y a Sudamérica en forma separada, aunque con el mismo origen. El tanguillo andaluz de la segunda mitad del siglo XIX parece haber llegado desde Cuba.
Meses después, un domingo de julio de hace cuatro o cinco años, cuando cebaba mis mates amargos en la cocina, decidí darle a conocer lo que yo también había aprendido sobre el tango. Hacía algo de ruido en la habitación y fui a ver qué pasaba. Estaba haciendo las valijas. Dijo: "Me voy" y no entendí nada. Al tiempo comprendí que mientras me dedicaba con pasión a averiguar el origen histórico de una palabra, ella aprendía a bailar en brazos del profesor.
Yo estudiaba.
Ella bailaba.
Juan Manuel Aragón
A 8 de julio del 2026, en Tintina. Aceptando lo que venga.
Ramírez de Velasco®


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