Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Pala

VENENO La gota exacta

Ilustración Convertía recuerdos mínimos en armas persistentes con insinuaciones tardías calculadas, silenciosas, dolorosas y familiares Era extremadamente precisa en sus insultos y descalificaciones. No largaba una catarata de groseros agravios, sino más bien un “tic”, una gotita de veneno muy leve justo donde sabía que desataría oleadas de silenciosa indignación. Tan sutil era que por ahí uno se daba cuenta tal vez días después. Para eso era inteligentísima. Uno de los hijos contó una vez este problema que tenía con su madre. Decía: “A pesar de que sé que es una trampa, quizás por esa cosa del amor filial que le tengo, siempre caigo”. Dijo que, si hubiera tenido edad para esas cosas, quizás habría ido al psicólogo. Por si fuera poco, atizaba el fuego de las pequeñas rencillas entre hermanos, casi intentando que estuvieran tan disgustados como para no hablarse durante meses, pero a la vez lo suficientemente amigos como para no esquivarse. Siempre tenía a mano alguna anécdota del pasado...

TUCUMÁN Provincia medio chanfleada

Mapa de Santiago, se ve la casa del autor Los santiagueños no tienen una historia con ingenios azucareros, ni Palito ni la Bomba ni chancaca ni alfeñiques: una teoría sobre las diferencias con los ñañitas Fue hace tanto, que los santiagueños ya se olvidaron del todo y se quedaron sin una historia reciente hecha de ingenios azucareros, como Tucumán. El folklore, que nació, según dicen, en la década del 40 no nombra los carros cañeros en Santiago. Que eran los que iban a la cosecha: en invierno tiraban caña de azúcar en las fincas tucumanas y en verano seguían con su trabajo aquí en el pago, trayendo leña, postes y carbón a las balanzas. No hay en estos pagos una historia hecha a los machetazos, como los ñañitas tucumanos, aquí los cuentos de los padres y los abuelos tienen hacha en sus entrañas, quebracho, algarrobo, mistol, churqui. Hay poco machete por aquí, arma que no servía para horadar el bosque chaqueño que rodeaba a los santiagueños, y aunque parecía imposible, un día erradicaro...

SANTUARIO La última sandía

Sandías modernas Fue la última vez que estuvimos todos, cerca de un calicanto celeste con un cielo verde de paraísos a la vuelta Aquella vez fue la última que comimos una sandía todos juntos, detrás de las cañas huecas, el santuario de la mesa blanca y redonda de la que eternamente colgaba un abridor de cocacolas. Estaba terminando de marchitarse la abuela, queríamos verla fuerte y linda como había sido siempre, pero sabíamos que eso no era posible. Esa última vez agarró una pala para abrir una canaleta que llevara agua hasta las plantas más allá de la pileta de lavar, hizo unos centímetros y un nieto se la quitó, igual quedó feliz: “Todavía estoy fuerte”, dijo. Queríamos creerle y, por supuesto le creímos. Era una siesta como tantas otras, ¿ha visto?, el calor apretaba, pero en casa no hablábamos de esas cosas, no pregunte por qué, porque no lo sé. O sí lo sé, mi padre decía que lo que no se nombra no existe, por eso no andábamos todo el día quejándonos de la temperatura. Era una sand...