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ACERO La deuda de una muerte

Ilustración nomás

Un cuchillo heredado, mínimo y silencioso, atraviesa generaciones y repite un gesto oscuro que tal vez nunca dejó de suceder

Contaban, pero quién sabe si sería verdad, que con ese cuchillito el abuelo había matado a un ladrón que entró al almacén de la familia. Cuando hicieron la repartija de los bienes, me llevé aquella arma humilde, pero con un significado especial.
Era de acero, no muy impresionante, con mango de asta de vaca y una muesca rara en el contrafilo. Debía una muerte. Hubo parientes que se alzaron con muebles costosos, camas de bronce, candelabros, vajilla importada. Reclamé un mate de plata que, desde que tengo uso de la memoria estaba en una vitrina de la sala, pero le tocó a tía Olga.
En un descuido de la parentela guardé el arma en la espalda, como lo debía haber usado el abuelo. Cuentan que dio la voz: “¡Qué haces, maula!”, y con el susto que da el coraje, cuando el malandra encaró, peló el fierro y se lo clavó en el corazón.
Como soy hombre de paz, lo usé de pisapapeles, pero la chica que limpia mi casa, lo traspapeló y comenzó a aparecer y desaparecer. Una vez que vino una visita, se lo quise mostrar, pero no aparecía, después lo encontré en el cajón de los utensilios de la cocina, entre las cucharas. Otra vez que pasó un afilador, lo detuve para entregarle el arma, tampoco lo encontré. Luego apareció en el lomo de un diccionario, en la biblioteca. "Debe tener vida propia", pensé.
Ahora me asalta una duda sobre el destino. ¿Debemos seguir un camino ya trazado? ¿Somos artífices de lo que sucede y no hay una mano divina empuñando la daga?
Costó sacarle el cuchillo del pecho al asaltante. Una vez que me pasó la furia por habérselo enterrado hasta el fondo, al ver su cara de sorpresa, recién tuve idea de lo que había hecho. Era un delincuente, pero le había quitado la vida. Cuando tironeé para sacárselo me costó un buen rato. Luego lo lavé y lo guardé en el mueblecito de la cocina, detrás de la yerba.
No sé si contarle todo a la policía o ahorrarme el interrogatorio enterrándolo en el fondo de casa. Quién lo va a extrañar, oiga. No parecía un arma para matar.
Mientras las letras titilan en la computadora pienso que soy un escritor de provincia. El cuerpo se enfría detrás de la puerta del patio.
El abuelo se avergonzaba de aquel episodio. Quién sabe si sería verdad.
Ojalá que la pala esté en el lugar de siempre.
Juan Manuel Aragón
El viernes 17 de abril del 2026, en La Falda. Haciendo de picaflor.
Ramírez de Velasco®

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