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VENENO La gota exacta

Ilustración

Convertía recuerdos mínimos en armas persistentes con insinuaciones tardías calculadas, silenciosas, dolorosas y familiares

Era extremadamente precisa en sus insultos y descalificaciones. No largaba una catarata de groseros agravios, sino más bien un “tic”, una gotita de veneno muy leve justo donde sabía que desataría oleadas de silenciosa indignación. Tan sutil era que por ahí uno se daba cuenta tal vez días después. Para eso era inteligentísima.
Uno de los hijos contó una vez este problema que tenía con su madre. Decía: “A pesar de que sé que es una trampa, quizás por esa cosa del amor filial que le tengo, siempre caigo”. Dijo que, si hubiera tenido edad para esas cosas, quizás habría ido al psicólogo.
Por si fuera poco, atizaba el fuego de las pequeñas rencillas entre hermanos, casi intentando que estuvieran tan disgustados como para no hablarse durante meses, pero a la vez lo suficientemente amigos como para no esquivarse. Siempre tenía a mano alguna anécdota del pasado, a menudo relacionada con dinero o con favores no devueltos, porque le obsesionaba la idea de que, una vez muerto el marido, los hijos pudieran ponerse de acuerdo para perjudicarla, como le había pasado a una prima con sus propios chicos.
Es obvio que casi había algo de verdad en lo que decía, por lo general con una pequeñísima espina en el centro de una frase lanzada casi como si fuera al pasar. “Tu hermano está más tonto que nunca, ahora recuerda la vez que te quitó una novia en un baile del Olímpico”, observó cuando todavía vivía en Paloma Antarca. Fue un caso entre muchos otros, pero para qué enumerarlos.
Alberto sabía que no todo era mentira: Eugenio sí era medio tonto, y con ese suave insulto la madre iba redondeando la segunda parte, porque el episodio del Olímpico también había ocurrido. Y sí, Eugenio había salido con la novia de Alberto. La clave del comentario era el verbo: “quitó”. Porque no había sido así, o no exactamente.
Era endemoniadamente complicado explicar que en realidad a Alberto su novia no le importaba tanto, Eugenio la quería de verdad y decidieron, en un pacto de hermanos, hacer creer al resto del mundo que había sucedido un engaño filial, cuando lo que ocurrió fue un acuerdo. De hecho, a Alberto no le importó que la novia con la que había llegado al baile se fuera al final con Eugenio. Le dolieron los comentarios de los amigos, que no entendían aquello. Pero habían hecho un pacto en el que se comprometieron a no revelar nunca que donde todos veían traición, para ellos fue un simple “pasamanos”. Sin embargo, la madre sabía que en el fondo del corazón a Alberto no le cuadró del todo el hecho de que la novia a la que no amaba tanto se fuera alegremente con el hermano. No por él ni por Eugenio, sino por ella, por haber confiado alguna vez en su sinceridad.
Uf, toda esta explicación para contar por qué “quitar” no era la palabra correcta y por qué igual sí le dolía. Y como eran varios hermanos, siempre había algo disponible dando vueltas en su malévola cabeza. Además, alguna de las hermanas a veces la ayudaba en la concepción de las ofensas, en esas largas charlas de café y tejido al crochet que solían compartir. “Al parecer Alberto tiene una espina en el corazón por lo que pasó con Eugenio, la vez aquella del baile del Olímpico”, contó la hermana. La madre agarró al vuelo el comentario y aguardó el momento para largarlo, más de un año después.
En la reunión después de sepultarla, uno de los hijos sugirió que quizás todo obedecía al miedo de que, una vez muerto el marido, los hermanos se pusieran de acuerdo para robarle su parte de la herencia, como habían hecho los hijos de esa prima. En un último acto de maldad, había dispuesto que la ceremonia de su inhumación se hiciera de manera exprés, para que la mitad que vivía lejos no llegara a tiempo.
Diga que murió a las 7 de la tarde, pasó toda la noche sola, haciéndose cada vez más cadáver, hasta que a las 10 de la mañana empezaron a tirar tierra sobre sus restos. El de Buenos Aires llegó sobre la hora, pidió la pala al sepulturero y durante varios minutos tiró tierra sobre su cajón, como si toda su vida hubiera estado esperando ese momento. 
Con furia.
Juan Manuel Aragón
A 2 de enero del 2026, en Lilo Viejo. Mirando pasar la vida.
Ramírez de Velasco®

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