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El embrujo del malambo

Ilustración

Carlos Abregú Virreyra

Baila el chango de la costa
epilépticos malambos.
Su cuerpo sigue el compás
monótono de la flauta.

Como un trompo, como un trompo
gira sobre sí, trazando
sobre un palmo de la tierra
los símbolos de la danza.

Habla un extraño lenguaje
cada “figura” del chango;
un lenguaje cuyo enigma
descifra el público gaucho.

Han hecho cancha cerrada
los mosqueteros del chango.
La tarde enmarca la escena
con pincelada de sangre.

Fumando pucho de chala
hace balcón en la horqueta
de un centenario algarrobo
el mansero “Pata ´e Palo”.

Sobre recados se afirman
el domador y el baquiano.
Sentado enfrente enmudece
un rastreador de Taboada.

Y más cerca del muchacho
con ojos de asombro estalla
en vítores y alaridos
el lenguaraz del paraje.

Dicen que es hijo del duende
las curanderas del pago.
Por eso la tarde es suya
y las mudanzas, del diablo.

Por eso brillan los ojos
con refucilos de rayo
y nadie mirar se atreve
de frente al mágico chango.

Sólo la mitad del cuerpo-
y la mitad para abajo-
se multiplica en frenéticas
figuras al ras del campo.

Y más que danzar parece
que volara audaz, liviano,
con palúdicos temblores
y locas ansías del espacio.

¿De dónde ha salido el chango
de los malambos extraños?
¿Qué quieren decir los signos
que dibuja en cada cambio?

Nadie ha visto cosa igual
en Salavina y El Bracho.
En las riberas del Dulce,
en Añatuya ni el Maco.

Atraído por la danza
llega la noche, entretanto,
estirando sombras de árbol
hacia el sitio del malambo.

Es ciega la noche y, mansa;
mansa y ciega como el alma,
pero como ella poblada
de silencios y fantasmas.

¿Por qué ha de turbar el chango
la noche apacible y mansa?
¿Qué sortilegios profanos
vuelca la noche en la flauta?

¿Por qué los pies del muchacho
chapalean sombras vagas
mientras los pájaros huyen
del encanto de la danza?

El malambero embrujado
sigue bailando, bailando…
Ninguno lo ve en la noche
porque se envuelve en su manto.

El auditorio se inquieta
pero nadie dice “basta”
porque sobran las palabras
y el hondo pánico avanza.

¿Cómo gritar en la noche
si el malambero es el diablo?
¿Cómo llamar a la Luna
en esta noche del sábado?

La flauta está más distante,
ya no se escucha la flauta.
Un triste son de vidala
enciende una estrella maga.

Pero a partir de esa noche
el auditorio del chango
tiene grabado en el alma
el embrujo del malambo.
Ramírez de Velasco®

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