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Un vocablo común en ciertos círculos que busca resignificarse luego de su origen lunfardo y el uso que le dieron los cafishos
No se sabe bien por dónde entró el vocablo “mina” al lunfardo rioplatense. Puede haber llegado del dialecto genovés (“zeneize”), que se usaba para referirse a una mujer de aspecto llamativo o explosivo. También pudo haber funcionado como metáfora de la riqueza: para el cafisho, el proxeneta o el alcahuete, la mujer era una fuente de ingresos, alguien a quien explotar para extraer valor. En determinados registros marginales de fines del siglo XIX, “mina” no designaba a cualquier mujer, sino a la que trabajaba en el burdel o mantenía al hombre.En el diario La Nación, en 1879, se publicaron versos anónimos: “Estando en el bolín polizando, // se presentó el mayorengo: // ‘A portarlo en cana vengo, // su mina lo ha delatado’”. Esta cuarteta carcelaria también apareció en recopilaciones de fines del siglo XIX y principios del XX. Así lo consigna El idioma del delito (1894), de Antonio Dellepiane, además de antologías posteriores de José Gobello y Luis Soler Cañas. No necesita traducción: cualquiera lo entiende.En su ficción literaria La novela de Perón, Tomás Eloy Martínez pone en boca de un personaje una referencia a María Eva Duarte, “Evita”, en estos términos: “Esta mina barata, esa copera bastarda”. El uso es claramente despectivo y conserva un matiz prostibulario.
El Diccionario argentino de insultos, injurias e improperios, publicado en 2006 por la revista Barcelona, no incluye “mina”, aunque sí “mino”, definido como hombre homosexual pasivo. Allí se señala que sería la masculinización de “mina”. La ausencia del término femenino en un repertorio de agravios permite inferir que, para entonces, ya circulaba como sinónimo coloquial de mujer, tan común como señora o ama.
Durante décadas, “mina” funcionó como vocablo despectivo en el habla masculina. Algunos hombres tenían esposa; otros, además, una mina o varias, para noches de juerga, alcohol o juego. En diminutivo —“minita”— el término acentuaba la fugacidad: no la compañera estable sino el entretenimiento, la ilusión pasajera, la promesa nunca cumplida.
¿Fue la televisión la que terminó de normalizar la palabra? ¿La proliferación de vedetes y prostitutos en los programas de la tarde? No se sabe con certeza. Lo cierto es que hoy muchas mujeres, especialmente en sectores urbanos de clase media, se nombran a sí mismas como “minas” sin percibir el agravio.
Pero en la cumbia villera el término conserva una carga sexual más evidente. En canciones de Los Pibes Chorros se alude a “las mejores minas” como signo de éxito y abundancia. "Miralo a Duraznito viviendo la buena vida // y nosotros que pensábamos que era retardado // ahora está rodeado por las mejores minas // y nosotros los vivos en Devoto encerrados". Algo similar ocurre en letras de Flor de Piedra. Ahí “las minas” aparecen nombradas en cantidad, como trofeo o excedente. “Vos me llamas cantina, pero a mí me sobran las minas // no me mires cruzado si solo sos un refugiado” Difícil leer ahi una referencia a noviazgos sucesivos o afectos constantes.
Se advierte, entonces, un proceso de resignificación lingüística. En ciertos ámbitos, “mina” se volvió un término coloquial casi neutro; en otros, mantiene una connotación sexualizada o peyorativa. Decirle “mina” a una señora puede ser, según el contexto social y generacional, una forma de camaradería o una invitación al cachetazo.
Dice uno y, por las dudas, se ataja.
Juan Manuel Aragón
A 4 de marzo del 2026, en La Aurora. Aguaitando el tren.
Ramírez de Velasco®


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