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PLACER El derecho a no ser uno

Ilustración

Hay encuentros sin memoria en los que el goce convive con la vergüenza y una tristeza difícil de nombrar

Un alma caritativa en extremo deberá poseer quien quiera participar de una orgía de tipo erótico sexual. Como se sabe, se trata de un amable buffet libre, sin bandejas ni cubiertos: todos se sirven de lo que está a mano, a veces con entusiasmo, a veces con resignación, y casi siempre con la música demasiado alta como para negociar quién va con quién, qué con qué o cómo.
Aquí va una serie de consejos a modo de preparación para el agradable acontecimiento.
En estos casos casi siempre es obligatorio preguntar cuántos invitados habrá y de qué sexo será cada uno: en general es preferible que siempre haya más del otro, cosa de asegurarse la diversión de manera conveniente. Si nunca estuvo en una, vivirá una encantadora y peligrosa experiencia, al borde del barranco. Será agradable si todo sale como usted está más o menos acostumbrado a hacerlo, pero también puede ser muy riesgosa si alguno, o usted mismo, se confunde en el sarao. Todo puede pasar.
Es muy posible que le hagan firmar un papel que diga que la casa no se responsabiliza por el mal uso de sus instalaciones, su personal o los invitados. Por las dudas, cerciórese antes de pagar su tarjeta, qué estará permitido y quiénes serán de la partida. Lo más probable es que todo valga, siempre que preste su obvio consentimiento.
Se trata de una fiesta para gente segura de sí misma, si llegara a tener dudas sobre su funcionamiento o sobre lo adecuado de sus utensiios, no se presente. En este caso pasará un mal momento y es posible que se convierta en una experiencia decepcionante.
Aunque, por lo general, la regla es que no haya ninguna regla, apréstese a llevar sus emociones hasta el límite. La velada bien podría convertirse en una ruleta rusa de agitaciones: un momento allá arriba y al siguiente sin saber quién es, qué quiere o qué hace ahí.
Lo bueno es que al día siguiente todos fingirán no haber estado nunca en ese lugar, haciendo esas cosas. Nadie recordará su rostro, su piel ni sus otras señas particulares. La hipocresía, en este caso, es una marca en el orillo de la actividad. Lo malo es que tampoco podrá contar nada a sus amigos. Este tipo de fiestas continúan organizándose en la sociedad más distinguida de este pueblo. La discreción, el silencio y el olvido piadoso son un valor más importante que la propia gala.
Si puede, lleve el hule necesario para estos casos, aunque es posible que en el lugar haya para todos, de todo tipo, textura, color, olor y sabor. Ya sabe, hombre prevenido vale por dos.
Los que han acudido alguna vez en la vida, sostienen que al final, este tipo de veladas dejan un regusto casi desesperante. Pero si está preparándose para ir, es seguro que sus buenos pesos le habrá costado la jodita, así que no se eche atrás y en todo caso, corra el riesgo de entrar en una profunda melancolía.
Después de, cuando se mire al espejo y vea a un extraño con ojeras de lujo y el pelo revuelto por manos que ya no reconocerá, no averigüe si valió la pena. Pregúntese mejor cuántas veces en la vida se puede uno permitir ser tan generosamente inútil. Entonces, y solo entonces, habrá entendido el verdadero lujo de estas fiestas: no es el placer lo que se paga, sino el derecho a desaparecer, durante una noche, del peso insoportable de ser uno mismo.
Y para que desaparezca el recuerdo borroso de haber sido, por fin, nadie, báñese.
Juan Manel Aragón
A 22 de marzo del 2026, en la autopista Perón. Volviendo de allá.
Ramírez de Velasco®

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