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SOMBRA El secreto de las dictaduras es que no tienen secretos

Ilustración

Cuanto más cerrado es un régimen, más depende de lealtades frágiles que pueden revelar decisiones críticas desde adentro

Escribo sin tener idea de la materia que llaman “inteligencia militar”, sólo sacando conclusiones de lo que dicen los diarios que, dicho sea de paso, me pueden estar metiendo el perro. Hechas estas aclaraciones, al principio nomás daré la conclusión de mi tesis. En regímenes con dictaduras que no permiten la participación ciudadana en sus decisiones, puede resultar más accesible saber en qué andan sus líderes, qué piensan hacer o qué decisiones de interés toman, incluso para suprimirlos, a pesar de que se podría pensar que guardan mejor sus secretos.
Fíjese amigo. Apenas comenzó la guerra de Israel y Estados Unidos con Irán, el 28 de febrero pasado, las fuerzas norteamericanas terminaron con la vida del ayatolá Alí Jameneí. Tiraron una bomba donde estaba en ese momento, justito. Es decir, lo habían detectado de antemano. Dicen los diarios que, entre otras acciones, hackearon el sistema de cámaras de vigilancia del tránsito de Teherán para tenerlo siempre ubicado. Pero, como se da cuenta cualquiera, eso no basta, hay que tener un sistema un poquito más complejo para seguir por dondequiera que va el capo de un país tan belicoso como Irán.
Usted dirá que es más fácil todavía tener ubicado a un líder occidental, como Donald Trump, a quien le dispararon un balazo cuando todavía era candidato y le pegaron en la oreja. Es verdad. Pero también es cierto que los dirigentes estatales de esta parte del mundo son protegidos de manera más abierta. En cambio, los líderes de sistemas en que, supuestamente se amparan en el amor del pueblo quedan bajo llave. Con la ganzúa adecuada, después es asunto fácil penetrar en sus secretos.
De otra manera hubiera sido imposible para los Estados Unidos capturar —o secuestrar— a Nicolás Maduro. Oiga, los 32 custodios cubanos que tenía en ese momento fueron muertos en la operación. En Venezuela el régimen de gobierno perdió unas elecciones fabricadas a su medida, no entregó el poder, era (es), en los hechos, una dictadura malévola que pone presos a quienes manifiestan su desacuerdo pacíficamente. La cúpula gobernante se manejaba con un cuidado extremo, era secreto casi inviolable donde dormía Maduro. Bueno. En la operación que lo extrajo de su país, sólo un soldado norteamericano sufrió heridas leves.
¿Hubo entregadores en estos casos? Es muy posible que sí, de otra manera sería muy difícil saber exactamente dónde estarían en el momento en que los hallaron.
Recuerde, si no, el caso del Hezbolá, dicen que usaba los buscapersonas, sistema de comunicación anterior al celular, ignorando que cada uno tenía una pequeña bomba guardada en su interior. Un buen día, supuestamente desde Israel hicieron explotar todos al mismo tiempo. Hubo muertos y heridos. Pero ese día también se tuvo el conocimiento cabal de que, más importante que los aviones, las bombas, los soldados, es la información de lo que está haciendo el enemigo.
Calculo que no es complicado infiltrar espías en los regímenes abiertos, cuestión de conseguir un pasaporte. De hecho, en Estados Unidos, un grupo de radicales extremistas a las órdenes de Osama Bin Laden, aprendió a pilotear aviones y el 11 de septiembre del 2001, los hizo explotar contra los símbolos de su poder, las Torres Gemelas y el Pentágono. Si esos hombres hubieran sido utilizados para hacer inteligencia sobre el gobierno norteamericano, quizás podrían haber hecho, al final, un daño más efectivo.
Tal vez lo están haciendo.
El mundo se mueve bajo un oscuro cono de sombra de hombres y mujeres trabajando al margen de toda ley, intentando desentrañar cómo se mueven los otros para prepararles un castigo siempre más tremendo. Esa maraña de inteligencia, contrainteligencia, espionaje, es una sola partida de ajedrez simultánea en varios tableros conectados. Juegan desde la inteligencia artificial hasta una empleada de limpieza en el despacho de un Presidente, memorizando sus escritos.
Todo sirve en ese mundo, dice uno, pero quizás sea sólo la pobre imaginación de un escritor de provincia, en los márgenes de un país sin importancia.
Juan Manuel Aragón
A 21 de marzo del 2026, en la Bajada. Mirando el río.
Ramírez de Velasco®

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