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APUESTAS El parpadeo de la suerte

Perdiendo todo

De las mesas de escolaso a los celulares, el juego mutó, pero conserva su lógica implacable de vaciar bolsillos

El Código Civil Argentino dice que las deudas de juego son naturales, es decir, si no quiere, no las paga y listo. Pero entonces entra a tallar la mafia. “¿Cómo que no vas a devolver lo que te prestamos?”, le dicen. Lo agarran del cogote y lo fuerzan. A partir de ese momento, chau, o paga o pierde. Si se mete en ese ambiente, verá que ahí está el hombre en su real dimensión, sobre todo cuando ha dejado hasta los calzoncillos y debe volver a la casa, a explicar por qué quedó como quedó. Es por eso, suponen muchos, que el Estado se hace cargo del juego en casi todos lados, a fin de darle al menos una pátina de legalidad a una actividad oscura. Con el Estado no se puede jugar al fiado, no hay intermediarios y si ganó le pagan al instante, pero si perdió fue por anticipado.
Un consuelo: una leyenda urbana sostiene que un grupo de escolaseros de Santiago del Estero obligó a los dueños de casinos a cambiar el sistema de instalación de las máquinas tragamonedas en todo el mundo.
Como una manera de blanquear el juego y de paso hacerse de dinero, el Estado es el banquero de casi todas las apuestas de la Argentina, de la tómbola y la lotería, a las carreras de caballos. Salvo la taba y la riña de gallos.
Han surgido formas más artificiales para limpiar a uno de su plata. Usted entrega parte de su sueldo al teléfono, apuesta y pierde, apuesta y pierde, apuesta y pierde. No hay forma más fácil, y estúpida, de desperdiciar la plata, que jugar el sudor por el celular. El juego electrónico hace estragos en muchos argentinos, que ven irse su dinero por el resumidero sin saber al menos quién les ganó.
Quienes jugaban antiguamente, debían sentarse a una mesa, esperar las cartas y hacer lo que podían. Eran tipos con extraños códigos de convivencia, pues luego de desplumar a uno, es posible que fueran a cenar juntos, lo llevaran a la casa o lo habilitaran con unos pesos para que llegara a fin de mes. A veces eran legiones de amigos y conocidos que se juntaban en algún bar cuando cerraba el casino.
Así fue cómo un grupo de jugadores de Santiago descubrió que a las máquinas tragamonedas les ganaban desenchufándolas y volviéndolas a enchufar en un movimiento rapidísimo. Alguien se avivó, al observar que, en un parpadeo de la luz, su máquina lo dio por ganador. Lo empezaron a hacer en Santiago, pero se necesitaba que muchos amigos se pusieran junto a la máquina, para que, en el bulto, uno se agachase a hacer el movimiento. El problema es que había varios en el secreto. Y al tiempo, las autoridades del casino se avivaron, porque estaban devolviendo más dinero que el habitual. Investigaron y se toparon con la trampa.
Edumundo Rivero canta El escolazo

Aunque sus dueños lo nieguen, los juegos electrónicos parecen de azar, pero no lo son. Las máquinas están programadas para devolver solo una parte de lo que reciben. Se dice que es el 30 por ciento, pero quizás sea algo más. A los viejos timberos, acostumbrados a jugarse el todo por el todo, esta circunstancia les enfermaba. Les parecía un robo.
En Santiago se obligó a cerrar a todas las mesas de juego de los clubes en que se apostaba por dinero. Muchos se fundieron o andan boqueando, como el Jockey Club. Todo porque el Estado reclama el monopolio para sí o para interpósitas empresas.
Los que descubrieron el secreto del Casino, estaban felices. Tenían en sus manos, al fin, la manera de resarcirse de las pérdidas de toda la vida. Pero un día, al volver a jugar, se dieron conque las máquinas estaban conectadas a la electricidad por un cable, ya no tenían enchufe. La noche siguiente fueron en delegación a jugar a Tucumán. Algunos hasta se quedaban a dormir para no perder tiempo en el viaje. Hasta que allá también se percataron de la trampa e hicieron lo mismo que en Santiago. A partir de ese momento, las máquinas de todo el mundo dejaron de tener un tomacorriente detrás.
Si usted juega y tiene alguna esperanza de ganar, debe saber que sus posibilidades son mínimas, tantas como dura un parpadeo de la electricidad en una noche de suerte. Eso, sí, a la larga, lo más probable es que pierda.
Siempre.
Juan Manuel Aragón
Martes 14 de abril del 2026, en el Arenal. Viendo pasar el ómnibus.
Ramírez de Velasco®

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