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REFLEJO Atilas de plastilina

Atila de plastilina

En tiempos de incertidumbre surge el "Hombre Fuerte"

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
En esta época de penumbra intelectual y vértigo digital ha emergido de nuevo —como un hongo oportunista en madera podrida— el "Hombre Fuerte". Este especímen surge siempre en tiempos de crisis; no como un remedio, sino como el síntoma de sociedades amedrentadas y decadentes, dispuestas a entregarse al primero que les prometa la Salvación. El "Hombre Fuerte" se desplaza con esa altanería barata de quien confunde el mando con el desplante, embutido en trajes que luchan contra una faja invisible con olor a naftalina, mientras proyecta una virilidad de gimnasio que solo convence a quienes ya han renunciado a la más elemental higiene mental.
Para esta criatura de instinto primario, la política no es el arte de la convivencia ni el ejercicio de la razón, sino una carnicería metafísica regida por la dialéctica del amigo-enemigo. Ha leído a hurtadillas —o le han susurrado al oído— que la sociedad solo existe si hay alguien a quien odiar en común. Concibe el cuerpo social como una trinchera perpetua donde el "otro" no es un adversario con el que debatir, sino un tumor que debe ser extirpado. Bajo su mirada paranoica, el mundo se divide entre los devotos que le lamen la bota y los traidores que merecen el destierro moral. No hay puentes, solo muros; no hay ciudadanos, solo soldados de una causa que empieza y termina en su propio ombligo. Es una visión de una estrechez asfixiante, donde la paz es solo el intervalo entre dos linchamientos y la concordia es vista como una debilidad propia de eunucos.
Su mayor talento reside en una suerte de alquimia inversa: sabe convertir el oro de la civilización en el plomo de la barbarie mediante un discurso que apela, con precisión quirúrgica, a los más bajos y primitivos instintos. Es un virtuoso de la bajeza que susurra al oído de la bestia que todos llevamos dentro, dándole permiso para odiar sin remordimientos. El "Hombre Fuerte" no pide sacrificios éticos; ofrece la liberación de la moralidad. Convence al envidioso de que su fracaso es culpa del vecino, al violento de que su ira es justicia divina, y al ignorante de que su cerrazón es la forma más pura de sabiduría popular. Es un sommelier de la bilis ajena, un experto en descorchar los rencores más antiguos para que fluyan como vino barato en un festín de resentimiento. En su altar, la razón es un estorbo y la empatía una tara genética; lo único que cuenta es la pulsión del clan, el rugido de la jauría y la satisfacción carnal de ver al "enemigo" humillado bajo su retórica de taberna.
Aparece siempre cuando el horizonte se nubla, presentándose no como un gestor, sino como un exorcista de fantasmas que él mismo se encarga de proyectar. En tiempos de incertidumbre, cuando las instituciones parecen crujir, este caudillo de opereta surge de entre las sombras blandiendo soluciones de una sola sílaba para problemas de una complejidad infinita. Es el buitre que sobrevuela el cadáver de la confianza institucional, ofreciendo su pecho de hojalata como el único refugio contra los miedos que él mismo alimenta. Su verbo es una cloaca de adjetivos biliares, una ametralladora de consignas diseñadas para el paladar del analfabeto funcional que busca, desesperadamente, un culpable a sus propios desatinos.
Para este mesías de garrafón, la realidad no es un dato que deba ser analizado con rigor, sino una insolencia que debe ser castigada; la ley no es un límite civilizatorio, sino un estorbo burocrático para su "voluntad de hierro". Se presenta ante el espejo de la historia como el cirujano que viene a extirpar el cáncer de la decadencia, pero no es más que el enterrador oportunista que se ha puesto una bata blanca para saquear los empastes de oro de los cadáveres. Su audacia es la del ignorante absoluto: esa convicción granítica de que el mundo se arregla a puñetazos sobre la mesa y que la inteligencia es una enfermedad propia de los "débiles", esos seres despreciables que cometen el pecado imperdonable de leer más de catorce palabras seguidas sin pedir permiso.
Vive rodeado de una guardia pretoriana de mediocres, una cohorte de sicofantes que han hecho del servilismo su única forma de supervivencia. No hay nada más obsceno que observar a este pavo real, henchido de una importancia que solo existe en sus delirios, despreciando las formas y los ritos que son lo único que nos separa del canibalismo social. Es un bárbaro con departamento de imagen, un Atila de plastilina que se cree un elegido de los dioses cuando no es más que el resultado de una digestión pesada de la democracia. Su fuerza es puramente histriónica; una representación teatral para un público que ha perdido el gusto por la libertad y prefiere el calor del redil, siempre que el látigo del pastor golpee las espaldas del "enemigo" de turno.
Al final de su esperpéntico desfile, cuando el maquillaje se cuartea bajo la luz inclemente de la realidad, solo queda un hombrecillo asustado, un náufrago de sus propios delirios que ha incendiado la casa común solo para calentarse las manos. Su destino es el basurero de las anécdotas crueles, una nota a pie de página en los anales de la infamia, donde se recordará con una mezcla de horror y risa que hubo una época en la que los pueblos, fatigados de su propia dignidad, decidieron adorar a un becerro de oro que ni siquiera era de oro, sino de latón oxidado y soberbia barata. Es la apoteosis de la vulgaridad elevada a categoría de dogma de fe por un rebaño que, en medio de la tormenta, prefirió entregarle el timón al pirata más ruidoso antes que confiar en la brújula de la razón y la decencia.
Publicado originalmente en Vozpópuli (España) el 28 de marzo de 2026.
Ramírez de Velasco®

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