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| Mi casa, acuarela de Raúl Cisterna |
La polvareda en el camino alteraba la rutina de una familia, en medio del monte, acostumbrada a recibir gente
Cosas buenas traían las visitas, decían. Mi padre se alegraba cuando en el fondo del camino se levantaba la polvareda. “Alguien viene”, anunciaba y mi madre corría a arreglar la casa. Los cazadores llegaban con carne de animales mestizos, gorras chillonas, botas de caña alta y conservadoras de las que sacaban cerveza en latitas que los chicos juntábamos porque eran bonitas. Los llevábamos a entrenarse con las perdices que luego buscarían los perros para traer en la boca. Mi padre no les envidiaba la mala puntería. A veces apagaban tres balazos en una sola perdiz, que se mandaba a mudar volando y se perdía en la orilla del monte, gringos inútiles.En ocasiones quedaban hasta la noche para cazar vizcachas. Metían ruido por los alrededores, gritaban como en la cancha, andaban haciendo bombo en los guardabarros de las camionetas y volvían a la madrugada. Entonces encandilaban la puerta con los faros y mi padre se levantaba a hacer el asado y ayudarlos a cuerear esos bichos que no comíamos: mi madre decía que no iba a alimentar a sus hijos con ratones.De vez en cuando se sumaban otros de la parentela: venían a pasar un día de campo, según explicaban. Si había mazamorra, se la zampaban de una sola sentada, pedían tomar té en saquitos que nos mandaban a buscarlo al almacén de los Gómez, media legua en burro. En la conversación largaban que el mate era para los vagos, mi madre se secaba las manos en el delantal, como siempre que estaba nerviosa y se hundía en la cocina, sin quejas, porque era su familia.
Cada dos años se daban una vuelta los políticos, de vez en cuando caían otros familiares, también unos estudiantes de la Universidad que investigaban no sé qué, los médicos del hospital del pueblo, un cura gordo que pedía un cabrito al horno. Los recibíamos sonrientes, dispuestos a cumplirles los caprichos.
Hasta que un buen día, en el fondo del camino empezó a engordar un tierral. Mi madre entró las sillas, la mesa, los catres, descolgó la carne del gancho y apagamos el fuego. Pusimos candado a todo y nos escondimos tras unos ancochis. Los recién llegados tocaban la bocina, recorrieron el patio y al rato se mandaron a mudar. Mi padre dijo esa tarde: “Aquí no vive nadie”. Ahora, la gente cuando pasa por la tapera se persigna. Nosotros los saludamos mientras pateamos latitas de cerveza viejas, abolladas.
Pero nadie nos ve.
Juan Manuel Aragón
Viernes 22 de mayo del 2026, en Real Sayana. Cazando urpilas.
Ramírez de Velasco®


Seguirán siendo así de coleros los de la cuidad ? sacas la lotería si alguien te ofrece la casa en caso de viajar por un trámite ja ja.
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