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RUTA Sin perdón de Dios

Ilustración

"Una mujer quedó despechada en el camino, una falla en el deber de la caridad, alguna blasfemia"

Viajábamos hacia el sur. Mientras el sol iba poniéndose detrás de un paisaje de sembrados, pueblos de nombres olvidables —La Rubia, Hersilia, Arrufó, Ceres— fincas, postes pintados de blanco, el hombre comenzó a hablar. El auto es uno de los mejores confesionarios que se han inventado.
Pésame, Dios mío…
La noche que se demoraba, difuminaba los rostros y tal vez por eso eligió esa hora para avisar que tenía un secreto, que si no sacaba del pecho lo terminaría matando.
Yo le dije que no sería para tanto y —sin ser cura— le expliqué que cualquier pecado, por más terrible que fuera, Dios se lo perdonaría si a la vuelta se confesaba debidamente. Quise recordarle el sacramento cuando me detuvo:
—Yo no tengo perdón de Dios.
Todos escondemos algo: faltas menores nomás. Una mujer quedó despechada en el camino, una falla en el deber de la caridad, alguna blasfemia, la violación de la confianza. De todas maneras, no son gran cosa, aunque sabemos que son secretos que no nos animaremos a contar a nadie y que en el Juicio Final le harán contrapeso al haber de nuestras buenas acciones.
Con algo así traté de justificarlo.
Me dijo que era algo más complicado y oscuro. Que se trataba además de un asunto que implicaba mucha gente.
Pésame por el infierno que merecí...
Me callé y desistí de la idea de parar en un pueblo cualquiera a tomar un café. Me venció la curiosidad y decidí seguir adelante, manejando callado, cosa de darle la libertad de hablar. Descargarse.
Y mientras el auto pasaba por un pueblo de chacareros de Santa Fe, esos que tienen una fábrica de implementos agrícolas a la entrada, otra a la salida y un almacén de ramos generales convertido en supermercado justo en el centro, el hombre se acomodó en el asiento. Miraba el horizonte.
Antes querría haber muerto que…
Entonces me contó.
Juan Manuel Aragón
Jueves 14 de mayo del 2026, en tío Pushi. Oyendo la orquesta.
Ramírez de Velasco®

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