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HELADERA Vida de antes

Foto de Jorge Emir Llugdar

La compra de un electrodoméstico que parece elemental para la vida moderna, en el campo era fuente de un impensado trabajo extra


Todo un trabajo la heladera a querosén, vea. Tenía el tanque en la parte de abajo, y al fondo, una mecha protegida por un vidrio. El vendedor explicaba el funcionamiento, parecía fácil. Sólo había que encenderla. Tenía una pequeña chimenea que, de vez en cuando se debía limpiar y eso era todo. Cuando la estaban llevando, el vendedor advertía, sólo hay que cuidar que la llama sea azul, pequeño detalle.
El paisano llegaba a la casa con el armatoste y la familia en pleno se reunía para observar su instalación. Con tiempo habían elegido un lugar en el corredor y entre dos o tres forzudos la llevaban a su sitio. El padre tiraba del tanque como le habían indicado en la ciudad, abría la tapa y lo llenaba de querosén. Con un fósforo encendía la mecha que estaba al fondo del tanque y lo volvía a su lugar.
La mujer, entusiasmada, ponía una jarra con agua y después de hacer algunos comentarios, como: “Ahora vamos a tomar helado año redondo”, se iba a seguir los quehaceres del día. A las dos horas, la mujer abría la heladera y el agua seguía igual. No decía nada, se hacía la tonta y volvía a la cocina, donde estaba pelando una gallina. Al terminar volvía a probar el agua y no estaba ni cerca de fresca. Le avisaba al marido.
El hombre dejaba de tusar la mula, venía a ver qué pasaba, se agachaba, miraba la llamita y recién recordaba que debía ser azul. Con mucho cuidado le sacaba el vidrio, que estaba caliente, retiraba la mecha, le sacaba un poco del quemado que se le había hecho, volvía todo a su lugar, la encendía y seguía amarilla.
Lo llamaba a su compadre Andrés, que también había sabido tener una heladera a querosén, para que le indique qué hacer. El otro venía, observaba la llama, y pedía que le saquen todo de nuevo. Explicaba al dueño de casa que la llama debía ser lo más pequeña posible y la mecha debía emparejarla con una yilé. Después de poner todo en su lugar otra vez, encendían la mecha y, ¡ahora sí!, la llama era azul.
Al rato la mujer probaba el agua y ahora sí estaba fresquita. Dejaba una parte de la gallina, ya pelada en la heladera y el resto usaría para hacer un guiso, ¡qué lujo! Mandaba a los críos a comprar una cerveza y una gaseosa, esa noche cenarían a lo grande. Una felicidad, viera. Más tarde, a la luz de la Radiosol, el padre les decía a los chicos: “Pasame la cerveza bien fresquita, que tengo seca la garganta”. Y todos se reían a las carcajadas.

Más tarde, como a la una de la madrugada, la mujer lo codea alarmada: ”Despertate, despertate che, algo brama”. Medio dormido, él enciende una vela y se levanta para investigar. Es la heladera, hace un ruido como los camiones, cuando vienen lejos. El hombre se agacha, mira la llama y está azul, salvo por una orillita, que se ha puesto amarilla. En medio de la oscuridad de la noche, saca la mecha, la empareja con la yilé, vuelve, la coloca en su lugar, la enciende y ahora sí, está azul nuevamente.
Lo que el vendedor no le ha dicho es que ha comprado un pequeñísimo paso a la modernidad, y un gran problema también. A los seis meses él y su chango más grande estarán baquianos para arreglarla en dos minutos, pero deberán andar siempre alertas porque para entonces guardarán la carne, algunas verduras, bebidas y alguna que otra vez, cuando funcione como un violín, es posible que tengan cubitos de hielo.
Para ese entonces, es posible que frente a la heladera hayan ubicado una mesa en la que pondrán, después de comer, todo lo que hay que conservar. Meterán todo de una vez y nadie la abrirá durante el resto del día, salvo la mujer, para que no pierda frío. Si los chicos quieren agua fresca deben seguir sirviéndose del tinajón, como siempre. Antes de que pase un año quizás pasen un sofocón de varias horas hasta que percaten de que el caño de la chimenea está trancado con hollín.
Si todo sigue bien, es posible que se den el lujo de no hacer tanto charqui, ahora tienen cómo guardar la carne. Si la mujer es una madre advertida, quizás les haga flanes y budines de pan a los hijos o les prepare gelatina. En abril cuando comience a sacar leche a las vacas, se organizará mejor y les hará dulce de leche, revolverá la nata para hacer manteca, en fin.
Pero todo sin sacarle el ojo a la mecha bien pareja, a la llama azul, a la chimenea, que no se acabe el querosén del tanque, algo que también ha sucedido y al posible bramido que indica: “Houston, tenemos un problema”.
Qué quiere decir esta nota. Bueno, en primer lugar, todo lo que en la ciudad se da por sentado, en el campo era un trabajo, a veces desde conseguir el agua potable hasta perseguir la gallina que se va a almorzar (tarea que se dejaba a los chicos, porque era divertida), desde juntar leña para la cocina hasta encerrar las cabras todas las tardes, desde prender la lámpara a la nochecita a encerrar el cochero para atar el sulky al otro día.
Por otra parte, había que estar atento a toda hora, no solamente con la heladera, sino con los chanchos para que no entren al cerco, las gallinas porque andaba rondando un zorro, tapar con ceniza el fuego a la noche así amanecieran brasas al día siguiente, acordarse de llevar la batería a cargar al pueblo para que las mujeres vieran la novela en la televisión, no olvidar afuera los tientos con los que se trenzaba una cabezada porque los comerían los perros.
Esa atención constante es la que hace que el buen campesino de antes, cuando viene a la ciudad, sea un trabajador más atento, siempre cuidado, no se olvida de que dejó un balde llenándose en un lugar, que debe entregar un escrito de tal forma, o servir el café con una gota de ginebra a un determinado cliente. Se hacen notar por el detalle, en una palabra.
Pero al final todo llegó al campo, la electricidad, la heladera con freezer, el horno a microondas, el televisor, los telefonitos móviles. Los paisanos engordaron luego de descubrir que es más cómodo sacar la leche del sachet para darle a los hijos, la moto reemplazó a la mula, el tinajón es un recuerdo de la casa del abuelo y los cabritos no nacen de las cabras, sino que se compran muertitos y listos para poner en el horno.
En el fondo de muchas casas de la campaña santiagueña hay una heladera en desuso que sirve para nido de gallinas, el pie de una máquina de coser herrumbrado, todo entreverado con viejos botes de aceite y las malezas creciendo para esconder un pasado al que ya nadie quiere volver.
Por qué no regresar a esa vida, preguntará usted, si acostumbraba al hombre a ser hombre, enseñaba a la mujer a ser mujer y a ambos los habituaba al sacrificio honrado, al sudor fecundo, al compromiso considerado, al esfuerzo que no siempre daba los frutos esperados, pero siempre regalaba como resultado la felicidad de haber cumplido con Dios, con los hijos y con el ejemplo debido. Cualquiera le responderá: Era mucho trabajo.
Y para que discutir, oiga.
©Juan Manuel Aragón

De postre
Si llega el comunismo, enviará a las feministas a campos de reeducación, a ver si les corrige las desviaciones burguesas.
Karl Finiolex


Comentarios

  1. Que linda historia y una realidad que uno desconoce.El cansancio y el desgano a veces tiene que ver con esa lucha diaria

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  2. Más tarde les contaré una anécdota de la heladera. Tengo que ir a chamullar a mi vecina que irá a la verdulería.

    ResponderEliminar
  3. Como dicen aquí, en Guatemala, cuando están de acuerdo con algo: "caabal...!!"
    Abrazo grande Juan Manuel

    ResponderEliminar

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