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PLÁSTICO Lo actual se vuela

Plásticos en las plantas

Una sociedad antes sostenida con alambre se envuelve en bolsas de plástico: lo que parecía unión hoy es la certeza del descarte

Este país, la Argentina, estaba hecho de alambre. No era sólo el que cercaba estancias, potreros y chacras en la llanura. También las leyes se sostenían con alambre: impuestos inventados como parches de emergencia que se volvían definitivos, atando con torpeza lo que se había roto en la recaudación. El IVA, Ingresos Brutos, el impuesto al cheque: remiendos que nunca se retiraban, como el alambre que mantenía con vida un motor oxidado. No eran soluciones perfectas, pero daban firmeza; eran la muestra de un instinto de supervivencia que lograba unir lo que parecía perdido. En ese gesto precario había al menos una voluntad de sostener.
Pero lo que ayer era alambre, hoy es plástico. Ahí está la diferencia: el alambre podía doblarse, ajustarse, tensarse hasta el límite, pero aguantaba. El plástico, en cambio, se vuela al primer viento. Lo provisorio dejó de ser un recurso de resistencia para convertirse en una cultura de lo desechable. Todo se reemplaza sin culpa ni memoria. El plástico no intenta salvar lo que existe: directamente lo sustituye por una copia frágil, abundante, hueca. Así se llenan las calles, las rutas y hasta los parajes más remotos de bolsas, botellas y envoltorios, testigos mudos de una época que confunde abundancia con fortaleza.
La sociedad, que antes ataba sus vínculos con vueltas de alambre, ahora los encierra en bolsas de plástico que se deshacen a la primera brisa. Ya no se sostiene nada: se envuelve, se transporta y se descarta. Lo mismo pasa con las palabras, que cambiaron de material. Lo que antes era un novio de ocasión ahora es un “chongo”. Los partidos políticos dejaron de ser instituciones para rebajarse a “espacios”. Los trabajadores se redujeron a “los chicos”. El lenguaje mismo se volvió descartable: reemplazable, desechable, funcional a lo momentáneo.
Todo está diseñado para durar una nada. Las sillas, los juguetes, los zapatos, los anteojos, los felpudos y hasta los muros que parecen sólidos: todo lleva en su entraña la marca de lo perecedero. Lo que ayer se construía para acompañar durante varias décadas, hoy está pensado para resistir apenas un par de temporadas, si es que, claro. Y esa fragilidad no se limita a los objetos: se filtra en las costumbres, en la educación, en los vínculos. Una amistad se rompe porque “ya no sirve”. Un amor se reemplaza en cuestión de horas. La conversación es un emoji, un like, una reacción breve que se consume en segundos.
La comida es otra metáfora: donde antes había guisos de abuela, hoy hay cartón pintado de hamburguesa. Donde había pan amasado, hoy hay una bolsa de pan envasado que dura semanas, pero no alimenta. La natalidad se frena con delgadísimos preservativos, el tiempo se mide con relojes digitales que se descartan cuando se apaga la pila. Es un mundo diseñado para ser reemplazado incluso antes de gastarse.
El alambre representaba precariedad, sí, pero también era obstinación. Había un pulso de lucha en cada torcedura, en cada vuelta dada para unir lo que debía seguir unido. El plástico, en cambio, es la renuncia anticipada. Es el símbolo de la abundancia que en realidad es vacío. Promete permanencia en su brillo artificial, pero se parte al menor roce. No remienda: sustituye. No aguanta: finge.
Así se vive hoy: rodeado de cosas que duran lo que dura un instante, rodeado de vínculos que se quiebran antes de empezar, con instituciones que se fragmentan apenas son tensadas. No se trata ya de sobrevivir con lo poco, como en la época del alambre, sino de acostumbrarse a una abundancia que nunca arraiga, que nunca se queda.
Cuando llegue el momento de descubrir lo que falta, el hueco será irreparable. No quedará el alambre torcido que unía las piezas: sólo permanecerá el polvo de un plástico roto, un brillo engañoso que no sostiene nada. Entonces se sentirá en el cuerpo, como una presión en el estómago, el vacío de haber confiado la vida en un material hecho para no existir.
Juan Manuel Aragón
A 30 de septiembre del 2025, en Pericuiti. Fiando un tinto.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Se llama "caducidad programada", y es por diseño, no casualidad. Genera dos tipos de negocio; por un lado garantiza el reemplazo del producto en un tiempo determinado, dentro de un ciclo de amortización, para asegurar la nueva venta. Por otro lado, fomenta la compra de "garantía extendida", que es un engaño sólo entendido por quienes saben algo sobre probabilidad y estadística.
    Genera un volumen de residuos cada vez más difícil (y costoso) de manejar, y alienta el consumismo eliminando el apego sentimental por las cosas.
    Hay países que están legislando para obligar a que los productos con garantía sean de un mínimo de 3 a 5 años. Eso al menos formará a que esos productos sean manufacturados con mayor calidad y más larga vida útil.

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  2. Seeeeeee,¿vishte vo?aplica tu teoria a los"Dinasticos" que gobiernan la provincia sin calidad "menos vida util",Andaaaaaaaaaaaaaaaaaa ¡¡¡¡

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    Respuestas
    1. Si y ademas estamo cagao como camion jaula.............

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  3. En depto Alberdi hay una escuela cuyas paredes son de lona, y los changuitos van contentos porque creen que es un circo........

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    Respuestas
    1. ....el ministro de salu aviso que fue eradicada la hernia como afeccion en la provincia.....

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