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| Santa Sofía, hoy mezquita |
El 23 de febrero de 532 el emperador Justiniano ordena la construcción de una nueva basílica en Constantinopla, Santa Sofía
El 23 de febrero de 532 el emperador bizantino Justiniano I ordenó la construcción de una nueva basílica en Constantinopla, destinada a reemplazar al templo anterior destruido durante la revuelta de Niká, proyecto que daría origen a Santa Sofía, concebida como edificio religioso, símbolo imperial y manifestación material del poder cristiano oriental.La decisión se tomó pocas semanas después de los disturbios que habían devastado amplias zonas de la capital del Imperio bizantino. La antigua iglesia, erigida en tiempos de Constancio II y luego reconstruida por Teodosio II, había sido incendiada durante las revueltas populares que pusieron en jaque la autoridad imperial a comienzos de 532.Justiniano impulsó una obra sin precedentes, tanto por su escala como por su ambición técnica. Para ello convocó a dos de los más destacados intelectuales de la época, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, quienes no eran arquitectos en el sentido clásico, sino matemáticos e ingenieros formados en la tradición científica helenística.
La construcción se desarrolló con una rapidez excepcional. Miles de obreros trabajaron de manera simultánea, organizados en turnos permanentes, utilizando materiales procedentes de distintas regiones del imperio. Columnas de templos antiguos, mármoles de Anatolia, Grecia y el norte de África, y piedras traídas por vía marítima confluyeron en el sitio.
El diseño rompió con los modelos tradicionales de las basílicas cristianas. La enorme cúpula central, de más de treinta metros de diámetro, parecía suspendida en el aire gracias a un sistema de pechinas que permitía la transición entre el espacio cuadrado y la estructura circular, solución arquitectónica que marcó un hito en la historia de la construcción.
El interior fue concebido como un espacio de luz y amplitud. Ventanas dispuestas en la base de la cúpula, superficies revestidas de mármoles policromos y mosaicos dorados generaban una atmósfera que buscaba representar el orden divino. La dedicación del edificio no era a una santa específica, sino a la Sabiduría divina, Hagia Sophia.
La basílica fue consagrada en diciembre de 537, apenas cinco años después del inicio de las obras. Según las crónicas, Justiniano habría proclamado haber superado al templo de Salomón, expresión que reflejaba la intención de situar a Constantinopla como centro espiritual y político del mundo cristiano oriental.
Durante siglos, Santa Sofía funcionó como sede del Patriarcado de Constantinopla y escenario de ceremonias imperiales, coronaciones y liturgias solemnes. Su prestigio se extendió por toda la cristiandad, convirtiéndose en modelo para iglesias bizantinas y en referencia obligada para viajeros, embajadas y cronistas medievales.
A lo largo del tiempo sufrió daños por terremotos y fue objeto de reparaciones y refuerzos estructurales, especialmente en su cúpula. Cada intervención mantuvo la centralidad del edificio dentro de la vida religiosa y política del imperio, adaptándolo a las necesidades sin alterar su concepción original.
Tras la conquista de Constantinopla por los otomanos en 1453, fue convertida en mezquita, incorporando minaretes y elementos islámicos, conservando su estructura esencial y acumulando capas históricas que reflejan los cambios de poder, función y simbolismo en una ciudad clave del Mediterráneo oriental.
Ramírez de Velasco®


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