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| Morocha argentina |
Una manera de hablar de los argentinos podría perder vigencia en poco tiempo más, de la mano de la corrección política
Pregunta de examen: ¿Qué tienen en común Mercedes Sosa, Alberto Olmedo, Raúl Lavié, Carlos Álvarez, Horacio Fontova, Héctor Enrique, Ángel Videla, Elizabeth Vernaci, Roberto Fontanarrosa, Gabino Ezeiza, Alejandro Dolina, Sofía Bozán, Nestor Ibarra? Respuesta: llevaban encima una incorrección política e idiomática imperdonable, sobre todo en los tiempos modernos. Todos llevaban como apodo “Negro” o “Negra”. En ciertos contextos la palabra negro ha comenzado a ser intolerable.En la Argentina y quizás en otros países de América cercanos, el apodo Negro es uno de los más comunes, más que Cacho, Tito o Pelao. En casi todas las familias hay una Negra, un Negro y los llaman así sólo porque tienen la piel un poco más oscura que la de los hermanos, los vecinos.
No es un hipocorístico despectivo, ni mucho menos. Es una forma de tratamiento cariñoso, lo mismo que el diminutivo, “Negrito”, “Negrita”. En general a los rubios les dicen Rubio, hay varios con el apodo Morocho, justamente porque son morochos y pasa lo mismo con el resto. Algunas veces, incluso en la Argentina, se usa de manera despectiva, como que algunos patrones lo usan para nombrar a sus obreros de categorías más bajas, como un insulto. Ciertas clases sociales los desprecian con frases como: “El centro se ha vuelto ordinario, está lleno de negros”.A veces el apodo es una ironía, en Santiago a Roberto Villalba le decían Chiquito. Era un diputado provincial, que medía cerca de dos metros de alto. Por ahí también le dicen Ñato a un narigón, una forma graciosa de nombrarlo. Bueno, al parecer esta costumbre argentina está a punto de perderse para siempre. Primero porque ahora se apocopan todos los nombres. Segundo, los niños llevan nombres tan extraños, que ponerles un apodo es totalmente innecesario: parecen sacados de una sopa de letras y puestos al azar: si cae Aitana será Aitana, si cae Polo será Polo, si cae Elkin será Elkin. Llamarlos de otro modo sería un abuso.
Es posible que el apodo Negro muera para siempre en poco tiempo. Y será una lástima, pues se perderá una manera muy cariñosa de arropar el alma de los amigos, sólo con nombrarlos.
Este escrito debería ser dedicado al Negro Gustavo Espíndola, amigo que partió al otro mundo, al Negro Ruiz, amigo y pariente. A tantos Negros que cuerpearon la huella, como el Negro Melián, el Negro Díaz. Y a mi hermana Delita y a mi hija María Celia, las Negras de mi familia.
Juan Manuel Aragón
A 29 de abril del 2026, en El Timbó. Cheteando la vida.
Ramírez de Velasco®


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