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COSITO Vestirse de nadie

Casi todos clergyman en un consejo presbiterial español

Cuando el sacerdote abandona la sotana pierde claridad y se diluye en una sociedad que ya no distingue lo sagrado

Curas vestidos de cura, de sotana con ochocientos botones es lo que queremos ver por las calles algunos católicos. Que se sepa que son curas. No nos gusta el cosito blanco que se ponen en el cuello de la camisa negra (¿se llama clergyman, traje clerical o suit?). Ese detalle los diluye entre la multitud. ¡Vamos!, han estudiado para tener un estado incómodo, sobre todo en estos tiempos que corren. Son curas en un mundo que abomina de ellos. O por lo menos sospecha de su vocación. Cuando se hicieron sacerdotes tomaron una resolución valiente.
Aunque la mayoría no hizo votos de pobreza, eso es lo que finalmente hallaron en las humildes diócesis argentinas. Las limosnas que dejan los fieles son paupérrimas. Muchas veces lo que juntan en la bolsa que pasan en la misa, lo que les pagan por bautismos, casamientos, extremaunciones, no alcanza ni para pagar la luz. Saben que, si un obispo los tiene entre ojos, los mandarán a las parroquias más humildes de la ciudad o el campo. En muchos casos predicarán en el desierto, con templos cada vez más vacíos de fieles.
Así y todo, un día le dicen a su madre, a su padre, a sus hermanos, que serán sacerdotes. En muchos casos, lejos de entristecerse, la familia los apoya. Y se llena de júbilo. Pero hay otros, a quienes, en el mejor de los casos, les exigen estudiar un año en la Universidad, correr mundo, fijarse bien en lo que van a hacer. O le mandan una prostituta a su habitación, como hicieron con Santo Tomás de Aquino, que la rechazó tirándole con un brasero.
Es una decisión durísima tomada a una edad en que casi nadie decide nada definitivo.
Y aún así muchos la llevan adelante con dignidad. Su paso es recordado por varias generaciones en las parroquias en que estuvieron asignados. Los fieles se acuerdan de que, cuando hubo que bautizar a sus niños lo hicieron con mucho amor. Luego los prepararon para la Primera Comunión sin cobrar un peso, enseñándoles los rudimentos de la religión de manera sencilla y efectiva. Al tiempo volvieron a la carga, alistándolos para la Confirmación. Y cuando se hicieron adultos, los casaron, bautizaron sus niños. Y vuelta a empezar.
Quien se haga sacerdote, en estos tiempos deberá odiar la figuración, el dinero, la sensualidad del mundo, en una palabra. Y enseñar al prójimo la Verdad Revelada. Lleva sobre sí una de las tareas más difíciles e ingratas de la sociedad.
Al oponerse al uso de la sotana, los curas olvidan quizás que esta vestimenta es signo de consagración y configuración a Cristo, representa la muerte al mundo y las vanidades, es también signo visible de identidad sacerdotal y disponibilidad. Además, la Iglesia nunca dejó de exigir un signo visible de su estado. Se trata de una ayuda para la propia identidad y santidad del sacerdote.
Impide que alguien se confunda, creyendo que es otra cosa. Quien observa a alguien de sotana sabe que es sacerdote. En este sentido no aleja a los fieles de la Iglesia, sino que, al revés, los acerca a ella. Saben de entrada con quién están hablando. No hay engaño posible para nadie.
Pero, hete aquí, que quienes desarrollan esta noble actividad, no quieren usarla, quieren parecer cualquier hijo de vecino. El mundo les ha dado un uniforme al que juzgan mejor que el de la propia Iglesia, signo tal vez, de los tiempos del Reino de Jauja que se vive en la sociedad. Algunos incluso se hacen los olvidadizos y ni siquiera usan el clergyman, ¿para qué? Andan de remera y vaqueros como cualquier empresario, ingeniero, abogado o empleado de tienda.
Parece que dijeran: “¿Para qué sotana?”.
La Iglesia debe volver a recordar sus razones, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.
Y no entienden.
Juan Manuel Aragón
A 26 de marzo del 2026, en Pozo del Toba. Matando una víbora.
Ramírez de Velasco®

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