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MEMORIA Aviocaido

Campesina santiagueña

Una forma de nombrar revela un mundo con objetos animales y recuerdos que cambian de uso pero nunca desaparecen


En aquel pago todo lo hacíamos otra cosa, lo “resignificábamos”, se diría ahora. Porque nada se gana, nada se pierde, todo se transforma. Allá a los rengos todavía les dicen “Aviocaido” y nadie sabe por qué. Narraré el curioso origen de esa palabra, que aquí nadie conoce.
Hasta que vine a la ciudad, había creído que el destino fatal de toda heladera cuando no servía más, era convertirse en ropero para guardar herramientas; los estantes se volvieron jaulas para los gallos y la manija se hizo el picaporte de la puerta de casa. Mi padre y tío Pepe lo habían hecho, ¿cómo creer que nadie más se diera cuenta, de lo que había que hacer con el artefacto una vez que no funcionaba?
Aurelia era una chica que se había criado en casa. Le faltaba media vuelta de tornillo. No tiraba ni siquiera los cartoncitos de telgopor de los que dan en las fiambrerías con la mortadela. “¡Tirá eso! Aurelia”, la retó mi madre una vez. La otra respondió: “Tan bien hechito que está, para algo hai ser que va a servir”.
No sé si eran todos o solamente nosotros los que usábamos aquello que en otros lados se deja en la vereda para que lo lleve el camión de la basura. Sería porque en ese territorio celeste no teníamos vereda y menos un vehículo que pasara por la puerta.
En las palabras sucedía lo mismo, ninguna pasaba de largo. Cuando se puso de moda la ranchera “El mimoso”, los chicos andábamos todo el día cantando “Casi todos me preguntan // qué es lo que me pasa, // que no como, que no duermo, // ya no vivo en casa”. Una letra horrible, pero con música pegadiza. El próximo caballo que tuvimos, un overo rosado, le pusimos “El mimoso”, quizás para que el nombre siguiera dando vueltas un tiempo más, sin terminarse del todo.
Un día llegó la noticia de que había caído un avión mientras estaba aterrizando en el pueblo. Al domingo siguiente fuimos en peregrinación a verlo. Los comentarios quedarían mucho tiempo dando vueltas, originando historias de nunca acabar: llevaba un enfermo, el comunal se había querido fugar con la mina, eran drogas, un piloto aprendiz.
Como sucedía siempre, aquella vez los grandes también le encontraron utilidad a la palabra. A un gallo que había hecho topar mi tío Pepe y que quedó rengo luego de la riña, le pusieron “Avión Caído”. De ahí a “Aviocaido”, hubo un paso cortito.
Juan Manuel Aragón
A 25 de marzo del 2026, en la Jujuy. Esperando la lluvia.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. divertida e interesante ocurrencia pueblerina

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  2. Yo soy como la Aurelia. Guardo el telgopor para después hacer el vidrio líquido para mis artesanías. Esa chica ya reciclaba. Bien por ella..!

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