Campesina santiagueña Una forma de nombrar revela un mundo con objetos animales y recuerdos que cambian de uso pero nunca desaparecen En aquel pago todo lo hacíamos otra cosa, lo “resignificábamos”, se diría ahora. Porque nada se gana, nada se pierde, todo se transforma. Allá a los rengos todavía les dicen “Aviocaido” y nadie sabe por qué. Narraré el curioso origen de esa palabra, que aquí nadie conoce. Hasta que vine a la ciudad, había creído que el destino fatal de toda heladera cuando no servía más, era convertirse en ropero para guardar herramientas; los estantes se volvieron jaulas para los gallos y la manija se hizo el picaporte de la puerta de casa. Mi padre y tío Pepe lo habían hecho, ¿cómo creer que nadie más se diera cuenta, de lo que había que hacer con el artefacto una vez que no funcionaba? Aurelia era una chica que se había criado en casa. Le faltaba media vuelta de tornillo. No tiraba ni siquiera los cartoncitos de telgopor de los que dan en las fiambrerías con la mortad...
Cuaderno de notas de Santiago del Estero