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Mostrando las entradas etiquetadas como Parrillada

CUENTO La sonrisa de Josefo

Ilustración para el cuento De la vez que se enamoró de una chica que conoció en una parrillada, lo que pasó luego y cómo fue que descubrió la oscura verdad de ella Josefo cuenta que La vio por primera vez mientras cenaba en una parrillada de la Ruta 34, en Beltrán o cerca de Beltrán, lo mismo es. Pensó que era un lugar poco glamoroso para conocer una mujer tan bella. Le hubiera gustado que fuera en una florería, en la plaza Libertad, en un baile de máscaras o, aunque más no fuera, en la sala de espera de un médico, en cualquier otra parte. Al rato de haberla visto, se olvidó y cuando él iba al tualé, ella estaba volviendo. Al cruzarse se rozaron levemente y, justo —justito —en ese momento se le cayó la cartera. Todo un caballero, la levantó y se la entregó. Le regalaron una sonrisa inmensa y hermosa. En ese momento, lo que es la vida, ¿no?, supo que algo iba a pasar entre ambos. Durante todo ese almuerzo no dejaron de lanzarse miradas, primero tímidamente, después cada vez más intensas...

PARRILLA No habrá ninguna igual

El Vasco de Santiago La parrillada “El Vasco”, de Libertad y Pringles en Santiago, fue una fuente inacabable de mala atención y carne como piedra, hasta que se terminó No habrá ninguna igual, no habrá ninguna. Ninguna otra parrillada asegurará a los comensales, como “El Vasco” o “El Vasco Junior”, como se llamaba al final de su perra vida, una carne de mamut tan dura, unos chinchulines tan gomosos, esos chorizos recalentados del mes pasado y morcillas que quién sabe de qué parte, de qué animales bípedos o cuadrúpedos, plumes o implumes, artrópodos o reptiles del vasto bosque santiagueño estarían hechas. Para no hablar de la pésima atención de los mozos, que en la Libertad y Pringles solían brindar mediodías y noches memorables, puteándolos sin parar, avivando úlceras, haciéndolas sangrar sin ranitidina ni ningún omeprazol a la vista para calmar tanto ardor estomacal, tanta furia. Ningún otro lugar de Santiago será nunca más teatro de tantas reincidencias: siempre terminábamos diciendo ...

BILLETERA Parrillada completa

Billetera gordita De repente, un momento, en una noche de asado con un amigo que ha venido de lejos, se transforma en una decisión difícil de tomar De tanto en tanto, Joaquín Alfonso Apesteguy Arenas, que había sido vecino del barrio de toda la vida, volvía al pago —según decía— a tomar un baño de sencillez. Se había ido joven a estudiar a Buenos Aires, a la casa de unas tías, de ahí pasó a los Estados Unidos, España, Francia, y se especializó en algo importante, aunque no sabíamos en qué. Ahora trabajaba de nuevo en la Argentina en una empresa de cuyo difícil nombre nos olvidábamos tres minutos después de que lo pronunciaba. No sé por qué, pero le caíamos bien, no le cantábamos la justa de Santiago porque no la sabíamos ni le pasábamos chismes de los altos jerarcas del gobierno ni sacábamos cuenta de la marcha de la economía de la provincia. Pero lo poníamos al día con lo que sucedía en el barrio: se había muerto la vecina que toda la vida había vivido tapia de por medio con sus padre...