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REUNIONES Un hombre importante

Ilustración

En este cuento una historia verídica a la que solamente se le agregaron detalles de color para darle ritmo

Cuando el mundo era joven, de vez en cuando alguien se equivocaba y me invitaba a una reunión importante. Algunas veces incluso me decían: “Vení así nomás, es una reunión informal”. Iba con mi mejor pilcha y apenas empataba con el resto. En ocasiones eran cenas de etiqueta o simples asados, pero siempre se conversaba de asuntos trascendentales: el precio del dólar, la burbuja inmobiliaria de Santiago, qué barbaridad, lo baratos que están los autos eléctricos. Ah, las nuevas tecnologías, decía uno y, por agegar algo, yo tiraba una frase, llegaron para quedarse, cosas así.
Los ñatos me miraban como diciéndose este tipo seguro que tiene dinero, por eso está aquí como nosotros, pero queda mal que le pregunte cómo lo hizo. Entonces me averiguaban qué haces para vivir. Y no les respondía que simplemente respiraba, porque no era lo que esperaban, sino estoy en la industria del periodismo y, al menos técnicamente no les mentía, ¿no? Quedaban satisfechos y yo me reía pensando en que después le preguntarían al dueño de casa cómo se llamaba el editor que invitaste, y el otro, que no me acuerdo. Y él, pero sí, el que estaba con esa camisa azul y tomaba cerveza y andaba calladito, metiéndose en todos los corrillos. Y así durante un rato, hasta volverme invisible en sus recuerdos.
Cuando llegué a una edad más o menos, casi todos los meses me invitaban a algo, capaz que porque comía con la mano cuando había que comer con la mano y agarraba los cubiertos correctamente, sin confundirme, no me emborrachaba, no miraba mujeres ajenas.
Andaba con aire distraído, como si fuera alguien importante, como si tratara de recordar en qué caja fuerte dejé mis millones o qué auto tendría que sacar mañana.
Una vez fui a una reunión en el Zanjón, a veinte kilómetros de casa. Antes pregunté cómo llegar, me indicaron, averigüé si había ómnibus, pero me dejaba medio lejitos, después tenía que tomar un camino de tierra. Pedí un taxi, me salió una pequeña fortuna y le dije que me tocara bocina cuando me fuera a buscar a las 2 de la mañana, ni muy temprano ni a las mil quinientas.
Era asado, una carne tan exquisita, tan blanda, que me preguntaba de qué cuadrúpedo excelso sería, porque no era de hijo de vaca de campo argentino, sino algo más. Me senté al lado de una señora que hablaba de sus hijos. Al otro lado se sentó otro que, en un primer momento pensé que era como yo, casi un colado en la fiesta, después creí que era ¡uf!, un empresario importantísimo de aquellos. Pero al final supe que era el otro yo de propiamente yo.
Entre la vieja que hablaba de sus críos y el tipo, preferí hablar con el tipo, que al parecer conocía todo sobre los negocios de venta de ropa de Santiago, que qué se vende más, que quién ofrece prendas, decía prendas el guacho, con mejores colores, que quien tiene más empleados en negro. En un momento dado me sentí en la obligación de hacerle la pregunta del millón, y se la hice: qué haces para vivir. Me miró bien y me dijo, estoy en el negocio de la moda, ¡ah!, me dije, alguien importante como todo el resto. Y siguió perorando sobre negocios, géneros, texturas y nuevos modelos.
Me preguntó a qué hora me iba, le dije que a las 2 pasaba a buscarme mi chofer. Ah, bueno, ¿me puedes acercar?, preguntó. Sí, por supuesto. Cuando llegó la hora, el taxi tocó la bocina y le dije, ahí me están buscando. Nos despedimos de los dueños de casa y salimos. ¿Cuál es el tuyo?, ¿el Toyota?, preguntó. No el taxi, el Fiat 1, respondí. Subimos, resulta que conocía al chofer, chanchos amigos habían sabido ser. Se puso nervioso. Bajó en el barrio Ejército Argentino y seguimos.
Le pregunté al taxista de dónde lo conocía. Recordó que a veces coincidían en los tours de compras a La Salada. Rebobiné toda la noche, llegué hasta el punto en que me dijo que estaba en el negocio de la moda.
Entonces pensé: “Es de los míos, carajo”.
Juan Manuel Aragón
A 18 de febrero del 2026, en Palos Quemados. Esperando el Benjamín Aráoz.
Ramírez de Velasco®

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