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| Ilustración |
“Un amigo dice que hay una ínfima cantidad de chicas a las que les gustan los hombres mayores”
Este es un escrito que me robé a mí mismo. Algo que suelo hacer poco. No me agrada el plagio. Ni a mí mismo. Fue redactado hace varios años. Ya se irá dando cuenta a medida que lo vaya leyendo.Ahí va
Conformate. Es lo que hay. Parecía un mishi mojado. Sus ojos brillaban bajo el aura amarillenta de las luces de la Belgrano. Me pidió fuego. Le dije que fumar era de lo único que me arrepentía. Si viviera de nuevo haría todo de la misma manera. De principio a fin. Me mandaría las macanas de la juventud. Todas. Una por una. Menos fumar. Ella dijo “qué discurso te has mandado”. En su voz había algo que me punzó el corazón. Me picoteó el alma.Ya andaba por la mitad de la tabla. Entre los treinta y los cuarenta. Yo pasaba los cincuenta. Largos. Un amigo dice que hay una ínfima cantidad de chicas a las que les gustan los hombres mayores. Mucho mayores. Decrépitos. O casi. El asunto es hallarlas. Con dos o tres preguntas te das cuenta. O te miran como tío viejo o te toman de hermano. No se confunda. Para no andar dando vueltas detrás de algo que puede ser imposible. Amores de Quimera. Las dificultades para escribir una historia exceden lo técnico. Están fuera de la sintaxis. La ortografía sirve hasta por ahí nomás. Después es cuestión de hacerse entender. Con las armas que hay.
Dijo llamarse Sofía. Un novio la había dejado hacía unos días. Andaba sola. Igual que yo. No tenía palenque ande ir a rascarme. Ni mujer que me aguante. Ni casa propia. Ni perro para ladrarme. En un bolsito cabía todo lo que tenía en el mundo. Gastaba un sueldo de triste empleado municipal.
Andaba sin trabajo. Vivía en una habitación que le prestaban en la calle Moreno pasando el colegio Nacional. Morocha. No daré más datos. Para no deschavarla. Era una buena chica. Cada cual encuentra lo que anda buscando. Y a veces halla sin preguntar demasiado. Cree que va topando los años. Y es al revés. El mundo es una máquina arrolladora que lo lleva puesto. Sin darle opciones. Aguantá y morí callado. Siempre he sido cuatro de copas. Con esa sola carta me las ingenio para cantar envido. A veces sale bien la jugada. Casi siempre se pierde.
Luego pidió que dejara cien pesos sobre la mesa de luz. “Para el alquiler”. Después me fui. Y no la volví a ver. Escribo en un oscuro cibercafé. Esta computadora no tiene coma. Ni punto y coma. Hay que agradecer lo que ofrece la vida. O morir en el intento.
Digo yo.
Juan Manuel Aragón
A 20 de marzo del 2026. En la vereda. Esperando las naranjas.
Ramírez de Velasco®


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