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OTRA PLUMA Del clergyman de oficinista a la sotana de sacerdote

El Papa y un sacerdote

Sotana y traje no compiten en comodidad sino en significado: una comunica misión sacramental, el otro homologación profesional

Por Miguel Escrivá
en Info Vaticana

Imaginen por un momento al Papa apareciendo en una audiencia con pantalón blanco entallado, americana cruzada del mismo tono, camisa blanca con alzacuellos y zapatos relucientes. Los titulares se escribirían solos: “El Papa se pasa al clergyman”. Doctrinalmente, no sería especialmente grave: es la vestimenta habitual del clero y el episcopado contemporáneo. Y, sin embargo, la imagen produciría una gran perplejidad estética. Más que sucesor de Pedro, parecería el mago de un hotel en Las Vegas. La escena no sería un drama teológico, pero sí una disonancia visual que haría historia.
El hábito no es una excentricidad histórica ni una añoranza barroca. Es un lenguaje. Y el lenguaje, cuando es claro, evita malentendidos. La sotana no es solo una prenda larga y negra (o blanca en el caso del Papa y de las zonas tropicales); es una frontera visible. Afirma sin palabras que quien la viste ha sido configurado sacramentalmente para una misión que no se confunde con ninguna otra función social.
El clergyman —ese traje oscuro con alzacuellos minimalista— nació como solución práctica en el ámbito anglicano, pasó por el luteranismo y terminó incorporado al uso católico. Fue una adaptación funcional, cómoda en el día a día. Nadie puede negar su éxito y su labor como contrapunto a la tendencia del clero progre a vestir de seglar. El problema es que su eficacia es precisamente la de cualquier traje urbano bien cortado. Integra al sacerdote en el paisaje profesional contemporáneo: discreto, correcto, homologable. Un consultor espiritual entre abogados, economistas, altos funcionarios y gestores varios.
La sotana, en cambio, no se integra: irrumpe. Y esa irrupción tiene algo de saludable. Obliga a formular una pregunta silenciosa: ¿qué representa este hombre? ¿se han dado cuenta del respeto que provoca en un niño un cura con sotana? La tradición cristiana entendió siempre que lo visible educa, forma, recuerda. De ahí el cuidado por la arquitectura, la música, la liturgia… y también por la vestimenta. La Iglesia nunca ha sido ingenua respecto al poder pedagógico de la forma.
Además, hay en la sotana una pedagogía personal nada desdeñable. No está diseñada para optimizar rendimiento ni para facilitar movimientos atléticos. Exige compostura, disciplina, cierta elegancia del gesto. No porque el sacerdote deba parecer distante, sino porque la forma externa ayuda a recordar la forma interior. El traje moderno está pensado para la eficiencia; la sotana, para el significado. No compiten en el mismo plano.
El debate, en el fondo, no es textil sino antropológico. Si el sacerdote se entiende ante todo como un agente social con competencias espirituales, el traje funciona perfectamente. Si se comprende como hombre ontológicamente configurado a Cristo, apartado para Dios y enviado desde ahí al mundo, la lógica simbólica cambia.
El mundo contemporáneo padece más bien de uniformidad. Todo tiende a parecer intercambiable, modulable, funcional. En ese paisaje, la sotana introduce una pequeña ruptura visual que recuerda que no todo es equivalente. Que hay realidades que no se dejan reducir al molde corporativo.
Reducir la identidad clerical a un cuello blanco insertado en el traje común puede ser cómodo y práctico. Pero la sotana, con su carga histórica y espiritual, ofrece algo más: una afirmación alegre y visible de que el sacerdocio no es una profesión entre otras, sino una consagración.
Ramírez de Velasco®

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