Ir al contenido principal

SOMBRAS Infierno, Purgatorio o Cielo

Noche

La noche no es descanso sino territorio de culpa, miedo, muerte y confesiones que nunca se pronunciarán

La noche es ese ruido inesperado de la madera de un mueble que se estira o se contrae, una viga del techo quejándose del peso, un ratón que golpeó con su cola, sin querer, la pata de una silla. Es el horror de los viejos espíritus volviendo en pesadillas, los monstruos de la niñez que pugnan por quedarse para siempre en la imaginación; la sombra que pasa por la ventana de un murciélago jugando a los amagues. Es el susto por una voz antigua que se coló entre los sueños y jugó a ser otra vez de verdad. Y es el sudor por haber visto, entre las enredaderas de la alucinación desesperada, el rostro atroz de una película asomándose entre los pavores de la niñez. Es la brutal confesión que nunca se dirá en voz alta, de aquel pecado que atormenta y ciñe el pecho.
También golpea la puerta o atruena el teléfono inesperadamente, a altas horas de la madrugada, con la noticia infausta de la muerte de un familiar. No es el romanticismo de los que la dotan de un encanto particular. No es que de noche todos los gatos sean pardos: a veces son tigres devorando el alma de los insomnes. La noche se hizo no solamente para el descanso, sino también para el aleve pecado, el llanto desconsolado, el aullido de dolor.
Los antiguos seres que la poblaban, leyendas tangibles del pasado reciente, no frecuentan los sitios que antes les eran comunes; no tienen cabida bajo los focos de luz. Siguen frecuentando las calles extramuros cada vez con menos frecuencia, quizás porque sus víctimas se volvieron incrédulas.
La noche es una creación de los miedos infantiles aguaitando con temor el momento en que los padres apagarán la luz. Entonces cada uno se topará con lo reprimido y volverá a sospechar que algo tiene que esconder la oscuridad y, por eso, ciega el día, oculta el sol.
En los caminos del bosque santiagueño, por ahí la luna dibuja seres que no existen; asusta a los caballos cuando el campesino regresa, quizás con un animal para la carneada, peor si es cuatrereado, con la desconfianza de toparse con el dueño. En la noche hay, sobre todo, maldades para arrepentirse después.
Pero la noche —noche, la que vale en el recuerdo— es la que cada uno tendrá como la última de su vida, cuando aprovechará para confesar sus pecados. Entonces vendrá la otra, en la que mirará cara a cara su destino definitivo e inevitable: Infierno, Purgatorio o Cielo.
Mientras tanto, algunas veces, después de la puesta del sol, deberá conformarse con un remedo de la ida definitiva: oyendo un susurro aquí, el roce de las hojas del paraíso de la puerta de su casa, un rumor por allá; quizás el muchacho de la otra cuadra terminando de charlar a la novia para pecar como Dios manda.
Juan Manuel Aragón
A 3 de marzo del 2026, en La Finca. Reparando un portillo.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

Entradas populares (últimos siete días)

Aviso

Si disfrutas de los contenidos de Ramírez de Velasco y quieres ayudar a que este espacio siga creciendo, te invito a hacer una colaboración voluntaria. Cualquier aporte, por pequeño que sea, será de gran ayuda y contribuirá a sostener el blog y afrontar sus gastos. Arriba están las instrucciones para colaborar.  Desde ya, muchas gracias por tu apoyo. Ramírez de Velasco ®

NOCHES La revolución de la calle Tucumán

"Tucumán al 200", de Raúl Cisterna Éramos tan jóvenes que ya habíamos repartido los ministerios y todavía nos alcanzaba para cantar vidalas hasta el amanecer Cuando llegaba la noche siempre le venía a la memoria la misma vidala que cantaba despacito para no despertar sus propias alucinaciones. No recuerdo la letra, sólo sé que nombraba a una mujer, pero casi todas las vidalas llaman un amor que desertó. A esa hora estaba hecha la revolución con que soñábamos, habíamos designado ministros, teníamos firmados los decretos que anticipaban la aurora que se vendría y planeábamos algunos pequeños gustos que nos daríamos cuando estuviéramos instalados en la cima del poder, como salir a tomar café al mismo bar de siempre o mandar a comprar sánguches de milanesa en el mercado Armonía —porque gobernaríamos desde Santiago— y convidar a todo el mundo durante una deliberación de gabinete. Al llegar la fortuita e incierta hora en que la reunión estaba tan linda que uno ya no sabía si acosta...

RELATO Llevalo, es mansito

"El barrio", de Raúl Cisterna Por qué cambiaron para siempre las noches del barrio desde aquel resplandor que no dejaba dormir a nadie Tenemos una buena relación. Si lo llevas a tu casa, te vas a terminar acostumbrando. Después de la luz en el cielo, llega la explosión; salimos a ver qué pasa. Los vecinos también se sobresaltan: están en la vereda, tomando fresco, apantallándose con lo que hallan a mano, revistas, abanicos, el diario, aplaudiendo los mosquitos, opinando de la última conquista de la Mirta, la morocha más hermosa de la cuadra. Uno de estos días voy a escribir una novela para ganar un premio. Pero que no va, y se me aparece la cosa verde después del ruido ese, como una bomba de estruendo lejana. En el discurso de agradecimiento diré que los escritores de provincia somos ignorados por la crítica porteña. Si me topo con un editor, va a sufrir antes de que le firme un adelanto. Ideas no faltan. Es cuestión de ponerme frente a la computadora y darle a las teclas. El...

1911 AGENDA SALTEÑA Juárez Arze

Paisaje de los valles Calchaquíes El 20 de julio de 1911 muere en la pobreza José María Juárez Arze, médico salteño que se establece en los Valles Calchaquíes El 20 de julio de 1911 murió en la pobreza José María Juárez Arze. Fue un médico salteño nacido el 8 de febrero de 1852 que dedicó su vida al estudio y tratamiento de enfermedades regionales del norte argentino tras establecerse en los Valles Calchaquíes. Nacido en Salta en pleno siglo XIX, completó su formación médica en un contexto en que las patologías locales representaban un desafío constante para los profesionales de la salud. Su interés se centró especialmente en las afecciones endémicas en el campo y las montañas del norte. Tras recibirse, se trasladó a los Valles Calchaquíes, donde se entregó de lleno al ejercicio de la profesión. Atendió a poblaciones dispersas en un ambiente de valles áridos, altitudes variables y condiciones sanitarias precarias, combinando la práctica diaria con la observación sistemática de los male...

¡Dime qué dices, mar!

Ilustración Miguel de Unamuno ¡Dime qué dices, mar, qué dices, dime! Pero no me lo digas; tus cantares son, con el coro de tus varios mares, una voz sola que cantando gime. Ese mero gemido nos redime de la letra fatal, y sus pesares, bajo el oleaje de nuestros azares, el secreto secreto nos oprime. La sinrazón de nuestra suerte abona, calla la culpa y danos el castigo; la vida al que nació no le perdona; de esta enorme injusticia sé testigo, que así mi canto con tu canto entona, y no me digas lo que no te digo. Ramírez de Velasco®