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| Panadero feliz |
Sueña con la prosperidad visible de un panadero bandeño y recuerda sus ambiciones literarias juveniles
En ocasiones cree que debiera haberse dedicado a la panadería, en vez de seguir el impulso que lo llevaba a ser un fracasado escritor de provincia. Si hubiera sido panadero, al poco tiempo habría tenido una buena camioneta de reparto como la de los bandeños, con lucecitas por todos lados y parlantes para oír cumbias. Habría tenido además una casa para todos los días y otra para los fines de semana y una mujer que lo hubiera ayudado con las tortas. Capaz que se daba el lujo de pasar todas las vacaciones en Mar del Plata. Y no le hubieran faltado los asados con los amigos pasando un viernes, con la televisión encendida mirando fútbol.Recuerda que un gobierno de hace varias décadas ofrecía un préstamo para poner una pequeña fabriquita. Un amigo le insinuó instalar una panadería. Pero por una parte era engorroso ponerse a aprender un oficio del que lo único que sabía era decir “pan”. Y por otra no quería abandonar sus sueños de convertirse en un escritor de libros que cambiarían la manera de pensar de la gente. ¡Puf!, qué importante, che.La vida tal vez le dio la razón al camino que había desechado. Piensa que quizás no hizo mal al desairar la posibilidad de lidiar con harina, grasa, amasadora, torno, horno rotativo, miga y cáscara, porque consiguió, algunas veces, poquitas, es cierto, lograr cierta resonancia con escritos que de casualidad le salieron buenos. Que es lo que buscaba desde joven.
Se imagina las mañanas y las tardes detrás de la caja registradora del negocio, controlando que las empleadas atiendan bien a los clientes, aspirando todo el día ese aroma que alegra a los que pasan por la vereda: habría tenido una escopeta para salir de cacería con los amigos o tal vez una lancha para pescar en el dique, con su equipo de mate para las jornadas de hombres rudos, esas cosas, ¿no?
Francés, miñón, criollo, tortilla, facturas, medialunas, repulgues, ojo para la levadura, cuidado con la sal, batir, amasar, sobar y dejar descansar una masa hasta que la harina pierda su gusto, hornear y luego, cuando sale golpearlo y oir que suena a hueco, estibarlo y ponerlo en exposición para que a los clientes se les haga agua la boca.
Si hubiera seguido aquel impulso, algunas veces habría pensado en lo que hubiera sido su vida si se aferraba a las veintipico de teclas de la computadora, sumido en la insignificancia, pensando qué escribir para un artículo que ojearía, con suerte, media docena de empecinados (sufridos) lectores.
Como usté.
Juan Manuel Aragón
Sábado 9 de mayo del 2026, en Ánimas. Espiando los remolinos.
Ramírez de Velasco®


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