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GALLOS En qué se parecen las riñas santiagueñas y las mejicanas

Una tradición viva en la Argentina

Dos tierras calientes unidas por un mismo desafío, con el coraje midiéndose en plumas, en filo y en resistencia

Los santiagueños y los mejicanos no solamente se parecen en su manera de hablar —de hecho, quienes imitan a los santiagueños suelen hacerlo como mejicanos— sino también en su gusto por una actividad tan antigua como sangrienta: la riña de gallos. En Méjico y en Santiago el gallo es estandarte de coraje, pero su combate es un ritual que se baila de manera distinta. No solo por el ambiente que los rodea, sino por la filosofía con que se los cría, se los equipa y se los entiende. En uno, el rayo de la velocidad decide; en el otro, la roca de la resistencia.
El gallo mejicano pelea con un vértigo suicida y fulminante. Es ligero, afilado, una saeta viva hecha para resolver la riña en apenas segundos. Se cría para ser un puñal que ataca sin dudar, con movimientos secos y puntería exacta. Tiene un cuerpo de esgrima, una musculatura tensa como cuerda de arco y un salto largo, casi aéreo. Su naturaleza es inmediata, roja, desesperada. Lleva atada una navaja metálica, brillante y mortal: un destello que corta más que hiere. Por eso, la pelea allá no suele durar más de un respiro, no más de tres minutos.
En Santiago del Estero, en cambio, el gallo se mide y calcula. Es más pesado, más duro, con un pecho de escudo y plumaje cerrado. Se lo prepara para soportar el fuego del calor y el castigo, no para consumirse rápido. Pelea con espuelas naturales o postizas livianas, que hieren con lentitud amarga pero no cercenan de golpe. Por eso, el combate puede durar una eternidad, hasta una hora, a veces más, y exige la paciencia de un viejo árbol tanto del gallo como del criador.
En Méjico el palenque es un espectáculo de luces y trueno. Hay focos que ciegan, música de mariachi que enciende la sangre, apuestas que rugen y un público que grita como un solo hombre. Se pelea por oro y por gloria. El que gana asciende al cielo; el que pierde cae a un abismo sin consuelo. En Santiago, en cambio, la riña es un sitio cerrado y austero, generalmente de tierra, y el ruido es otro: el golpe seco del ala, el silbido del aire cortado. Las apuestas existen, sí, pero pesan menos que el orgullo telúrico.
Los gallos mejicanos suelen ser de líneas relámpago como Sweater, Hatch, Kelso o Radio, criados para la explosión y el filo. Los santiagueños también vienen de esas sangres, pero cruzados con la fuerza ancestral del Asil o el Shamo, para darles cuerpo, resistencia de forja y temple. En unos se busca el golpe perfecto y definitivo; en otros, la constancia incansable.
El tiempo del combate resume las dos filosofías. En Méjico la pelea termina en segundos porque la navaja es la jueza implacable. En Santiago se prolonga porque la espuelita apenas hiere y el gallo debe probar su alma. El primero es espectáculo rápido, una hoguera; el segundo, duelo de fondo, una lenta guerra.
Ambos gallos son valientes a su modo, pero distintos. Uno muere sin pensarlo, como una flecha en el aire. El otro se aferra a seguir, a vivir la pelea. Ahí está, en ese aliento prolongado, la diferencia.

Otro sí digo:
Las principales castas de gallos de lidia son nombres que resuenan con historia y filo: Kelso, Hatch, Sweater, Claret, Roundhead, Radio, Lemon, Albany, y los orientales Asil y Shamo. Cada una es el resultado destilado de siglos de selección, una búsqueda implacable de fuerza, coraje y un estilo de combate letalmente pulido.
El Kelso se labró su leyenda por su inteligencia fría en el ruedo; el Hatch, por la potencia sorda de su pegada; el Sweater, por la velocidad de un rayo que lo vuelve un fantasma. Los gallos Asil y Shamo, por su parte, llevan una resistencia milenaria, forjada para el castigo y la duración.
Sin el crisol de la riña, todas estas líneas puras se habrían esfumado en el olvido. Su existencia es un paradigma de inutilidad productiva: no ofrecen buena carne, sus huevos son escasos, y su único valor reside en la bravura indomable, en la herencia genética del combate.
La riña no fue solo un espectáculo, sino el santuario donde estas razas sobrevivieron. Fueron transmitidas de criador en criador como un legado vivo, celosamente guardado. Cada enfrentamiento, un duelo a muerte, se convirtió también en una prueba de fuego de selección natural: solo el gallo que resistía, que probaba su casta, tenía el derecho de dejar descendencia.
De esta manera, la riña ha sido siempre el laboratorio más efectivo para conservar una de las ramas más antiguas del vínculo humano con los animales de coraje. Si no ya se habrían extinguido sin remedio.
Juan Manuel Aragón
A 26 de octubre del 2025, en la Isla Mota. Viendo topar los gallos.

Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Ojalá la costumbre y la práctica de la riña de gallos perdure y no se abandone. Esta actividad, como el artículo lo plantea, hace posible que la gente interactúe, disfrute de costumbres que los identifica y permite que la gente de nuestros pueblos, villas y caseríos tenga la.posibilidad de compartir aspectos culturales que fortificar su unidad.
    Estoy en desacuerdo con los moralistas de sofá, que tienen la posibilidad de disfrutar de todos los atractivos y diversiones del mundo moderno, recitales, eventos culturales, espectáculos, y todo lo que la electrónica pone a su alcance. Ellos se visten de moralistas y se declaran virtuosos de toda moral, al punto de pretender decidir cómo deba vivir nuestra gente de provincia, que no cuenta con el acceso a toda esa suerte de distracciones del mundo moderno.

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