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| El rico y el pobre |
Una experiencia infantil marca para siempre la vida del autor de esta nota y lo aficiona a una lectura particular
Era muy chico cuando me regalaron un libro con un título bastante curioso: “El rico Epulón y el pobre Lázaro”. Es una de las parábolas más hermosas pronunciadas por Nuestro Señor Jesucristo. Una vez que enfrentó a los fariseos, Jesús les dijo: "Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas”.Tuve que acudir al diccionario para saber qué quería decir "espléndido" y "llagas". La parábola seguía diciendo: “El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan'”.Hoy sé que era un libro con ilustraciones terribles, que no se publicarían más, sobre todo si están destinadas a los niños. Había un Averno negro y morado, con un diablo horripilante y gente llorando, con sangre por todos lados: “'Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí'.
Debo contar que de chico viví con mi familia, en un pequeño pueblo de la provincia de Jujuy. No llegaba hasta ahí la televisión ni se la conocía. Por eso los padres cuidaban las lecturas de sus niños. Leer en aquel tiempo no era como quizás sea hoy, una aguda imposición desagradable, sino al contrario, fuente de placer y regocijo. Incluso había padres que procuraban que sus hijos leyeran siempre libros útiles, evitando las historietas que, suponían, eran un atajo burdo del conocimiento.
Acostumbrado a leer las historias de Julio Verne y Emilio Salgari, en este frente a frente que tenía con la literatura religiosa, creí que todo iría bien, el drama se solucionaría. Pero, según San Lucas: “El rico contestó: 'Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento'”.
¿Y qué respondió Abraham?: “'Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen'. 'No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán'. Pero Abraham respondió: 'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'".
Ese día me topé con varias realidades que transformaron mi niñez en una experiencia luminosa y feliz. Lo primero fue que debía obrar el bien hacia los que me rodeaban y aunque me lo propuse muy firmemente, pocas veces lo logré. Por eso, a pesar de que no soy un millonario indiferente como Epulón, sé que merezco el Infierno más atroz. Y, por fin, tuve cabal idea de lo que espera al otro lado de la vida.
¿Suena cruel? Por supuesto. Para el mundo moderno es crudelísimo, lo sé. Pero es lo que cada uno pasará algún día, aunque se le haya ido la vida intentando pensar en otra cosa.
Y puede que no tenga mucho que ver. Desde aquel día me aficioné a los diccionarios de toda clase, desde el Everest de bolsillo de la escuela primaria hasta los etimológicos, los de filosofía, de política, de comidas, de lo que sea. Quizás la verdad de cada definición sea una pequeña huella que pruebe con la belleza de la economía de las palabras justas, la existencia de Dios.
Juan Manuel Aragón
A 23 de marzo del 2026, en la Roca y Mitre. Tomando un helado.
Ramírez de Velasco®


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