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| Tafí del Valle |
Un destino inflado; el paisaje se vende caro y el visitante paga por una experiencia que ya no existe
Un lugar sobrevalorado del norte es Tafí del Valle. Otrora sitio de descanso de la clase social más alta de los tucumanos. Hoy se amolda tanto a los nuevos ricos como a una clase media que intenta parecer algo más —y a veces lo logra— y a los numerosos buscas que la pueblan durante las vacaciones, buscando ese mango que los haga morfar.Unos pocos todavía tienen caballos con los que salen a pasear, dicen, por idílicos paisajes serranos. Al volver mostrarán sus aventuras en una filmación con música folklórica. Otros poseen o alquilan magníficas mansiones para recibir a sus amistades, en jornadas en que las damas se pasan chismes como quien cambiar figuritas, y los hombres… también.Los diarios, sin embargo, se referirán a un fin de semana exitoso si el lugar estuvo repleto de una gran mayoría de gente ruidosa atestando las cuatro o cinco calles del centro, tirando basura por todos lados, hablando alto, comparando precios, tomándose fotos con sus enormes celulares.
Así como la materia prima de las fábricas de pan es la harina o de las heladerías la leche y el azúcar, la industria sin chimeneas del turismo se alimenta casi exclusivamente del bolsillo de los incautos. Los comerciantes dicen: “Vengan y gasten, compren, duerman, diviértanse, coman y, sobre todo, paguen”. Un visitante vendría a ser una billetera que camina hacia el mostrador mientras el comerciante le dedica una sonrisa amplia y calculadora.
Dicen que la última vez que Atahualpa visitó Tucumán, no quiso volver a Tafí. La conoció a caballo, en mula, cuando no había otra forma de llegar y es posible que su intuición lo llevara a declinar la invitación a un sitio que no sería el mismo. Quienes conocían su pensamiento sostienen que no se equivocó.
Es como Las Termas de Río Hondo, pero con montañas y sin alfajores. Con la ventaja de que aquí hay historia. Grandes apellidos de Tucumán, algunos todavía en uso rozagante de su fortuna, fueron sus primeros propietarios, en tiempo de los españoles. Dos o tres museos completan un paisaje que también se luce con el sabor de sus quesos, cuyas recetas, según la tradición, figuran entre los secretos más ocultos del valle.
En ese sentido, el vecino pueblo del Mollar, sin ínfulas, luce una aspereza humilde como marca de identidad, pero al menos lo sabe y lo asume sin complejos.
Como muchos sitios veraniegos de la Argentina, Tafí del Valle se fue desarrollando sin orden ni concierto, quizás por obra y gracia de la presión inmobiliaria, tal vez por los gobernantes que eligió, cada uno peor que el anterior. El resultado es que, al menos en su núcleo central, es un amontonamiento amorfo de casas hechas para recibir al turistaje ávido de pasar unos días de descanso en un lugar supuestamente distinto.
Porque al final lo que más aprecian quienes van esporádicamente es que al final de las vacaciones dirán: “Estuve en Tafí del Valle”. No es lo mismo un fin de semana largo en La Cocha, haga el favor. Aquí respirará el mismo pretendido aire colonial que buscaban las clases acomodadas de Tucumán.
Cuando un turista llega es posible que crea estar descubriendo un paraíso perdido. Luego saca selfies con un cardón de fondo como quien planta bandera en la Luna, y se va con la misma sensación de superioridad que traía, pero ahora con tres kilos más y una remera que dice “100% Tafí” hecha en Lanús.
Además, volverá con la incertidumbre de no saber si pagó el triple por un paisaje que podría haber visto gratis desde la ruta si hubiera parado el auto cinco minutos antes. En el fondo, el verdadero lujo de Tafí no es el valle. Tal vez sea el viaje de vuelta a su casa.
Entonces respirará sin que le cobren por el oxígeno.
Juan Manuel Aragón
A 22 de marzo del 2026, en la Libertad y Colón. Esperando el semáforo.
Ramírez de Velasco®


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