![]() |
| Ilustración |
En un bosque cargado de presagios, la crueldad infantil y la humillación incuban una tragedia que desata algo antiguo e innombrable
Por *José Luis Banegas
El cielo, cargado de nubes grises, pesa como vendas húmedas y desteñidas que amenazan con lluvia, pero no la dejan caer. Son como perros amarrados, furiosos, ladrando con ansias de morder.
Dos siluetas desiguales se mueven por el bosque, simulando el juego del gato y el ratón.Las hojas marchitas—antes verdes y vibrantes—crujen bajo los árboles desnudos, emitiendo un último lamento. Sus ramas rígidas se alzan como dedos envejecidos, testigos silenciosos del otoño y su tributo al invierno.Nadie escapa al tiempo. Nunca se escapa del tiempo que se acaba. Siempre hay un precio por nacer.
Peter, el mayor, avanza con esfuerzo mientras corre; sus piernas arden y su espalda jorobada protesta.
Persigue a Thomas como puede, pisando sonoramente el follaje seco y marchito mientras esquiva ramas que aún se aferran a los troncos.
Siempre con dificultad. Su cuerpo, al igual que su mente, es torpe y mal diseñado. Cada paso rompe el silencio ominoso del bosque.
El mayor intenta atrapar al niño, pero su cuerpo maltrecho se lo dificulta. El otro lo sabe, y por eso propone estas carreras. No le interesa ganar; lo que realmente disfruta es ver perder a su compañero.
Cada vez se adentran más en el bosque, quebrando su silencio solemne con el ruido de sus pisadas y jadeos.
El mayor evita el bosque cuando está solo. No solo porque sabe que no debe—dicen que cosas malas habitan en su interior—sino porque teme perderse. Nunca ha visto esas cosas de las que hablan. No les teme. Pero sí al bosque mismo. Siempre siente que lo observa, que, si se adentra demasiado, no lo dejará salir.
El menor, en cambio, avanza sin mirar atrás. Atrevido, imprudente, como lo es siempre. Se mueve con pasos veloces y cortos, como un animal silvestre. Libre. Esquivo.
El cansancio vence las rodillas maltrechas de Peter, haciéndole perder el equilibrio. Golpea el tronco con la cabeza. El sonido seco se ahoga en un gemido.
Silencio.
Sus tímpanos tamborilean. El dolor atraviesa su sien como un aguijón. Por primera vez, ve el bosque que lo rodea: grave, inmóvil. Como un depredador que contiene el aliento antes de atacar. Siente el viento rozar su piel, tenue como un espectro. Ve la manera en que acaricia las últimas hojas, como un amante que las lleva tiernamente a su lecho final
Sus músculos arden por la carrera, frenando cada intento de seguir adelante. Se relaja, cerrando los ojos y sintiendo el roce de la brisa espectral en su piel mojada y caliente. Pero lo que no siente es a Thomas correr.
El miedo lo invade, primero como un escalofrío, luego como hormigas furiosas que trepan por su piel y se meten en sus orificios. Siente cómo el bosque lo saborea, expectante, cómo lo consume fibra a fibra con su inmensidad, a cada segundo, a cada respiro.
Ya no le importa el dolor. Desecha su debilidad y corre con renovadas fuerzas para alcanzar al niño. Cada paso es una punzada de sufrimiento, pero las ignora. El miedo pesa más que el dolor.
Cuanto más avanza, más denso se vuelve el entorno. Los árboles se estrechan, como si le advirtieran que, si sigue, ya no habrá retorno.
Craaaack—KRAAASHHH—THUUMMM.
Un estruendo irrumpe en el bosque con una violencia inesperada. Es algo que cae, algo que se quiebra, seco y despiadado, como un hueso que cede bajo un golpe traicionero.
Peter piensa que es el cielo, pero, a lo lejos, ve la silueta de su compañero, estática, y apura con esfuerzo el paso, ignorando el ruido. Él ignora muchas cosas.
Tras unos minutos que se sienten como horas, llega junto al niño. Se dobla a su lado, desesperado por respirar.
El aire, disfrazado de alivio, entra con fría y afilada crueldad en su garganta, casi como si la cortara con su avance. Su pecho se hincha con cada respiro, casi con desespero. Sus manos sostienen el peso de su torso sobre sus rodillas débiles y desviadas.
—Mira eso.
El dedo de Thomas señala el nuevo camino que se abre ante ellos.
Un árbol anciano ha caído cortando el arroyo. Yace impotente en el suelo, resignado a su nueva función.
El niño juguetea con las ramas deformes del titán caído mientras lo observa con admiración. El tronco es ancho como dos hombres. "Padre querrá esta madera," piensa. "Será un buen viaje de padre e hijo."
Aunque, últimamente, su padre no tiene tiempo. Todo es trabajo y miedo desde que el sheriff y el mariscal se llevaron a los jóvenes en edad de luchar para reforzar las fronteras. Los bárbaros, como cada año, cruzan los límites y saquean aldeas desprotegidas en busca de comida fácil. Hay que escarmentarlos antes de que arrasen con todo.
El pequeño nunca ha disfrutado de la vida en la granja. Los cultivos, los animales sucios y desagradecidos… De cierto modo, envidia la torpeza mental de su compañero, que lo hace inadecuado siquiera para ayudar, aunque él desea más.
Quiere recorrer los rincones más recónditos de Argethya, vivir aventuras acompañado de las razas antiguas, aquellas dignas de ser contadas en tabernas abarrotadas de viajeros cansados, pero ansiosos de anécdotas iluminadas por velas gruesas y gastadas. Quiere ver los rostros brillar, escuchar los aplausos y los vítores mientras celebran sus hazañas con palmadas en la espalda y brindis ruidosos y húmedos.
—No…
La palabra raspa el aire, áspera, grotesca. Lo arranca de su ensoñación con tal brusquedad que se sobresalta, recordándole que sigue siendo un niño, y esa realidad transforma el miedo en disgusto.
Mira con detenimiento a su compañero. Exhausto por la carrera, el cansancio acentúa aún más su deformidad. Las ropas sucias y mojadas, remendadas hasta el límite, se le pegan a la piel. Sus ojos viscosos y desiguales permanecen cerrados, buscando renovar el aliento. Su boca desencajada, con saliva blanca y espesa cubriéndole la comisura de los labios con un brillo malsano, completa lo feo de su ser.
Peter abre los ojos y encuentra la mirada acusadora y discriminatoria de Thomas. La misma que ve cada día en la demás gente de la aldea. Y reconoce demasiado bien las intenciones ocultas tras esa sonrisa maliciosa, que se va dibujando poco a poco en el rostro de su acompañante. Es idéntica a la de su padre cuando bebe.
Lo ve subirse al tronco caído con la seguridad de un acróbata. Su cuerpo recto y ágil avanza con pasos ligeros, cada movimiento medido, casi bailando sobre la madera. El arroyo murmura debajo de él; el agua turbia, contaminada por los desperdicios de las minas de los Drøsknir, enturbia aún más el reflejo del cielo enfermo y cargado.
—Nunca llegamos hasta aquí. Te daba miedo resbalar —dice con tono casual mientras apunta al arroyo poco profundo pero traicionero. Aunque el brillo de su mirada tiene tintes más maquiavélicos—. Ahora podemos juntar piedra caliza; Walter, el herrero, me dijo que me daría un premio si le llevaba.
Su interlocutor lo observa con los ojos vidriosos y la mandíbula tensa. Envidia la claridad de sus palabras, las ideas ordenadas que se generan en su cabeza, la fluidez de su cuerpo al moverse, la belleza juvenil que él nunca tuvo.
Su joroba palpita, recordándole lo que es.
—No… yo caer…
Su voz es apenas un hilo roto de resistencia.
Cansado, dolorido, siente el calor de la carrera desvanecerse, dejando sus músculos fríos y entumecidos. Siente una vergüenza repentina por todo lo que representa su ser.
Thomas baja del tronco con un salto y pisa tierra firme, ignorando las negativas.
—Si no vienes, te voy a dejar solo en el bosque. —Su tono es amigable, pero el dejo de amenaza es contundente.
Peter gira hacia la espesura y las palabras lo golpean como una sentencia:
"Maldigo el día en que no me dejaron abandonarte en el bosque para que te comieran."
El recuerdo de su padre lo envuelve. Su voz áspera, cargada de desprecio, resuena en su cabeza como el batir de las alas de docenas de palomas hediondas y molestas. Incluso puede sentir el olor penetrante del alcohol que siempre lo acompaña.
Tembloroso y derrotado, comienza a trepar el tronco. Se aferra con desesperación a las ramas gruesas, cortándose con las astillas mientras su cuerpo asciende con esfuerzo hasta quedar de pie sobre la madera. Su postura es endeble, lista para la desgracia.
Siente como si un público colérico lo observara con impaciencia, haciendo que dar un paso sea aún más difícil.
La lentitud de su compañero hace mella en la paciencia del niño y despierta la crueldad innata de la infancia, dejando que los pensamientos intrusivos ganen terreno en él. Recoge piedras del suelo y empieza a lanzarlas contra Peter.
—Para. Yo caer. Yo mojar. Para. —El pánico en su voz es palpable. Las piedras caen. Algunas lo rozan peligrosamente; otras golpean el tronco con sonidos secos. Cuando caen en el arroyo, su chapoteo se convierte en un aplauso burlón que casi parece celebrar las crueles intenciones.
—Piti, Piti, Piti. Ven, Piti. —Pronuncia las palabras con una melodía burlona y cruel, como si llamara a un cachorro frágil e inocente hacia una trampa.
—Para. Vivi. Yo decir a Vivi. —Pronuncia el nombre de su única esperanza casi de forma instintiva, como si todo esto ya fuera una rutina.
El nombre de su hermana detiene la mano del niño en el aire. La ama con locura. Es la única que realmente lo conoce, la única que ve su lado travieso, casi cruel. Sus padres siempre lo idealizan; para ellos, él es perfecto. O al menos debe intentarlo.
Thomas aprieta la piedra con la fuerza propia del resentimiento. Ya antes lo había descubierto haciéndole travesuras y sabe lo que pasará si vuelve a enterarse. La frialdad. La ausencia de amor. Las armas de su hermana.
Krch-krch.
El sonido sobresalta a ambos, dejándolos paralizados en su lugar, conteniendo el aliento al unísono.
De entre la maleza aparece un conejo negro. Su pelaje parece tallado desde la misma oscuridad, y sus ojos brillan como dos brasas solitarias en medio de las sombras. Su respiración es sutil, sin atisbos de temor. Su mirada refleja cierta inteligencia mientras los observa.
Peter siente un escalofrío recorrerle la espalda arqueada. No entiende por qué, pero algo en la manera en que el animal los mira le provoca un miedo sordo, casi instintivo. El niño, en cambio, se inclina para verlo con más detenimiento; es grande y gordo. Su corazón late más rápido, pero no por miedo. El hambre crece con cada segundo que lo admira.
El antojo por estofado le llena las entrañas con un vacío cálido y doloroso. Imagina la ronda de elogios que le esperan en casa si logra cazarlo. Su padre ama verlo hacer cosas de hombre, siente orgullo en sus palabras en las pocas ocasiones en que supera sus expectativas. Su boca se hace agua al pensar en el sazón de su madre y en la textura única del pan que amasa su hermana, caliente y empapado de estofado.
Sumergido otra vez en sus fantasías, suelta sin darse cuenta una de las piedras que, aunque no hace mucho ruido al caer, hace el suficiente.
El conejo mueve apenas la cabeza, dubitativo, y sale despedido sin previo aviso.
Thomas se lanza tras su presa, olvidándose de su compañero. Esquiva los obstáculos mientras hunde la punta de los pies en la tierra húmeda para impulsarse aún más. Cada vez que el conejo cambia de dirección, él ajusta su movimiento con precisión y ligereza.
El bosque es un testigo mudo de toda la persecución.
El animal se pierde de vista, como devorado por las sombras frente a la formación rocosa. El niño frena, casi cayendo, frente a las raíces desgarradas del tronco caído. Desde lejos no podría notarse, pero estando frente a ellas puede ver la entrada a una caverna con total claridad.
Es casi como si el camino hubiera sido cavado a propósito detrás del árbol para ocultarlo lo máximo posible de miradas indiscretas. Curioso e inseguro, tantea el suelo en bajada con pisotones cortos y fuertes, asegurándose de que es seguro descender. Cuando mira hacia la negrura, ve los ojos de su presa, febriles, con un tono de desafío y burla.
Las dudas lo abrazan y lo retienen de tomar una decisión. Voltea a ver a su compañero, inmóvil sobre el tronco: una gárgola grotesca de carne que tiembla en silencio. Sabe que no encontrará en él el valor para entrar.
Vuelve a mirar la caverna. Su iluminación tenue destila una falsa sensación de seguridad. Busca una excusa para no hacerlo, escrutando las sombras, pero solo encuentra una cosa: esos dos puntos rojos. Los siente fijos en los suyos. Retándolo para que lo atrape.
En su mente, la imagen del estofado caliente y apetitoso le hace agua la boca. Traga saliva y se adentra en las sombras en busca de su presa.
Peter lo ve desaparecer de una forma lenta y dolorosa, llena de impotencia y miedo. Siente cómo toda la situación lo supera, por un lado, su miedo y dolor y, por el otro, la seguridad del niño. La presión se siente en su cuerpo como si estuviera atrapado en arenas movedizas hasta el cuello, amenazando segundo a segundo con hundirlo hasta el fondo sin que pueda hacer nada para evitarlo.
Vivi le permite jugar con él porque, supuestamente, lo está cuidando o al menos eso es lo que quiere creer. No soportaría decepcionarla; es la única que lo trata con decencia en la aldea. Crecieron juntos, aunque solo ella creció.
No podría mirarla a los ojos si algo le pasara a su hermanito y, al mismo tiempo, no entendería un mundo sin la sutil caricia de su bondad en su día a día. Una vida sin la luz de sus ojos marrones, sin la calidez de cada sonrisa que le dedica cada mañana cuando lo ve, no sería una que quisiera vivir.
Peter lanza una mirada al bosque que lo rodea. Su alma teme y su cuerpo duele, pero su amor por su amiga lo empuja hacia adelante. Avanza sobre el árbol caído, poco a poco, temblando, resbalando hasta casi caer, pero con determinación firme.
Las nubes en su cabeza ennegrecen, relámpagos mudos estallan en chispazos, iluminándolas y dándoles un aire peligroso y de presagio.
Arrastra los pies un último trecho y salta a tierra firme; en cuanto sus talones tocan el suelo, un dolor lacerante recorre su cuerpo de punta a punta, concentrándose más en su cadera torcida. A pesar de todo, se obliga a ir hasta el punto donde perdió de vista al niño.
El panorama lo envuelve con una inquietud que roza lo sobrenatural. Cada fibra de su cuerpo le hace sentir que está metiéndose en el lugar equivocado. Pero se concentra en su objetivo y trata de encontrar a su amigo.
Se inclina hacia la entrada de la caverna y, cuando sus manos tocan las raíces del árbol, se sobresalta y las examina unos segundos. Parecen roídas, como si algo las hubiera ido debilitando con el tiempo; le recuerdan a los costales de harina que atacan los ratones.
La desconfianza lo llena aún más y llama al niño.
—¿Thomas? —Su voz es un susurro suplicante.
La cavidad oscura y lúgubre solo le devuelve silencio como respuesta.
Mientras se adentra poco a poco por el camino inclinado, con las piernas cruzadas y temblorosas, la voz de su padre vuelve a tronar en su mente con más fuerza, haciéndole perder el poco equilibrio que tiene.
La caída es brutal. Siente cómo el bosque finalmente, lo engulle, y la pura desesperación se apropia de todo su ser mientras rueda sin control, haciendo que se orine en los pantalones sin poder evitarlo. Un dolor sordo recorre su espalda maltrecha como si fuera una aguja que se moviera por toda su carne mientras gira, hasta terminar encogido en el suelo, como un desperdicio humano arrojado al abismo.
El agotamiento lo abraza con fuerzas renovadas, como si quisiera tumbarlo permanentemente en el suelo y darle el mismo destino que al árbol caído cerca suyo.
Se pone de rodillas como puede y comienza a toser descontroladamente mientras trata de aclarar su visión y mente por igual.
El aire es denso, contaminado. Llena sus pulmones con algo espeso, algo que no logra identificar. El barro cubre su cara. El polvo se levanta del suelo cercano con cada jadeo, oscureciendo aún más su vista.
Y entonces, lo siente.
Una mano fría levanta su ropa y deja algo dentro, acompañado de una risita burlona, casi sobrenatural, que resuena en la cueva. Primero, la sensación es de cosquilleo en su espalda, pero luego, un ardor punzante quema su carne cuando el insecto empieza a picarle. Se revuelca en el suelo, presa del pánico de toda la situación, ensuciándose aún más.
Los ecos de la risa socarrona del niño llenan toda la caverna, orgulloso de la broma que le ha jugado a su supuesto salvador.
Pero esta vez, algo se rompe dentro de Peter. Ya no le queda espacio para más humillaciones por parte de nadie. La furia lo invade como una gripe febril, calentándole el cuerpo y enturbiando su mente.
Un grito gutural irrumpe desde lo más profundo de su pecho, haciendo sobresaltar a Thomas, que se congela bajo el refugio de la penumbra. Jamás lo había visto así. Siempre había sido la víctima perfecta. Alguien incapaz de defenderse o atacarle.
El miedo que lo domina irremediablemente hace que, por primera vez, lo vea como lo que realmente es: un hombre adulto.
Peter chilla y patalea como un bebé enorme y deforme. Su silueta oscura y errática, iluminada tenuemente por la luz que viene de la entrada, se mueve de un lado a otro, inmensa y peligrosa ante los ojos del niño, que debe hacer todo lo posible para no largarse a llorar.
Lo observa con horror cuando lo ve agacharse y tomar algo del suelo. Corre por instinto. Sabe que él no puede alcanzarlo.
El jorobado siente los pasos apresurados del niño alejándose de él.
Su rabia lo ciega y grita: —¡THOMAS! —Su voz resuena en la cueva, grave, rota.
Sus dedos emblanquecen mientras sujetan la roca con una fuerza que nunca antes había sentido. En su mano, la piedra parece una naranja áspera y sucia. Peligrosa.
Cuando la lanza, lo que realmente arroja es todo su resentimiento e impotencia contenidos durante todos estos años.
¡BRRROOOM!
El trueno retumba justo cuando la piedra impacta inclemente en la nuca del niño. El rugido celestial llena la cueva mientras su cuerpo cae inerte.
Peter se queda paralizado, su respiración suspendida en el aire espeso.
Logra limpiarse el barro de los ojos justo a tiempo para que la luz del relámpago que acompaña al trueno le revele la silueta de Thomas tendida en el suelo. Se lanza al suelo con desesperación y se arrastra hasta su cuerpo, manchando todo el suelo con su culpabilidad. Lo toma en sus brazos en cuanto lo alcanza. Siente cómo sus manos se empapan en un líquido caliente y espeso. No necesita verlo para saber lo que es.
Lo aprieta contra su pecho, su respiración errática, los sollozos ahogados en su garganta se atropellan con las palabras y salen.
—Thomas… —Lo llama una y otra vez, suplicante, cada palabra empapada en culpa y arrepentimientos amargos y definitivos.
Los truenos lo acompañan en su himno de remordimientos mientras desea con toda su fuerza que su aliento, sus suspiros, sus mismos latidos lo abandonen y se metan en Thomas, invirtiendo sus situaciones. Los relámpagos iluminan la escena, macabra e inevitable.
Ambos están completamente inmóviles. La cara deformada de Peter parece tallada en piedra y mugre, congelada en el tiempo como una pintura grotesca tallada en los flashes de luz intermitentes que iluminan la caverna.
Pero que al mismo tiempo revelan algo más. Una higuera seca e inmensa se alza ante ellos. A sus pies, docenas de esqueletos de pequeñas alimañas. Restos mudos de crímenes mucho más antiguos. De algo más impío que lo que acaba de suceder.
El charco de sangre crece, avanzando lentamente. Inexorable.
Y la higuera espera. Lo ha hecho por décadas, imperturbable, y gracias a su paciencia ha llegado hasta este momento, donde solo importa saciar la sed que tanto la ha dominado.
En la mente de Peter, ya no existe la esperanza.
Poco a poco nota la ligereza del cuerpo del niño y cómo su calor se siente opacado por la frialdad del cuerpo de lo que alguna vez fue su amigo. Le recuerda al cachorro que su padre ahogó en un charco por tirarle su bebida. Frío e inanimado.
Nunca entendió el tiempo. Pero siempre supo que vivir tiene un precio. Pensaba que el suyo era su deformidad. Ahora comprende que era otra cosa. Era su inhumanidad.
Un humano no sería capaz de lastimar a otro como acaba de hacer con el hermano de su única amiga.
Ya no quiere seguir viviendo. No puede enfrentar la vergüenza ni la pena de su crimen.
Sabe que su tiempo, al fin, se ha terminado.
—Peter…
El susurro de su nombre llega a sus oídos, y un escalofrío recorre su espalda, como si fuera la lengua húmeda y fría de una bestia que lo prueba con un hambre impaciente.
Tiembla, y lo primero en lo que piensa es en Vivi, pero abandona la idea de inmediato. Sabe, de una forma casi primordial, que ese susurro y su amiga son cosas opuestas.
—Peter…
El susurro vuelve a sonar, y el miedo llena tanto su alma que expulsa cualquier otro sentimiento de su cuerpo. Usa el cuerpo del niño como escudo y refugia su rostro sucio y deforme en su cuello.
—Puedo ayudarte…
Lentamente, aleja su cara del cuerpo inerte y levanta su mirada, irritada y casi ciega, hacia el origen de los susurros. La oscuridad de la cueva ya no es tan impenetrable. Su visión se ha adaptado poco a poco al entorno. Y entonces la ve.
La higuera, completamente florecida, cargada de frutos, se impone ante el ambiente de muerte, llena de vida y prosperidad en sus ramas.
Para alguien normal, esa visión sería algo irrisorio, tan fuera de lugar que sería imposible de creer.
—Peter… ven… come… te puedo ayudar.
Cada fibra de su cuerpo le dice que huya. Pero, para alguien roto como él, ya no quedan opciones. Es su última chispa de esperanza para remediar todo el mal que ha hecho.
Se arrastra hacia el árbol, abandonando el cuerpo de Thomas con una delicadeza y parsimonia casi religiosa.
Su mano, sucia de crimen y fría de desesperación, toma un higo y lucha contra los temblores para no tirarlo mientras lo acerca a su boca. En cuanto lo muerde, sabe que ha cometido un error. No se siente como fruta. No se siente como ningún alimento que haya probado antes. Es salado y rancio; podrido. Se deshace en su boca como una bolsa de sangre coagulada. El ardor le quema los labios, pero, aun así, traga con dificultad. Siente cómo se adhiere a cada centímetro posible de su carne, intentando infectarla. Todo su ser rechaza sea lo que sea que ha ingerido, pero es incapaz de escupirlo. Las arcadas no se hacen esperar, el último intento del cuerpo por alejar esa cosa, pero falla, como toda esperanza ante lo inevitable.
Tose por última vez y luego, todo se sumerge en tinieblas.
Peter, al fin, no siente nada.
Puede recordar toda su vida: el momento de su nacimiento, lleno de caras sin forma pero cargadas de sorpresa y horror; su primera palabra—Perdón—mientras su padre lo golpeaba implacable en una de sus borracheras.
Aunque también recuerda cosas buenas. La primera vez que Vivi tomó su mano en uno de sus paseos por el bosque, todos y cada uno de sus saludos mañaneros cuando lo veía por primera vez en el día.
Los recuerda, pero esos momentos ya no significan nada para él. Es como si, por primera vez en su existencia, la tranquilidad fuera parte suya.
Mientras tanto, su cuerpo se endereza. Sus ojos brillan en la oscuridad como los de una bestia recién despierta. Llena, por primera vez en mucho tiempo, sus pulmones con todo el rancio ambiente que ha fermentado durante décadas.
Se acerca al cuerpo de Thomas y lo patea sin piedad desplazándolo como si fuera una muñeca de paja, dejándolo a los pies de la higuera como si fuera una más de las alimañas que han servido todo este tiempo como sacrificios para mantener su conciencia en este plano.
Los truenos parecen redobles de tambores gigantes y los relámpagos iluminan todo de forma expectante. La figura emerge de la caverna por primera vez en años y recibe las primeras gotas con complacencia. Sus besos débiles y fríos acarician y lavan su piel sucia y grotesca.
Había olvidado el mundo de las sensaciones. Bueno, eso no era del todo cierto. Lo único que había sentido todo este tiempo era hambre. Y aún ahora la siente.
Camina hasta el arroyo, acariciando en todo momento el tronco caído. Le da placer sentir su piel chocar contra la áspera corteza, al mismo tiempo que la mancha con el barro sanguinolento que lo cubre. Cuando por fin llega, se arrodilla y sus manos juguetean con el agua turbia hasta que, por fin, decide lavarse lo mejor que puede las manos y la cara.
Salta toda la envergadura del arroyo con una gracia y equilibrio nunca antes vistos en ese cuerpo y sigue camino hasta el pueblo. Sus dientes blancos resplandecen en la oscuridad, reflejando los relámpagos al ritmo de las gotas que caen y los tronidos quebradizos del cielo, que suenan con cada vez más fuerza.
En la penumbra más profunda, Peter escucha la melodía de la tormenta. Si levanta un poco su mirada, puede vislumbrar imágenes borrosas del bosque. Son como fantasmas de otra vida. Tampoco le provocan nada. Pero, aun así, unas pocas palabras escapan de su boca: "El Rey Bermellón se acerca."
Ramírez de Velasco®
*Escritor de las Termas de Río Hondo, Santiago del Estero.El cielo, cargado de nubes grises, pesa como vendas húmedas y desteñidas que amenazan con lluvia, pero no la dejan caer. Son como perros amarrados, furiosos, ladrando con ansias de morder.
Dos siluetas desiguales se mueven por el bosque, simulando el juego del gato y el ratón.Las hojas marchitas—antes verdes y vibrantes—crujen bajo los árboles desnudos, emitiendo un último lamento. Sus ramas rígidas se alzan como dedos envejecidos, testigos silenciosos del otoño y su tributo al invierno.Nadie escapa al tiempo. Nunca se escapa del tiempo que se acaba. Siempre hay un precio por nacer.
Peter, el mayor, avanza con esfuerzo mientras corre; sus piernas arden y su espalda jorobada protesta.
Persigue a Thomas como puede, pisando sonoramente el follaje seco y marchito mientras esquiva ramas que aún se aferran a los troncos.
Siempre con dificultad. Su cuerpo, al igual que su mente, es torpe y mal diseñado. Cada paso rompe el silencio ominoso del bosque.
El mayor intenta atrapar al niño, pero su cuerpo maltrecho se lo dificulta. El otro lo sabe, y por eso propone estas carreras. No le interesa ganar; lo que realmente disfruta es ver perder a su compañero.
Cada vez se adentran más en el bosque, quebrando su silencio solemne con el ruido de sus pisadas y jadeos.
El mayor evita el bosque cuando está solo. No solo porque sabe que no debe—dicen que cosas malas habitan en su interior—sino porque teme perderse. Nunca ha visto esas cosas de las que hablan. No les teme. Pero sí al bosque mismo. Siempre siente que lo observa, que, si se adentra demasiado, no lo dejará salir.
El menor, en cambio, avanza sin mirar atrás. Atrevido, imprudente, como lo es siempre. Se mueve con pasos veloces y cortos, como un animal silvestre. Libre. Esquivo.
El cansancio vence las rodillas maltrechas de Peter, haciéndole perder el equilibrio. Golpea el tronco con la cabeza. El sonido seco se ahoga en un gemido.
Silencio.
Sus tímpanos tamborilean. El dolor atraviesa su sien como un aguijón. Por primera vez, ve el bosque que lo rodea: grave, inmóvil. Como un depredador que contiene el aliento antes de atacar. Siente el viento rozar su piel, tenue como un espectro. Ve la manera en que acaricia las últimas hojas, como un amante que las lleva tiernamente a su lecho final
Sus músculos arden por la carrera, frenando cada intento de seguir adelante. Se relaja, cerrando los ojos y sintiendo el roce de la brisa espectral en su piel mojada y caliente. Pero lo que no siente es a Thomas correr.
El miedo lo invade, primero como un escalofrío, luego como hormigas furiosas que trepan por su piel y se meten en sus orificios. Siente cómo el bosque lo saborea, expectante, cómo lo consume fibra a fibra con su inmensidad, a cada segundo, a cada respiro.
Ya no le importa el dolor. Desecha su debilidad y corre con renovadas fuerzas para alcanzar al niño. Cada paso es una punzada de sufrimiento, pero las ignora. El miedo pesa más que el dolor.
Cuanto más avanza, más denso se vuelve el entorno. Los árboles se estrechan, como si le advirtieran que, si sigue, ya no habrá retorno.
Craaaack—KRAAASHHH—THUUMMM.
Un estruendo irrumpe en el bosque con una violencia inesperada. Es algo que cae, algo que se quiebra, seco y despiadado, como un hueso que cede bajo un golpe traicionero.
Peter piensa que es el cielo, pero, a lo lejos, ve la silueta de su compañero, estática, y apura con esfuerzo el paso, ignorando el ruido. Él ignora muchas cosas.
Tras unos minutos que se sienten como horas, llega junto al niño. Se dobla a su lado, desesperado por respirar.
El aire, disfrazado de alivio, entra con fría y afilada crueldad en su garganta, casi como si la cortara con su avance. Su pecho se hincha con cada respiro, casi con desespero. Sus manos sostienen el peso de su torso sobre sus rodillas débiles y desviadas.
—Mira eso.
El dedo de Thomas señala el nuevo camino que se abre ante ellos.
Un árbol anciano ha caído cortando el arroyo. Yace impotente en el suelo, resignado a su nueva función.
El niño juguetea con las ramas deformes del titán caído mientras lo observa con admiración. El tronco es ancho como dos hombres. "Padre querrá esta madera," piensa. "Será un buen viaje de padre e hijo."
Aunque, últimamente, su padre no tiene tiempo. Todo es trabajo y miedo desde que el sheriff y el mariscal se llevaron a los jóvenes en edad de luchar para reforzar las fronteras. Los bárbaros, como cada año, cruzan los límites y saquean aldeas desprotegidas en busca de comida fácil. Hay que escarmentarlos antes de que arrasen con todo.
El pequeño nunca ha disfrutado de la vida en la granja. Los cultivos, los animales sucios y desagradecidos… De cierto modo, envidia la torpeza mental de su compañero, que lo hace inadecuado siquiera para ayudar, aunque él desea más.
Quiere recorrer los rincones más recónditos de Argethya, vivir aventuras acompañado de las razas antiguas, aquellas dignas de ser contadas en tabernas abarrotadas de viajeros cansados, pero ansiosos de anécdotas iluminadas por velas gruesas y gastadas. Quiere ver los rostros brillar, escuchar los aplausos y los vítores mientras celebran sus hazañas con palmadas en la espalda y brindis ruidosos y húmedos.
—No…
La palabra raspa el aire, áspera, grotesca. Lo arranca de su ensoñación con tal brusquedad que se sobresalta, recordándole que sigue siendo un niño, y esa realidad transforma el miedo en disgusto.
Mira con detenimiento a su compañero. Exhausto por la carrera, el cansancio acentúa aún más su deformidad. Las ropas sucias y mojadas, remendadas hasta el límite, se le pegan a la piel. Sus ojos viscosos y desiguales permanecen cerrados, buscando renovar el aliento. Su boca desencajada, con saliva blanca y espesa cubriéndole la comisura de los labios con un brillo malsano, completa lo feo de su ser.
Peter abre los ojos y encuentra la mirada acusadora y discriminatoria de Thomas. La misma que ve cada día en la demás gente de la aldea. Y reconoce demasiado bien las intenciones ocultas tras esa sonrisa maliciosa, que se va dibujando poco a poco en el rostro de su acompañante. Es idéntica a la de su padre cuando bebe.
Lo ve subirse al tronco caído con la seguridad de un acróbata. Su cuerpo recto y ágil avanza con pasos ligeros, cada movimiento medido, casi bailando sobre la madera. El arroyo murmura debajo de él; el agua turbia, contaminada por los desperdicios de las minas de los Drøsknir, enturbia aún más el reflejo del cielo enfermo y cargado.
—Nunca llegamos hasta aquí. Te daba miedo resbalar —dice con tono casual mientras apunta al arroyo poco profundo pero traicionero. Aunque el brillo de su mirada tiene tintes más maquiavélicos—. Ahora podemos juntar piedra caliza; Walter, el herrero, me dijo que me daría un premio si le llevaba.
Su interlocutor lo observa con los ojos vidriosos y la mandíbula tensa. Envidia la claridad de sus palabras, las ideas ordenadas que se generan en su cabeza, la fluidez de su cuerpo al moverse, la belleza juvenil que él nunca tuvo.
Su joroba palpita, recordándole lo que es.
—No… yo caer…
Su voz es apenas un hilo roto de resistencia.
Cansado, dolorido, siente el calor de la carrera desvanecerse, dejando sus músculos fríos y entumecidos. Siente una vergüenza repentina por todo lo que representa su ser.
Thomas baja del tronco con un salto y pisa tierra firme, ignorando las negativas.
—Si no vienes, te voy a dejar solo en el bosque. —Su tono es amigable, pero el dejo de amenaza es contundente.
Peter gira hacia la espesura y las palabras lo golpean como una sentencia:
"Maldigo el día en que no me dejaron abandonarte en el bosque para que te comieran."
El recuerdo de su padre lo envuelve. Su voz áspera, cargada de desprecio, resuena en su cabeza como el batir de las alas de docenas de palomas hediondas y molestas. Incluso puede sentir el olor penetrante del alcohol que siempre lo acompaña.
Tembloroso y derrotado, comienza a trepar el tronco. Se aferra con desesperación a las ramas gruesas, cortándose con las astillas mientras su cuerpo asciende con esfuerzo hasta quedar de pie sobre la madera. Su postura es endeble, lista para la desgracia.
Siente como si un público colérico lo observara con impaciencia, haciendo que dar un paso sea aún más difícil.
La lentitud de su compañero hace mella en la paciencia del niño y despierta la crueldad innata de la infancia, dejando que los pensamientos intrusivos ganen terreno en él. Recoge piedras del suelo y empieza a lanzarlas contra Peter.
—Para. Yo caer. Yo mojar. Para. —El pánico en su voz es palpable. Las piedras caen. Algunas lo rozan peligrosamente; otras golpean el tronco con sonidos secos. Cuando caen en el arroyo, su chapoteo se convierte en un aplauso burlón que casi parece celebrar las crueles intenciones.
—Piti, Piti, Piti. Ven, Piti. —Pronuncia las palabras con una melodía burlona y cruel, como si llamara a un cachorro frágil e inocente hacia una trampa.
—Para. Vivi. Yo decir a Vivi. —Pronuncia el nombre de su única esperanza casi de forma instintiva, como si todo esto ya fuera una rutina.
El nombre de su hermana detiene la mano del niño en el aire. La ama con locura. Es la única que realmente lo conoce, la única que ve su lado travieso, casi cruel. Sus padres siempre lo idealizan; para ellos, él es perfecto. O al menos debe intentarlo.
Thomas aprieta la piedra con la fuerza propia del resentimiento. Ya antes lo había descubierto haciéndole travesuras y sabe lo que pasará si vuelve a enterarse. La frialdad. La ausencia de amor. Las armas de su hermana.
Krch-krch.
El sonido sobresalta a ambos, dejándolos paralizados en su lugar, conteniendo el aliento al unísono.
De entre la maleza aparece un conejo negro. Su pelaje parece tallado desde la misma oscuridad, y sus ojos brillan como dos brasas solitarias en medio de las sombras. Su respiración es sutil, sin atisbos de temor. Su mirada refleja cierta inteligencia mientras los observa.
Peter siente un escalofrío recorrerle la espalda arqueada. No entiende por qué, pero algo en la manera en que el animal los mira le provoca un miedo sordo, casi instintivo. El niño, en cambio, se inclina para verlo con más detenimiento; es grande y gordo. Su corazón late más rápido, pero no por miedo. El hambre crece con cada segundo que lo admira.
El antojo por estofado le llena las entrañas con un vacío cálido y doloroso. Imagina la ronda de elogios que le esperan en casa si logra cazarlo. Su padre ama verlo hacer cosas de hombre, siente orgullo en sus palabras en las pocas ocasiones en que supera sus expectativas. Su boca se hace agua al pensar en el sazón de su madre y en la textura única del pan que amasa su hermana, caliente y empapado de estofado.
Sumergido otra vez en sus fantasías, suelta sin darse cuenta una de las piedras que, aunque no hace mucho ruido al caer, hace el suficiente.
El conejo mueve apenas la cabeza, dubitativo, y sale despedido sin previo aviso.
Thomas se lanza tras su presa, olvidándose de su compañero. Esquiva los obstáculos mientras hunde la punta de los pies en la tierra húmeda para impulsarse aún más. Cada vez que el conejo cambia de dirección, él ajusta su movimiento con precisión y ligereza.
El bosque es un testigo mudo de toda la persecución.
El animal se pierde de vista, como devorado por las sombras frente a la formación rocosa. El niño frena, casi cayendo, frente a las raíces desgarradas del tronco caído. Desde lejos no podría notarse, pero estando frente a ellas puede ver la entrada a una caverna con total claridad.
Es casi como si el camino hubiera sido cavado a propósito detrás del árbol para ocultarlo lo máximo posible de miradas indiscretas. Curioso e inseguro, tantea el suelo en bajada con pisotones cortos y fuertes, asegurándose de que es seguro descender. Cuando mira hacia la negrura, ve los ojos de su presa, febriles, con un tono de desafío y burla.
Las dudas lo abrazan y lo retienen de tomar una decisión. Voltea a ver a su compañero, inmóvil sobre el tronco: una gárgola grotesca de carne que tiembla en silencio. Sabe que no encontrará en él el valor para entrar.
Vuelve a mirar la caverna. Su iluminación tenue destila una falsa sensación de seguridad. Busca una excusa para no hacerlo, escrutando las sombras, pero solo encuentra una cosa: esos dos puntos rojos. Los siente fijos en los suyos. Retándolo para que lo atrape.
En su mente, la imagen del estofado caliente y apetitoso le hace agua la boca. Traga saliva y se adentra en las sombras en busca de su presa.
Peter lo ve desaparecer de una forma lenta y dolorosa, llena de impotencia y miedo. Siente cómo toda la situación lo supera, por un lado, su miedo y dolor y, por el otro, la seguridad del niño. La presión se siente en su cuerpo como si estuviera atrapado en arenas movedizas hasta el cuello, amenazando segundo a segundo con hundirlo hasta el fondo sin que pueda hacer nada para evitarlo.
Vivi le permite jugar con él porque, supuestamente, lo está cuidando o al menos eso es lo que quiere creer. No soportaría decepcionarla; es la única que lo trata con decencia en la aldea. Crecieron juntos, aunque solo ella creció.
No podría mirarla a los ojos si algo le pasara a su hermanito y, al mismo tiempo, no entendería un mundo sin la sutil caricia de su bondad en su día a día. Una vida sin la luz de sus ojos marrones, sin la calidez de cada sonrisa que le dedica cada mañana cuando lo ve, no sería una que quisiera vivir.
Peter lanza una mirada al bosque que lo rodea. Su alma teme y su cuerpo duele, pero su amor por su amiga lo empuja hacia adelante. Avanza sobre el árbol caído, poco a poco, temblando, resbalando hasta casi caer, pero con determinación firme.
Las nubes en su cabeza ennegrecen, relámpagos mudos estallan en chispazos, iluminándolas y dándoles un aire peligroso y de presagio.
Arrastra los pies un último trecho y salta a tierra firme; en cuanto sus talones tocan el suelo, un dolor lacerante recorre su cuerpo de punta a punta, concentrándose más en su cadera torcida. A pesar de todo, se obliga a ir hasta el punto donde perdió de vista al niño.
El panorama lo envuelve con una inquietud que roza lo sobrenatural. Cada fibra de su cuerpo le hace sentir que está metiéndose en el lugar equivocado. Pero se concentra en su objetivo y trata de encontrar a su amigo.
Se inclina hacia la entrada de la caverna y, cuando sus manos tocan las raíces del árbol, se sobresalta y las examina unos segundos. Parecen roídas, como si algo las hubiera ido debilitando con el tiempo; le recuerdan a los costales de harina que atacan los ratones.
La desconfianza lo llena aún más y llama al niño.
—¿Thomas? —Su voz es un susurro suplicante.
La cavidad oscura y lúgubre solo le devuelve silencio como respuesta.
Mientras se adentra poco a poco por el camino inclinado, con las piernas cruzadas y temblorosas, la voz de su padre vuelve a tronar en su mente con más fuerza, haciéndole perder el poco equilibrio que tiene.
La caída es brutal. Siente cómo el bosque finalmente, lo engulle, y la pura desesperación se apropia de todo su ser mientras rueda sin control, haciendo que se orine en los pantalones sin poder evitarlo. Un dolor sordo recorre su espalda maltrecha como si fuera una aguja que se moviera por toda su carne mientras gira, hasta terminar encogido en el suelo, como un desperdicio humano arrojado al abismo.
El agotamiento lo abraza con fuerzas renovadas, como si quisiera tumbarlo permanentemente en el suelo y darle el mismo destino que al árbol caído cerca suyo.
Se pone de rodillas como puede y comienza a toser descontroladamente mientras trata de aclarar su visión y mente por igual.
El aire es denso, contaminado. Llena sus pulmones con algo espeso, algo que no logra identificar. El barro cubre su cara. El polvo se levanta del suelo cercano con cada jadeo, oscureciendo aún más su vista.
Y entonces, lo siente.
Una mano fría levanta su ropa y deja algo dentro, acompañado de una risita burlona, casi sobrenatural, que resuena en la cueva. Primero, la sensación es de cosquilleo en su espalda, pero luego, un ardor punzante quema su carne cuando el insecto empieza a picarle. Se revuelca en el suelo, presa del pánico de toda la situación, ensuciándose aún más.
Los ecos de la risa socarrona del niño llenan toda la caverna, orgulloso de la broma que le ha jugado a su supuesto salvador.
Pero esta vez, algo se rompe dentro de Peter. Ya no le queda espacio para más humillaciones por parte de nadie. La furia lo invade como una gripe febril, calentándole el cuerpo y enturbiando su mente.
Un grito gutural irrumpe desde lo más profundo de su pecho, haciendo sobresaltar a Thomas, que se congela bajo el refugio de la penumbra. Jamás lo había visto así. Siempre había sido la víctima perfecta. Alguien incapaz de defenderse o atacarle.
El miedo que lo domina irremediablemente hace que, por primera vez, lo vea como lo que realmente es: un hombre adulto.
Peter chilla y patalea como un bebé enorme y deforme. Su silueta oscura y errática, iluminada tenuemente por la luz que viene de la entrada, se mueve de un lado a otro, inmensa y peligrosa ante los ojos del niño, que debe hacer todo lo posible para no largarse a llorar.
Lo observa con horror cuando lo ve agacharse y tomar algo del suelo. Corre por instinto. Sabe que él no puede alcanzarlo.
El jorobado siente los pasos apresurados del niño alejándose de él.
Su rabia lo ciega y grita: —¡THOMAS! —Su voz resuena en la cueva, grave, rota.
Sus dedos emblanquecen mientras sujetan la roca con una fuerza que nunca antes había sentido. En su mano, la piedra parece una naranja áspera y sucia. Peligrosa.
Cuando la lanza, lo que realmente arroja es todo su resentimiento e impotencia contenidos durante todos estos años.
¡BRRROOOM!
El trueno retumba justo cuando la piedra impacta inclemente en la nuca del niño. El rugido celestial llena la cueva mientras su cuerpo cae inerte.
Peter se queda paralizado, su respiración suspendida en el aire espeso.
Logra limpiarse el barro de los ojos justo a tiempo para que la luz del relámpago que acompaña al trueno le revele la silueta de Thomas tendida en el suelo. Se lanza al suelo con desesperación y se arrastra hasta su cuerpo, manchando todo el suelo con su culpabilidad. Lo toma en sus brazos en cuanto lo alcanza. Siente cómo sus manos se empapan en un líquido caliente y espeso. No necesita verlo para saber lo que es.
Lo aprieta contra su pecho, su respiración errática, los sollozos ahogados en su garganta se atropellan con las palabras y salen.
—Thomas… —Lo llama una y otra vez, suplicante, cada palabra empapada en culpa y arrepentimientos amargos y definitivos.
Los truenos lo acompañan en su himno de remordimientos mientras desea con toda su fuerza que su aliento, sus suspiros, sus mismos latidos lo abandonen y se metan en Thomas, invirtiendo sus situaciones. Los relámpagos iluminan la escena, macabra e inevitable.
Ambos están completamente inmóviles. La cara deformada de Peter parece tallada en piedra y mugre, congelada en el tiempo como una pintura grotesca tallada en los flashes de luz intermitentes que iluminan la caverna.
Pero que al mismo tiempo revelan algo más. Una higuera seca e inmensa se alza ante ellos. A sus pies, docenas de esqueletos de pequeñas alimañas. Restos mudos de crímenes mucho más antiguos. De algo más impío que lo que acaba de suceder.
El charco de sangre crece, avanzando lentamente. Inexorable.
Y la higuera espera. Lo ha hecho por décadas, imperturbable, y gracias a su paciencia ha llegado hasta este momento, donde solo importa saciar la sed que tanto la ha dominado.
En la mente de Peter, ya no existe la esperanza.
Poco a poco nota la ligereza del cuerpo del niño y cómo su calor se siente opacado por la frialdad del cuerpo de lo que alguna vez fue su amigo. Le recuerda al cachorro que su padre ahogó en un charco por tirarle su bebida. Frío e inanimado.
Nunca entendió el tiempo. Pero siempre supo que vivir tiene un precio. Pensaba que el suyo era su deformidad. Ahora comprende que era otra cosa. Era su inhumanidad.
Un humano no sería capaz de lastimar a otro como acaba de hacer con el hermano de su única amiga.
Ya no quiere seguir viviendo. No puede enfrentar la vergüenza ni la pena de su crimen.
Sabe que su tiempo, al fin, se ha terminado.
—Peter…
El susurro de su nombre llega a sus oídos, y un escalofrío recorre su espalda, como si fuera la lengua húmeda y fría de una bestia que lo prueba con un hambre impaciente.
Tiembla, y lo primero en lo que piensa es en Vivi, pero abandona la idea de inmediato. Sabe, de una forma casi primordial, que ese susurro y su amiga son cosas opuestas.
—Peter…
El susurro vuelve a sonar, y el miedo llena tanto su alma que expulsa cualquier otro sentimiento de su cuerpo. Usa el cuerpo del niño como escudo y refugia su rostro sucio y deforme en su cuello.
—Puedo ayudarte…
Lentamente, aleja su cara del cuerpo inerte y levanta su mirada, irritada y casi ciega, hacia el origen de los susurros. La oscuridad de la cueva ya no es tan impenetrable. Su visión se ha adaptado poco a poco al entorno. Y entonces la ve.
La higuera, completamente florecida, cargada de frutos, se impone ante el ambiente de muerte, llena de vida y prosperidad en sus ramas.
Para alguien normal, esa visión sería algo irrisorio, tan fuera de lugar que sería imposible de creer.
—Peter… ven… come… te puedo ayudar.
Cada fibra de su cuerpo le dice que huya. Pero, para alguien roto como él, ya no quedan opciones. Es su última chispa de esperanza para remediar todo el mal que ha hecho.
Se arrastra hacia el árbol, abandonando el cuerpo de Thomas con una delicadeza y parsimonia casi religiosa.
Su mano, sucia de crimen y fría de desesperación, toma un higo y lucha contra los temblores para no tirarlo mientras lo acerca a su boca. En cuanto lo muerde, sabe que ha cometido un error. No se siente como fruta. No se siente como ningún alimento que haya probado antes. Es salado y rancio; podrido. Se deshace en su boca como una bolsa de sangre coagulada. El ardor le quema los labios, pero, aun así, traga con dificultad. Siente cómo se adhiere a cada centímetro posible de su carne, intentando infectarla. Todo su ser rechaza sea lo que sea que ha ingerido, pero es incapaz de escupirlo. Las arcadas no se hacen esperar, el último intento del cuerpo por alejar esa cosa, pero falla, como toda esperanza ante lo inevitable.
Tose por última vez y luego, todo se sumerge en tinieblas.
Peter, al fin, no siente nada.
Puede recordar toda su vida: el momento de su nacimiento, lleno de caras sin forma pero cargadas de sorpresa y horror; su primera palabra—Perdón—mientras su padre lo golpeaba implacable en una de sus borracheras.
Aunque también recuerda cosas buenas. La primera vez que Vivi tomó su mano en uno de sus paseos por el bosque, todos y cada uno de sus saludos mañaneros cuando lo veía por primera vez en el día.
Los recuerda, pero esos momentos ya no significan nada para él. Es como si, por primera vez en su existencia, la tranquilidad fuera parte suya.
Mientras tanto, su cuerpo se endereza. Sus ojos brillan en la oscuridad como los de una bestia recién despierta. Llena, por primera vez en mucho tiempo, sus pulmones con todo el rancio ambiente que ha fermentado durante décadas.
Se acerca al cuerpo de Thomas y lo patea sin piedad desplazándolo como si fuera una muñeca de paja, dejándolo a los pies de la higuera como si fuera una más de las alimañas que han servido todo este tiempo como sacrificios para mantener su conciencia en este plano.
Los truenos parecen redobles de tambores gigantes y los relámpagos iluminan todo de forma expectante. La figura emerge de la caverna por primera vez en años y recibe las primeras gotas con complacencia. Sus besos débiles y fríos acarician y lavan su piel sucia y grotesca.
Había olvidado el mundo de las sensaciones. Bueno, eso no era del todo cierto. Lo único que había sentido todo este tiempo era hambre. Y aún ahora la siente.
Camina hasta el arroyo, acariciando en todo momento el tronco caído. Le da placer sentir su piel chocar contra la áspera corteza, al mismo tiempo que la mancha con el barro sanguinolento que lo cubre. Cuando por fin llega, se arrodilla y sus manos juguetean con el agua turbia hasta que, por fin, decide lavarse lo mejor que puede las manos y la cara.
Salta toda la envergadura del arroyo con una gracia y equilibrio nunca antes vistos en ese cuerpo y sigue camino hasta el pueblo. Sus dientes blancos resplandecen en la oscuridad, reflejando los relámpagos al ritmo de las gotas que caen y los tronidos quebradizos del cielo, que suenan con cada vez más fuerza.
En la penumbra más profunda, Peter escucha la melodía de la tormenta. Si levanta un poco su mirada, puede vislumbrar imágenes borrosas del bosque. Son como fantasmas de otra vida. Tampoco le provocan nada. Pero, aun así, unas pocas palabras escapan de su boca: "El Rey Bermellón se acerca."
Ramírez de Velasco®
Contacto: banegasjoseluis07@gmail.com



Muy bueno, atrapante.
ResponderEliminar