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INFANCIA El dulce, dulce de moras

Como su figura lo indica, son moras

Uno de los miedos que poblaron la infancia, el de la cárcel por haber robado algo, pero al final no era robo

Esa lejana tarde mi madre me pidió que la acompañara al fondo de una casa que alquilábamos en un pequeño pueblo. Debía tenerle la silla para que se trepara a la tapia y cortara moras de un árbol del vecino porque quería hacer dulce. Mientras las iba poniendo en una fuente le pregunté qué haríamos si el vecino se enojaba”. "Nada”, respondió “nos meten presos a los dos y listo”.
Son esas naderías que dicen los padres a los hijos, sin darse cuenta de lo que hacen. Aquello me causó una gran impresión. Estábamos en peligro. En cualquier momento llegaría la policía a llevarnos y quién sabe qué castigos nos darían, pensaba por una parte. Pero por la otra me tranquilizaba al verla en la cocina, despreocupada, feliz, contenta, revolviendo el dulce con una cuchara de madera. En ese tiempo de pequeñas desdichas, felices días y monstruosas noches, pensé que quizás no le importaba pasar algunos años presa por cortar moras.
Muchos años después supe que cualquiera tiene perfecto derecho a cortar los frutos del árbol del vecino que se escapan de su tapia hacia la suya. Pero entonces, primer grado de la escuela, esos detalles del Código Civil me eran totalmente ajenos. No la culpo porque, sin querer, me mostró que allá afuera andaba agazapado el mundo y que la vida a la vuelta de la esquina podía no ser tan grata como en la propia casa. Como dicen ahora, fue el primer baño de realidad propinado por mi infancia.
De todas maneras no probé aquel dulce. Creía que si no lo comía mi pena sería ser más leve en una eventual redada de la policía, buscando a los ladrones de moras. No quedé con ganas de comerlo sino con algo de aprensión, como si tuviera algo no permitido. Y lo que son las cosas, hasta la fecha jamás he comido dulce o mermelada de moras. Algunas veces, cuando he pasado por debajo de una morera, he estirado la mano para alcanzarlas y en ocasiones he comido una que otra para comprobar que tienen un dulzor especialmente sabroso, son riquísimas. 
Pero siguen siendo el fruto del árbol prohibido, másque cualquier otro en el mundo.

Lea aquí la leyenda del pala pala pulpero

No voy a decir que toda mi vida anduve esquivando el dulce pues tampoco es que lo ofrecen en todas las esquinas. No es un común, al menos entre nosotros, en Santiago. Hasta es posible que alguna vez lo haya comido sin darme cuenta, sin pensar, untando las tostadas o las galletitas del desayuno, no tengo un paladar tan exquisito como para darme cuenta de lo que estoy comiendo y puedo confundir Cocacola con Fanta pues, si me preguntan no sé muy bien sus diferencias. Y si no me preguntan tampoco.
Por eso, si las notas en este blog sirvieran o sirviesen para algo, que esta tenga por fin avisarles a los lectores que ya es hora, es decir, estoy dispuesto a aceptar gustoso el regalo de un frasco de dulce o mermelada de moras o de cualquier otra fruta, sin importar marca, fabricante, lugar de elaboración o fecha de vencimiento. A vuelta de correo, recibirán un reconocimiento.
¡Muchas gracias!
Juan Manuel Aragón
A 23 de junio del 2024, en finca La Merced. Salando la carne.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Uy... y yo que estoy haciendo mermelada de naranjas, porque hay abundancia ahora. Qué macana..!!
    Te la perdiste.

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