![]() |
| Ilustración |
Una salida a ciegas deriva en naufragio silencioso, celulares, mensajes y un desquite final inesperado
No deja de jugar con su celular, en ese bar de la calle Roca. Recuerdas a la Celestina que arregló la cita a ciegas, creía que andabas solo y necesitando empezar una relación. De tanto insistir con que tiene una chica ideal para vos, la curiosidad mata al gato y terminas aceptando.¿Ha visto lo difícil que es remar la primera cita cuando la charla no arranca? Preguntas: “¿Vas a los festivales de música folklórica?”. Deja de mirar su teléfono por un momento y responde: “Algo, pero no me enloquece”. Sigues con otra jugada clásica: “¿Qué estás leyendo?” Avisa: “No soy de leer, me gusta ver tele”.
Está buena la morocha, lástima que mire tanto la pantalla del telefonito. Largas una especie de chiste malo: “Mirá si entre vos y yo algún día pasa algo y dentro de un tiempo nos acordamos de esta noche mientras nos reímos a las carcajadas”. Entonces se sorprende: “No te entiendo, hablas con palabras difíciles”. Buscas con la mirada una idea para zafar del iceberg que está llevando la noche a un destino de Titanic. Y sigues flotando en dulce de leche, no queda otra.
Usas cualquier excusa para hablar de algo: el mozo que se equivoca al traer un vino de otra marca, un conocido que se sienta en la mesa vecina, el aroma que llega de la cocina. Y sigues en la regata, remando a más no poder. Miras para todos lados, capaz que sos parte de una cámara sorpresa: de repente alguien vendrá a decir que era una broma.
Sigue mandando mensajitos, ahora en forma alevosa. Comentas que la carne del bife tiene mucha grasa. “¿Ah, sí?”, se hace la sorprendida. Alcanzas a ver que chatea por Facebook. Entonces tienes una idea salvadora.
“Voy al tualet un momentito y vuelvo”, avisas, ella asiente casi sin mirarte. Encaras para el otro lado y sales rápidamente del bar. Vas hacia donde está la moto. Arrancas. Pones primera, te mandas a mudar a toda velocidad. Te detienes a varias cuadras de ahí, feliz. Tomas una foto de tu rostro con el celular. Le mandas un WhatsApp como para que te entienda: “Puedes pagar con QR”. Al apearte en tu casa, refulge un mensaje en el aparato. Qué dirá ahora, te ríes pensando en que debe estar desesperada o muy enojada. Mandó una foto, está con un tipo. Sonríen ambos. “Juego con desquite no hay calentura”, dice.
Ya no remas.
Tampoco puedes dormir.
Juan Manuel Aragón
A 18 de marzo del 2026, en Antajé. Visitando a Humberto.
Ramírez de Velasco®
Usas cualquier excusa para hablar de algo: el mozo que se equivoca al traer un vino de otra marca, un conocido que se sienta en la mesa vecina, el aroma que llega de la cocina. Y sigues en la regata, remando a más no poder. Miras para todos lados, capaz que sos parte de una cámara sorpresa: de repente alguien vendrá a decir que era una broma.
Sigue mandando mensajitos, ahora en forma alevosa. Comentas que la carne del bife tiene mucha grasa. “¿Ah, sí?”, se hace la sorprendida. Alcanzas a ver que chatea por Facebook. Entonces tienes una idea salvadora.
“Voy al tualet un momentito y vuelvo”, avisas, ella asiente casi sin mirarte. Encaras para el otro lado y sales rápidamente del bar. Vas hacia donde está la moto. Arrancas. Pones primera, te mandas a mudar a toda velocidad. Te detienes a varias cuadras de ahí, feliz. Tomas una foto de tu rostro con el celular. Le mandas un WhatsApp como para que te entienda: “Puedes pagar con QR”. Al apearte en tu casa, refulge un mensaje en el aparato. Qué dirá ahora, te ríes pensando en que debe estar desesperada o muy enojada. Mandó una foto, está con un tipo. Sonríen ambos. “Juego con desquite no hay calentura”, dice.
Ya no remas.
Tampoco puedes dormir.
Juan Manuel Aragón
A 18 de marzo del 2026, en Antajé. Visitando a Humberto.
Ramírez de Velasco®
.jpg)

Comentarios
Publicar un comentario