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1986 ALMANAQUE MUNDIAL Sinagoga

Juan Pablo II en la Gran Sinagoga

El 13 de abril de 1986 Juan Pablo II visita la Gran Sinagoga de Roma, primera vez que un pontífice entra un templo judío desde San Pedro

El 13 de abril de 1986 el Papa Juan Pablo II visitó la Gran Sinagoga de Roma. El gesto marcó la primera entrada registrada de un pontífice a un templo judío desde los tiempos de san Pedro. Allí abrazó al gran rabino Elio Toaff, llamó a los judíos “nuestros hermanos mayores”, condenó el antisemitismo y las persecuciones pasadas. En ese acto reafirmó los lazos espirituales entre judaísmo y cristianismo a la luz de la declaración conciliar Nostra Aetate. Además, consolidó un acercamiento iniciado con Juan XXIII.
La Gran Sinagoga de Roma, situada a orillas del Tíber en el antiguo gueto, se erige como el principal templo judío de la ciudad, inaugurado en 1904. Apenas tres kilómetros separan su cúpula del Vaticano, distancia física que contrastaba con siglos de distancia simbólica entre las dos comunidades.
Aquella tarde de primavera romana, bajo una lluvia fina, Juan Pablo II llegó al templo acompañado de una delegación vaticana. Lo recibió el gran rabino Elio Toaff junto a las autoridades de la comunidad judía romana, una de las más antiguas de Europa, cuya presencia en la ciudad se remonta al siglo II antes de Cristo.
Al ingresar, el pontífice polaco avanzó hacia el rabino y ambos se fundieron en un prolongado abrazo que quedó inmortalizado en las imágenes del encuentro. Dentro del templo, unas mil personas presenciaron el acto, mientras centenares más aguardaban en el exterior.
En su discurso, pronunciado desde el púlpito de la sinagoga, Juan Pablo II recordó el legado de Juan XXIII, quien años antes había detenido su automóvil frente al templo para bendecir a los fieles judíos que salían de la oración. “Quisiera recoger su herencia en este momento, en el que me encuentro no ya en el exterior, sino, gracias a vuestra generosa hospitalidad, en el interior de la Sinagoga de Roma”, afirmó.
El papa subrayó el vínculo indisoluble entre las dos religiones. Destacó que el judaísmo “no es para nosotros algo extrínseco, sino que en cierto modo nos es intrínseco” y que los cristianos reconocen en los judíos “a nuestros hermanos mayores en la fe”. Citó textos del Antiguo Testamento y recordó que ambos pueblos son depositarios de la misma ética de los Diez Mandamientos.
Juan Pablo II condenó expresamente “el odio, las persecuciones y las manifestaciones de antisemitismo dirigidas contra los judíos en cualquier momento y por cualquier persona”. Se refirió a los actos de discriminación y limitaciones de la libertad religiosa como “gravemente deplorables” y expresó el pesar de la Iglesia por episodios dolorosos de la historia.
La visita se produjo entre la Pascua cristiana y la Pascua judía, un momento simbólico que acentuó el carácter fraterno del encuentro. El pontífice evocó la Shoá y reafirmó el compromiso de la Iglesia católica contra toda forma de antisemitismo, en continuidad con las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
Las autoridades judías destacaron la importancia del gesto. El rabino Toaff y los representantes de la Unión de Comunidades Judías Italianas valoraron la ocasión como un hito en el diálogo interreligioso. La comunidad romana, que había sufrido deportaciones durante la ocupación nazi en 1943, vivió el momento con profunda emoción.
El acto concluyó con la recitación conjunta de salmos. Juan Pablo II citó en hebreo y en italiano los primeros versículos del Salmo 118: “Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia”, sellando una jornada que abrió un nuevo capítulo en las relaciones entre la Iglesia católica y el pueblo judío.
Ramírez de Velasco®

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