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| Imagen de ilustración nomás |
El anillo vendido y su recuerdo en gramos cubren una cuenta íntima que se resuelve lejos de toda solemnidad
Aquella tarde era la primera que me sentía soltero después de tanto tiempo. Había dejado con aquella mujer con la que pensaba quedarme hasta el final de mis días y, pasadas las primeras zozobras sentimentales, me sentí formalmente libre de ir y venir, andar por donde quisiera, acostarme a cualquier hora, comer lo que se me antojara y no dar cuenta de mi vida a nadie.No fue fácil acostumbrarme a la idea de que, en adelante y por lo menos por un buen tiempo, tendría a mi mochila azul y mi motocicleta como únicas acompañantes. Fui caminando al centro, me detuve un par de veces a mirar vidrieras. En la heladería pedí uno grande de crema rusa y sabayón y, mirando la nada, me puse a pensar en asuntos intrascendentes.De repente, mirando mi mano, me sobresalté, ¡tenía el anillo puesto! Terminé el cucurucho y sin disimulo saqué la sortija y la guardé en el bolsillo. ¿Qué voy a hacer con eso? me pregunté. Primero me dije que lo guardaría de recuerdo, pero luego urdí un plan. De la heladería fui a una joyería, presenté la alhaja y pregunté cuánto me darían. Era mucho menos de lo que había pagado. Salí con la plata en el bolsillo pensando en el pobre tipo a quien le fundirían el oro para otra alianza. Quizás tuviera más suerte.
Puse el dinero en un sobre, regresé y le pedí al hombre que lo pesara. Anoté la cifra en otro papel. En esos pocos gramos de diferencia entre uno y otro cabía el afecto.
Mucho tiempo anduve con ese número en la cabeza. Hasta que un día, dispuesto a olvidarme de aquel recuerdo, leí en alguna parte que también hay una insoportable levedad en el cariño.
El precio que me pagaron sirvió para comprar un par de horas de amor con una prostituta a quien no conté mis cuitas. Le mentí no sé qué cosa.
Mi bolsillo estaba más vacío.
Juan Manuel Aragón
Domingo 3 de mayo del 2026, en Sirocco. Tomando soda.
Ramírez de Velasco®


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