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Canto a Formosa

Ilustración

Humberto Vargas

Tierra mía generosa,
mi Formosa,
pura sangre de tanino.
¡qué lejana me pareces esta noche,
desde el fondo melancólico del vino.!
Como espectros desbocados,
cabalgando
sobre el vértigo infinito de los sueños,
inconscientes, desasidos,
mis recuerdos"
¡Oh, fantasmas fugitivos,
duendes míos!.
Hoy regresan desterrados,
de los mágicos y oscuros laberintos
del pasado.
A la luz del sol que abrasa,
por las altas
latitudes del verano,
voy surcando tus bañados,
tus ciudades,
tus poblados,
tus extensos palmerales,
tus llanuras y tus montes
prolongados.
Y a la vera de un espejo
muy añejo,
Paraguay, río secular,
te levantas orgullosa,
mi Formosa,
Capital.
Veo tus calles arboladas
y tranquilas;
tus casitas escondidas
tras la fronda perfumada
de chivatos, de eucaliptos, de lapachos
y el obeso y señorial palo borracho!
¡Cuánto tiempo transcurrido
desde aquella vez primera,
que corrí tus viejas calles
sin asfalto,
ni veredas.!
Tiempo lindo
de niñez con Reyes Magos,
de la pelota de trapo
en el baldío.
Tiempo lindo
del candor de la vecina,
de jugar a las bolitas en la esquina;
de la mancha, la rayuela,
de las siestas clandestinas
por el bajo, hasta el arroyo.
Y el enojo de mi abuela.
Tiempo lindo
de mi casa añosa, humilde,
con sus muros amarillos;
la glorieta de jazmines
y el aljibe,
coronando el viejo patio de ladrillos.
¡Cuántas sombras fantasmales,
cuántos mitos,
rondarán tus ventanales
desprolijos!
Cuántos duendes del pasado,
venerados,
aún contienen sus silencios y sus gritos!
Porque estás ahí, mi abuelo,
viejo amigo,
transitando la emoción de mi recuerdo,!
Y avanzando por tu ruda geografía,
como guía
de este viaje imaginario,
te descubro como eres:
tierra de hombre y mujeres
corajudos,
visionarios y tozudos;
soñadores, tiernos, fuertes,
sin dobleces;
abnegados, casi puros.
Pirané, tierra pionera,
la primera
que descubre la aventura
de alejarse de la costa,
soportando el viejo tren de trocha angosta.
Traqueteo adormilante, ruta ardiente
hacia el poniente!
Y a su vera, bajo el polvo,
cuántos pueblos que ya casi no conozco!
Ibarreta, Las Lomitas,
Pozo del Tigre, Fontana,
Bartolomé de las Casas.
Como sombras emergidas,
sobreviven al calor y la sequía.
Y en el vértice nordeste,
bajo el vientre
de esa antigua y entrañable Capital:
Asunción, la Comunera;
donde abrazan sus fronteras
Argentina y Paraguay;
sobre el verde corazón del Pilcomayo,
hoy te nombro y no desmayo,
mi Clorinda, la ciudad
que eligieron mis mayores
para hacerla mi heredad.
Hoy exalto sin pudores
a tu pueblo; su entereza y su pujanza.
Y perdón, si esta semblanza
va teñida de favores!
Noble tierra,
dura, tórrida y bravía.
¡Cuántas veces la sequía!
¡Cuántas veces la temida inundación!
Y aquí estás, con tu algodón,
tus haciendas, tus obrajes.
¡Con tu gente y su coraje
desafiando la increíble adversidad.!
Viejo hermano formoseño,
cuántos sueños
la inclemencia te ha frustrado.
Pero sigues trabajando,
duro, estoico, indeclinable;
catedrático del hambre,
doctorado en sufrimiento.
Porque esperas, siempre esperas,
que los frutos de la tierra
palmo a palmo conseguidos,
te rediman del olvido,
del dolor y la pobreza
Tierra mía de leyenda,
por mis venas
corre el fuego de tu estío.
Tengo lunas de tus noches apacibles
sobre el río.
Y en el alma, sangre adentro,
los ancestros
de la raza milenaria confundidos.
Ellos vienen de mi infancia,
viejos parias
que vagaban por tus calles silenciosas;
que aún remontan
insondables madrugadas azarosas.
¡Qué milagro salvará su desventura,
caminantes legendarios de Formosa!
Cómo pájaros de espanto,
van llevando
su enigmática nostalgia de regreso.
Viejos dueños de la tierra,
ya perdieron, hace tiempo,
la carrera
con la muerte y el progreso.
Pilagás, Tobas, Matacos,
mis hermanos
de la costa y la llanura.
Hoy los veo refugiarse en la espesura,
perseguidos o proscriptos,
por los mitos
de su incuria, su crueldad o su pavura.
Nobles hijos de la selva,
aún conservan,
tras la indomable rebeldía de la raza.
Pero ahora hay en sus ojos,
tristes, oscos,
un aciago resplandor de lejanías.
Porque sienten, desde el fondo de sus cuencas,
que se acercan
al ocaso inexorable de sus días!
-Tras qué brumas de silencio,
se perdieron
tus caciques legendarios!
Ya Naineck duerme en el tiempo,
viejos sueños
de malones y cautivas.
Tus antiguas correrías
por los ranchos y los pueblos asolados,
con piadoso conformismo
duermen hoy en el pasado.
Y tu nombre aborrecido,
indio , hermano,
es apenas pronunciado.
Pobre raza sometida,
que ha perdido la partida
con el blanco.
Que en Yunká selló su suerte
con la muerte
y el espanto.
Ya no tienes, hijo hidalgo de la tierra,
ni la guerra,
que redima tu coraje y tu bravura;
ni la paz,
cuando tus muertos ya no tienen sepultura.
Porque el blanco, hermano tuyo,
sabio, justo,
racional, inteligente, superior,
amparado en su poder y tu desidia,
se arrogó tu protección.
Paladín de la justicia,
hecho a imagen del Señor.
este hombre iluminado,
desde oscuras oficinas
administra tu futuro. Y hace leyes
por tu bien y a su medida,
con eclécticas razones.
¡Confinándote en inmundas reducciones!
Pero siento que no está lejano el día,
que la unión entre los hombres,
sin fronteras,
sin perjuicios de color, de fe, de ideas,
se convierta en realidad.
¡No más hombres sometidos por el hombre!
No en mi tierra! ¡nunca más!
Tú me dueles, tierra mía
desde el día
que dejé tus palmerales.
Que me fui con la nostalgia polvorienta
de tus calles.
Que arrastré por otros mundos
más oscuros,
mis anhelos, mi bohemia y mis ultrajes.
Y he perdido en la partida
la alegría
que aún guardan tus caminos trajinados.
Porque vienes desde lejos,
como el eco
de olvidadas ilusiones.
Porque estás dentro del vino,
que esta noche es sangre cálida en mis venas,
me penetras los sentidos;
me recorres, me encadenas
a tu suerte y tu destino.
Y aquí estoy, solo, sin tino,
confundido
como espectro en cementerio abandonado.
Porque el hombre es como un pájaro perdido
en tanto cielo,
cuando está lejos del nido.
Clima duro, barro y polvo, ardiente sol.
¿Quedan más plagas, Señor?
¡Ay, Formosa, que tu suerte no es derrota!
No tienes mar ni gaviotas,
ni montañas ni altiplanos.
Pero tienes a tu gente; y en sus manos
tu futuro. Mezcla de mitos y sueños
que todos los formoseños
esperamos.
Tierra mía generosa,
mi Formosa;
pura sangre de tanino.
Esta noche, desde el vino
me acompañas.
Porque traigo, con mi alforja peregrina,
casi en andas,
una dulce compañera, muy querida,
la Esperanza.
Ramírez de Velasco®

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