Tucumán Un escritor invisible le daba forma al pensamiento de otros y un mal nacido convierte ese trabajo en un botín silencioso La mujer que le alquilaba una pieza en la pensión de mala muerte repetía que no sabía hacer otra cosa más que escribir. Lejos de enojarse, a él le gustaba. Y el resto de los pensionistas se reía, porque el hombre, don Manuel, redactaba muy bien, según supe después. Muchas veces lo buscaba gente que se notaba importante. Alguien dijo, en broma, que tal vez necesitaran quien les escribiese cartas de amor. Una vez que le contaron el chiste, le gustó tanto que cada vez que le avisaban de alguien esperando en la puerta, decía: “Debe ser otro que se ha peleado con la novia”. Al tiempo se fue a vivir a otra pensión, luego a otra más, y al final le perdí el rastro. En esos lugares de paso siempre hay uno que se va, otro que entra. El movimiento continuo hace conocer gente. Después, por esas cosas de la vida, no lo volví a ver. Y hace poco uno que lo conocía me contó ...
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