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RELATO El ciclón

Viento y tierra
Una narración bien llevada sobre el cambio de tiempo

Por Ana María Campos de Vera*
En el silencio de este segundo día del año que nace, como pesada tilde ardiente, se suspende el oxígeno en la atmosfera. Otra tórrida mañana deberemos soportar.
A través de la ventana se observa la dorada claridad que inunda el patio interior, acabo de despertarme, la habitación refrigerada invita a quedarse, pero debo salir y así lo hago.
Desayunaré a la sombra del algarrobo, el patio de tierra me espera.
Las plantas resisten el aire ardiente que las envuelve, el clarín de guerra con su ramillete de flores anaranjadas, se ha trepado a la pared regalando su sombra mientras decora la entrada. Entre el follaje verde y coloridos florales se encuentran la mora paraguaya, el laurel, el poleo de varas altas, a un costado el limonero contrasta su perfume y color con el joven algarrobo de frondoso follaje, dominicus, gorriones, brasitas, blancas mariposas completan el cuadro. Sentados a la sombra, desayunamos disfrutando del paisaje.
En la radio suenan zambas, de pronto el locutor comenta la vida de Francisco Solano en Santiago del Estero… “se fue enojado y hundiendo sus sandalias en el río, dijo: “Ni el polvo llevaré de esta tierra”. La maldición del Santo, pensé.
En alegre trajinar transcurrió la mañana. Popi sacudió su pelaje después del baño y Aron trepado a los árboles, procuraba atrapar algún pajarito que trinaba en las ramas.
El aire se volvió cada vez más irrespirable obligándonos a refugiarnos en la casa, almuerzo, sobremesa y siesta, continuó la jornada.
De pronto, los golpes de puertas y ventanas que se abrían y cerraban como si fueran de papel y la nube de tierra ingresando a la vivienda, anunciaban que el cambio de tiempo llegaba.
La dorada claridad se vistió de gris hiriendo los sentidos, estruendosos silbidos con la fuerza del corte de una ola, daba latigazos a la ciudad y un embudo chocolate desató su furia sobre la naturaleza. Hemos sentido la pequeñez del ser y la gracia del Altísimo con la presencia del agua que calmó la sed de la tierra. Después de los ronquidos, la calma.
Quedó suspendido en el aire, una mayúscula interrogación, pero nada fue lapidario, el corte de servicios profundizaba el silencio de la calma.
El patio muerto y tenebroso con alfombra de flores y limones entre restos de hierros y cerámica. En medio de este caos, sangrante en forma de V, yacía el algarrobo que mostró su corazón en un panal de lechiguana.
Con esta fotografía bien pegada en mi retina, me acordé de “la maldición del Santo”.
*En la revista Nuevos Caminos

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