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ESCOPETA El gendarme y su gauchada

Luis Galván

"De alguna misteriosa manera, o vaya usted a saber cómo, ese diario cayó en manos del jefe del procedimiento"


“¡No me dado cuenta, hermano!”, decía después de que los gendarmes le quitaron la escopeta en la Ruta 34. Tampoco era un arma de lujo sino de esas de un solo caño, atadas con alambre, liviana y práctica, calibre 16, como la que precisa todo buen cazador. Fue una de las últimas veces que anduve por el pago. Le acababa de pasar y me contó la historia con algo de preocupación.
Los changos le decían que tenía que haber largado la bicicleta y salido disparando rumbo al monte, ahí no lo iban a hallar más, era su elemento. Total, una bicicleta se encuentra en cualquier baile, pero no es fácil hallar una escopeta en estos tiempos. Claro que lo pensó. Pero eran 50 metros de correr con un arma en la mano, si le daban la voz de alto y seguía, capaz que lo bajaban de un balazo.
Mansamente entregó la escopeta y lo dejaron ir. Diga que todavía no había pillado nada, porque si no iba a perder también un chancho del monte, una corzuela, una charata, un león quizás. De toda clase de aves caza el cristiano cuando tiene hambre.
Mi amigo Luis Galván no es un cazador deportivo, de los que montan su camioneta, con media docena de otros cazadores, una conservadora taqui de asado y vino y se largan al monte a ver qué encuentran para tumbarlo, sacarse una foto y mostrarla a los parientes y conocidos.
Luis es de los que matan animales por necesidad; cuando el hambre aprieta, se interna en esos andurriales que solo él conoce y siempre vuelve con un bicho o dos sobre el caño de la bicicleta. Luego lo despresa, deja un poco para comer y el resto lo vende en el pago de Bajo Alegre, la Isla, el Bobadal, donde le compren. Y de esa sencilla manera va matando la necesidad.
Esa vez yo laburaba en un diario de Santiago y había andado en el pago el fin de semana siguiente al de aquel procedimiento de Gendarmería. Tenía una nota diaria en la contraportada. Así que llegué y escribí un artículo contando lo que le había sucedido al que quizás sea el mejor cazador de la Argentina. Salió el martes.
No va a creer, amigo, de alguna misteriosa manera, o vaya usted a saber cómo, ese diario cayó en manos del jefe del procedimiento. El miércoles lo hicieron llamar a Luis de la comisaría y fue con algo de recelo che, porque no es cosa buena que a uno lo haga llamar la autoridad.
La policía de El Bobadal le devolvió la escopeta, de parte del Jefe del procedimiento.
Cualquiera diría, al conocerlo, que Luis es un gaucho a la manera antigua, de los que acompañaron a los próceres en sus hazañas, para jugarse el pellejo en entreveros machos, y puede ser, ¿no? Pero el gendarme que le devolvió el arma, cuyo nombre no trascendió, es más gaucho todavía, quizás arriesgó el puesto por salvar a un pobre. Siempre que recuerdo aquella anécdota lo imagino lector del Martín Fierro y seguidor de sus enseñanzas.
Ojalá siga sirviendo en los caminos de la Argentina, en sus fronteras. Hombres así son necesarios para sacar la patria adelante.
©Juan Manuel Aragón

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