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Anteojos sucios |
“Está escribiendo tranquilo en la computadora, y de repente, de la nada como quien dice, al lente de la izquierda le nace una manchita”
Adalberto está algo molesto porque siempre se le ensucian los anteojos. "A cada rato debo levantarme a limpiarlos", se queja. Tiene presbicia, como muchos que han pasado los 40, nada del otro mundo. Cuando se los recetaron volvió a ver. Una maravilla. Antes de eso le costaba leer la letrita chica, sobre todo cuando le metían un gris de fondo. Después, ¡ah, qué placer! De nuevo los libros son un placer genial, sensual. Sin los antejos andaba medio ciego, igual que con el telefonito celular que, cuando lo llaman, manotea como loco para ver quién es. Si no lleva sus gafas con aumento, atiende a ciegas, como antes. “¡Hola!, ¡quién habla!”. Muchos se sorprenden, porque ya no es así. Ahora se dice: “Hola qué tal Fulanito, cómo estás”.Si los dejó en la casa tampoco lee el diario cuando hace tiempo en el café. Ni en el dentista, que suele tener una revistas viejas y manoseadas, pero interesantes, no vaya a creer. Le han venido solucionando la vida desde que se compró el primer par, como se dijo, después de los 40 años. Sin ellos hubiera vuelto al tiempo de la primera inocencia, sin saber absolutamente nada.
Porque sin anteojos, muchos como él son analfabetos.
El caso es que ahora se queja porque se le ensucian a cada rato. Está escribiendo tranquilo en la computadora, y de repente, de la nada como quien dice, al lente de la izquierda le nace una manchita, molesta, jodida, fastidiosa. Suerte que en verano anda con la camisa desprendida, así que toma un pedazo de tela la falda y lo limpia. O, ya que está, frota los dos un rato, mientras mira el vacío, sin ver, perdido en quién sabe qué pensamientos. Sigue y al rato lo mismo, está sucio de nuevo. Se pregunta si no será porque no frotó lo suficiente. Cada tres buenas restregadas se levanta, va a la cocina, agarra una servilleta de papel, la humedece con agua y los refriega con prolijidad y ahora sí, a conciencia. Como se debe. Duran inmaculados un poco más.
Y vuelta a empezar.
Debe ser porque se levanta a cada rato, pone el agua para la pava, trae un poco de pan para desayunar frente a la computadora y, al rato les sale de nuevo otra suciedad en una orilla. Le cuesta ignorar ese puntito que se interpone entre él y las letras que va leyendo. Se dice a sí mismo que es un maniático, pero le cuesta. En ese punto se detiene un instante para pensar que no es un obseso de la higiene ni mucho menos, ¡qué va!
Una manchita en el anteojo es una piedra en el zapato. Seguir caminando no lo hace renguear a uno, pero incomoda.
A veces piensa que la solución sería ponerles un limpiaparabrisas, así cuando apriete un botoncito del costado, les brote una chispita de agua y luego empiecen a actuar unas peinetas, como las de los autos.
Se dice que no estaría mal contratar una chica que se siente a su lado para entregarle a ella los anteojos cada vez que se le ensucien y que se levante a limpiarlos en la cocina. Quiere que sea una linda chica, cavila, con una sonrisa brotándole en el rostro. Antes de continuar con sus aburridos escritos reflexiona: “No seré Borges, pero tampoco me merezco una María Kodama”.
Desecha la idea.
Su esposa no va a querer.
Y sigue en lo suyo.
Juan Manuel Aragón
A 25 de febrero del 2025, en la Costa de Maco. Mateando en lo de Banegas.
Ramírez de Velasco®
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