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AVIÓN La azafata en bicicleta

Catherie Zeta-Jones como azafata

“La excitación de los primeros momentos da paso a una modorra suave, que acompaña el ruido de las turbinas”

Un avión cruza Santiago, partiendo en dos las siete y media de la mañana. Por la dirección que trae, viene de Buenos Aires y es muy probable que vaya a Miami. Te paras un instante para mirar la estela que va dejando en el cielo azul, sin una nube, y te imaginas a un santiagueño, allá arriba, mirando por la ventanilla, preguntándose si esa mancha en el suelo es Santiago o es otra cosa.
Hace rato que los pasajeros se desabrocharon los cinturones. Allá atrás viaja una familia; se nota que es primera vez que va en avión. Los niños miran por las ventanillas y preguntan al padre qué es eso que parece una víbora, allá abajo. El padre le explica que es el Dulce, un río de llanura que nace en las vertientes altas del Aconquija y se reúne con todos sus hermanos en el dique de Las Termas. Un viejo va en el segundo asiento; se nota que es viajado: llegó, puso un bolso de mano en el compartimiento que le correspondía, se sentó del lado de la ventanilla y peló un libro, como quien sabe cuántos pares son tres botines.
En el avión hace frío; muchos lo sabían, ya se han puesto una camperita liviana con la que aguantarán el resto del viaje. Los chicos del fondo se callaron un poco; la excitación de los primeros momentos da paso a una modorra suave, que acompaña el ruido de las turbinas. Salieron muy temprano del hotel en que se alojaban para llegar a Ezeiza y estar a tiempo para tomar el vuelo. No se lo iban a perder, o casi, como le pasó a esa mujer que llegó cuando todos estaban ubicados en sus asientos.
Desde abajo todo eso no se sabe; a tu lado pasa la nueva costanera, unos metros antes de llegar al puente de la Solís. Sin bajarte de la bicicleta, imaginas la escena en el Boeing rumbo a Estados Unidos. Llegará dentro de unas cinco horas, calculas, mucho después de que la estela de su paso se haya disuelto en el aire, después de haber sido un machetazo cruzando el cielo de Santiago. En ese mismo momento, calculas, un ojo bien entrenado es posible que esté mirando también hacia adelante, divisando en el horizonte quizás el dique de Las Termas y los cerros redondeando el horizonte.
De repente, un sonido característico, tantas veces oído en las películas, y la voz del capitán anunciando que en cinco minutos se servirá el desayuno a los señores pasajeros, por lo que se ruega permanecer en sus asientos para no entorpecer el trabajo de las asistentes de a bordo. Una morocha espectacular, curvas de sueño, ojos inteligentes, cuerpo dibujado en el aire, es la que toca a la familia con los chicos, el padre la mira como si tal cosa, consciente de que su señora, a su vez, lo observa a él, por fuera indiferente a semejantes encantos.
Y vos, las manos en el manubrio de la bicicleta, tu eterna doble caño, desde abajo, le miras la bombachita, embobado, mientras piensas: ventajas de ser pobre, ¿no?
Juan Manuel Aragón
A 2 de febrero del 2026, en la Católica. Mirando para arriba.
Ramírez de Velasco®

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